La Esquina Delirante LXI (Microrrelatos)

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Este espacio es una dentellada a la monotonía, mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica.

Reencuentros

Cuando empezó a olvidar las ollas en el fogón, le compramos un reloj alarma, para que se colgara al cuello.

El primer día que el potente timbre tronó en sus oídos, la tía se soltó el moño y, dando brinquitos, salió al recreo.

Patricia Rojas de L. Las Palmas (Gran Canaria, España).

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En las tierras del zipa

Liebre observa el río, cristalino y tenue, parecido a la laguna del dorado, esa que no tenía mucho que brindar. Corre indomable por un campo que describe trayectorias imposibles, entre montañas pequeñas y extendidos valles. Tierras cargadas de un misticismo y una pureza que solo los elegidos de su tiempo disfrutaron. Hombres y mujeres, con sus largas cabelleras, se bañan en el río. Las mujeres aprovechan para hacer sopa de conejo. Liebre al ver eso siente rigor y se aleja; teme terminar en el sancocho de pariente o cualquier platillo humano. Ofuscada sube la cordillera y encuentra un frío terrible. Alguien dice lejos, en idioma antiguo, que esta es la tierra de los garzones y los ciervos, que no se la dejarán arrebatar. Liebre pasa los años, recorriendo lugares, entre aquellas avenidas llenas de flores, lejos del asfalto inexistente, pero que inevitablemente existirá, puesto que, había oído decir rumores de que pronto llegarían unos hombres a evangelizar a los hombres de cabelleras largas y, además, estos desconocidos robarían sus riquezas destinándolos a algo similar al sancocho de conejo. En las brasas, atados de pies y manos, obtendrían purificación del espíritu; algo que la consoló, pero que no entendió muy bien…

Andrés Castañeda

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Sol…edad

…y corrió por la playa, soltera, libre. Como nunca quiso.

Reynaldo Bernal Cárdenas

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Comeflores

A Carolina, la “Comeflores”, le fascina zamparse rosas rojas. Saborea los pétalos crujientes de las flores frescas, se regodea chupando los pequeños pistilos y evita por todos los medios las espinas, aunque a veces es imposible. Los crisantemos le saben a culpa y a arrepentimiento, a los sentimientos de los que quieren pedir perdón pero no se atreven a hacerlo. Las margaritas no son sus flores preferidas porque tiene que comer muchas para saciarse. Son dulces y festivas, una dosis de amistad pura en capullos chi-quitos. Las rosas rojas tienen la textura del sexo sucio y adulterado, tienen gusto a pasión que no se quiere frenar aunque se sepa que las consecuencias son demoledoras.

Carlos, el hermano mayor de Carolina, ha recibido esta semana un ramo enorme de crisantemos. Pobrecito, pensó Carolina cuando este lo puso en su cuarto. Su madre presume diariamente de un manojo inmenso de margaritas con flor lluvia que ha puesto en el salón, y que le enviaron sus amigas cuando se repuso del cáncer.

Llaman al timbre.

–¿Quién es? –pregunta Carolina.

–Es para mí –responde el padre, mientras busca un jarrón grande para el ramo enorme de rosas rojas que le acaba de llegar.

Ángela Verge (Valencia, España).

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