La espiralidad de los viernes (Cuentos de sábado en la tarde)

En casa de Luna es viernes. Debajo de las materas, delante de la nevera, dentro de la ducha, junto al armario y en su sofá verde, sobre el cual está sentada Gabriela también es viernes.

Cortesía

Mañana, patio, cocina, baño, cuarto y sala serán sábado. Para Gabriela el viernes comenzó amarillo y naranja (como la mayoría), pero ahora está verde, blanco y morado. (Tal vez todo es producto del brownie que se comió). 

No es un viernes frío ni caliente sino líquido. De aquellos que giran y giran sobre las 7 para llegar a las 11 porque no tienen ni 8, 9 y 10 de la noche. Viernes que se enredan sobre sí mismos, pierden la forma y luego se escapan de quien los vive. Parecen estar inclinados. No son curvos, ni lineales, más bien son en espiral porque se alejan. Gabriela ha salido de su viernes para habitar otro (tal vez el viernes de un caracol).  No sabe en dónde está su viernes, se le ha perdido. Ella no recordará ese día porque las espirales no tienen calendarios ni viernes, desconocen las palabras del tiempo. 

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Gabriela comienza a enrollarse. Abandona su viernes y su cuerpo. Está encorvada, su barbilla toca el pecho y la cabeza trata de llegar al vientre. Quiere ser una glomeris. Las manos están frías y rígidas. Siente que solo puede agarrar lo pequeño: una hormiga, un piojo, un fríjol o una arveja, pero sabe que no lo sostendría con firmeza, entonces no puede agarrar lo pequeño, solo cree poder hacerlo. Las manos comienzan a doblarse, buscan ser espiral. Se cierran para guardar dentro de sí mismas las texturas, saludos y despedidas que han recogido. Gabriela siente piedras en la garganta. No habla porque ahora sus palabras son más pesadas. Ya no puede atraparlas. Se hace más pequeña, ¿quién la atrapará o creerá poder atraparla? Se enrolla, se enrolla, se enrolla. Es la espiral en el caparazón de un caracol. 

Alguien sopla azul dentro de ella. Luna lo sabe y por eso la cubre con una cobija. La espiral tiembla. Está fría. El azul la muerde por todo lado y la enrolla aún más. ¿Cómo se rompe la espiralidad? “Con leche y galletas de sal”, piensa Luna. Pero las espirales no beben leche y cuando deja un pedazo de galleta en la lengua de la espiral, lo escupe. Las espirales tienen piedras en la garganta, no pueden tragar. Luna se marcha a la cocina y la espiral piensa cómo llegará a su casa, al igual que los piojos, no sabe volar, ni trepar, ni correr. (Tal vez tendrá que girar sobre sí misma hasta llegar a su casa, pero su madre no recibe espirales para criar). 

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La espiral no recuerda cómo llegó a casa de Luna. No sabe si nació allí o la trajo alguien más (tal vez un caracol). La espiral no habla, solo tiembla y se enrolla más. Luna regresa. ¿Cómo hay que comunicarse con una espiral? ¿Cuál es la lengua de la espiralidad? Luna le habla como si fuera Gabriela. “¿Cómo te sientes?, ¿cómo te sientes?” La espiral la escucha. Su voz está muy lejos, no logra entenderla bien pues parece hablar desde el viernes que ella abandonó. Luna la observa y calla, puede que el silencio la devuelva a su forma inicial. 

El viernes deja de ser verde, blanco y morado. Está frío y no líquido. Ya no se enreda sobre sí mismo ni pierde su forma ni se aleja. No parece inclinado. No es espiral. Gabriela vuelve a su viernes y recuerda las palabras del tiempo. Son las 11:30 pm. Vomita sus piedras sobre la alfombra. “Tengo sed”, dice. Luna le trae agua y ella solo responde, “Me río”. Su cabeza ya no quiere llegar al estómago, no hay piedras ni azul. Ha abandonado la espiralidad. 

Gabriela no sabe si se convirtió en la espiral del caparazón de un caracol, si un caracol se hizo Gabriela o si Luna imaginó una Gabriela que se volvió espiral. 

El viernes deja entrar el sábado en la casa. 


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Natalia Soriano Moreno

Cultura

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