Las ficciones dadá de Gabriela Jauregui

La escritora mexicana, que hace parte de la corte Bogotá 39, imagina sobre el Shithole de Trump algo como su boca: “Tiene forma de ano y le sale pura mierda”. Esta es una apreciación de su escritura y una licencia a imaginar el mundo.

Gabriela Jauregui, escritora mexicana que hace parte de la corte Bogotá 39.Cortesía Gabriela Juaregui.

La autora mexicana Gabriela Jauregui, del 79, forma parte de Bogotá 39, una lista que exalta a escritores de ficción latinoamericanos menores de 40 años. Aunque esto supondría tierra fértil de un "neo boom" literario, otro más, este lo caracteriza la reiterada coincidencia en la economía y descaro en el lenguaje. Además, entre los atributos del canon, se suma la espontaneidad fecunda, reproductora: su promesa de que siempre habrá alguien detrás.

El caso concreto de Jauregui es uno babilónico: Ella es doctora en literatura comparada por la Universidad del Sur de California y Magíster en Bellas Artes y Escritura, así como en Teoría Crítica. Pareciera que los temas tersos y siniestros, le son dados con soltura. Le interesa el dadaísmo, el arte, el activismo y su lírica, de algún modo experimental, aprecia estética y filosóficamente la materia.

Su último libro, por ejemplo, unta con un exquisito lenguaje, propio de la prosa poética, un singular alfabeto de objetos. Se llama La memoria de las cosas (Sexto Piso, 2015), una serie de cuentos que le devuelven asombro a lo ordinario. Con este propone –por la fisionomía del índice– lo muy bello del coleccionismo renacentista: un "gabinete de curiosidades" donde los anaqueles reúnen lo animal, lo vegetal, lo mineral y lo artificial.

Lo que contó, sin embargo, como gran ópera prima de Jauregui fue el poemario Controlled Decay. Lo publicó en 2008 la editorial Akashic Books –Nueva York– con el sello de poesía independiente Black Goat, que promueve publicaciones que autodefine “temáticamente desafiantes”, con especial atención en mujeres, africanos y poetas no estadounidenses. Este poemario fue tesis de una de sus maestrías.

Es también cofundadora desde 2009 de la editorial independiente sur+, con la que publica ensayo, novela y poesía. También de La Jícara, una librería independiente con suelo en Oaxaca, Mx. que promueve, entre otros, el arte independiente. Su generación, en la literatura y la poesía mexicana, repite con misticismo algunos libros fetiche. Sin embargo, nunca antes existente había sido, como advierte, el amor por el karaoke. Sobre el panorama actual de activismo o agitación cultural en su país considera que falta mucho por agitar y cogitar. Y en el mundo, lo mismo. “Y urge”.

Jauregui estuvo presente en el Hay Festival de Cartagena, el pedacito de tierra de una India Calamarí. En esta edición propuso imaginar el mundo. Pese a que ella estuvo catando sobre el escenario aperitivos literarios femeninos, una curaduría, excepcionalmente, de literatura escrita por mujeres; aquí imagina otras maravillas.

Aunque preferiría nunca definir un mundo de dualidades, sino de pluralidades, un juego entre luz/oscuridad; dios/demonio y, finalmente, arriba/abajo, sería así en su criterio: la luz, sus hijas, la oscuridad, el terciopelo de seda, una diosa sería Grace Jones –la magnífica artista de Jamaica de rasgos memorables–. Un demonio sería un perro que se llame. Arriba estarían los tenis colgados de los cables, y abajo, los gusanos.

Le gusta lo grotesco, los escenarios tropicales, rústicos o sensibles al tacto. Su economía del lenguaje, más no de recursos estilísticos, es corajuda. Relata con descabelladas ficciones el narcotráfico, el terrorismo, la violencia de género y, hace algún tiempo se impuso el reto de no escribir en primera persona. Considera que el asunto geopolítico más inverosímil es el feminicidio y la única característica común en la pluma femenina es su intensidad.

El feminismo, para ella, tiene que ver con la inclusión, con sumar. Asegura que hay muchos tipos distintos y algunos difieren en cómo hacerlo. “Pero a la base, todos los feminismos buscan lo mismo: que a las mujeres se nos trate como seres humanos”, –asegura–. Su paisaje deseado sería uno donde no haya violencia de género, donde haya igualdad y equidad para las mujeres y personas de distintos géneros o que no se identifican con un género únicamente. “Que el feminismo ya ni siquiera fuera necesario, ni una estrategia de supervivencia”.

Gabriela Jauregui da cuenta de que un espacio podría carecer de todo menos de sí mismo, porque si no, no hay espacio, y el mayor acertijo del lenguaje, cree, es “que nunca nos pertenece del todo”.  Ella no sabría qué placer estético no podría negarse el hombre, pero sabe de una mujer que no podría negarse no solo el placer estético, sino el placer ético y místico llamado comida.

La posmodernidad no sabe si sea una cuestión de fe. Entre la poesía y el ensayo es más movediza, declara, la poesía, “como las arenas”. Y si pudiera abreviarse con un verso de su autoría, sería este:  Lea el agua: su futuro en verde, su pasado en morado (sumérjase para ver) de la nada al nado ¡esplash! ¡swum! ¡swam! ¡swim!” 

 

 

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