"Los niños son los maestros"

Este martes, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá se lanzará la nueva edición de Casa de las estrellas, un curioso diccionario con más de 500 definiciones hecha por niños para adultos.

Javier Naranjo, autor de Casa de las estrellas. /Benjamín Casadiego
Javier Naranjo, autor de Casa de las estrellas. /Benjamín Casadiego

En una mañana de clase, a un profesor de la ciudad de Medellín se le ocurrió pedirle a sus pequeños alumnos la definición de algunas palabras. El resultado de ese breve experimento lo llevó durante años a realizar una compilación potente de miradas ingenuas, creativas y de verdades devastadoras sobre la realidad, que, hoy tienen un objetivo claro: los niños son capaces de mostrarle a los adultos aquellas cosas que no ven o se niegan a ver.

Esta es una ligera muestra del universo contado por los niños:

-Anciano: Cuando a uno se le van los años. (Sandra Liliana Villa. 8 años).

-Tranquilidad: Por ejemplo que el papá le diga que le va a pegar y que después le diga que ya no. (Blanca Yuli Henao. 10 años).

-Guerra: Es un juego que jugamos los niños de ahora. (Paula Andrea Franco, 9 años).

-Violencia: Es que los niños y las personas están violados. Tatiana Ramírez, 7 años.

A propósito del mes de los niños, Javier Naranjo autor de Casa de las estrellas le cuenta a El Espectador, por qué la mente de los pequeños crea una lógica imprevisible para los adultos y cómo su ejercicio se convirtió en espejo de aquellos niños que viven un país que no ha conocido la paz durante décadas.

 

¿Cuál fue el propósito de seleccionar a un grupo de niños para que fueran artífices de Casa de las estrellas?

No hubo ese propósito, simplemente fuimos jugando con palabras, leyendo, escribiendo, pasándola tan bien que nadie parecía sentirse ni en clase, ni en el colegio. El libro fue creciendo por años, alimentado por esas voces de los niños, tomando cuerpo, nombres, sentido y ocupando papel.

 ¿Qué les enseña a los adultos este libro?

Tengo la pretensión de que debería enseñar a ver a los niños, a escucharlos, a tratar de entender sus miedos, dudas, dolores y a compartir sus alegrías de manera más plena, menos condescendiente. No descendemos a ellos, más bien “tocamos” otro estado cuando logramos elevarnos a su nivel de realidad y comprensión del mundo. Pero debemos agachamos para poder vernos a los ojos. Tengo la sensación de que ellos son una de las formas que tiene el universo para alcanzar una mayor conciencia de sí, y recordárnoslo en pequeños atisbos que entrevemos en medio de las urgencias diarias.

¿Cree usted que la lectura que un niño le da a la realidad se aproxima más a ella respecto a la que que los adultos hacen?

Creo que si. Fernando Pessoa decía que los niños son los maestros, yo lo creo. Nosotros hemos olvidado ese núcleo de la psiquis infantil que aún responde a correspondencias y analogías con el mundo. Digamos aunque suene un poco místico que el niño aún recuerda una íntima conexión original, que muchos pueblos indígenas no olvidan y que los poetas recogen cuando escuchan a veces el eco de una profunda comunión de las cosas y los seres. En eso como verán, soy un romántico, pero el trato con los niños me ha dejado vislumbrar ciertos mundos que habitan.

¿Cómo seleccionó las definiciones?

Las palabras a definir iban apareciendo en el trato cotidiano con los niños, y por supuesto extraídas también de mis propias preguntas por las cosas. Tras muchos años de jugar fui haciendo una selección, atendiendo a la fuerza del lenguaje, a su poesía, al vigor de las asociaciones en su libertad de imprevisión y riqueza. Seleccioné sin hacer ni sicología, ni sociología las intuiciones y las miradas que revelaban otro conocimiento del mundo, otras verdades, hondas sugerencias de universos ya casi perdidos, hallados gracias también a su “precario” conocimiento del lenguaje , y emergiendo potentes a pesar de todas las anteojeras del deber y el tener que vamos imponiéndoles.

¿Recuerda alguna definición desalentadora?

Más que desalentadoras dolorosas (y muchas): qué tal la de miedo que da Orlando Vásquez de seis años: Miedo: Es que mi mamá maneja un carro y unos señores de la cañería no pueden comer y le rompen el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo. Uf, eso sí es miedo…yo leía y suspiraba…

¿Cómo define usted la niñez?

Parece un poco absurdo, pero creo que los niños son casi que otra especie, no son adultos en miniatura como se creyó por tanto tiempo. Su percepción de la realidad es otra, el tiempo en el que viven, los espacios que habitan y cómo lo hacen, su conexión con las cosas, su desparpajo inocente y cruel sin proponérselo. Sus dudas, dolores y miedos terribles que ni sabemos ver porque los menospreciamos y casi ni palabras tienen para decírnoslos, y ni oídos nosotros, ni atención al otro (y menos a los niños), aturdidos como vamos por ahí acariciando a solas nuestra pequeñita importancia, y lamentando la obstinación que tienen –“tan malvados todos”- en entorpecer nuestros deseos.

¿Cómo ve usted la situación de los niños en Colombia?

No es sino oír noticias: violaciones, trabajo infantil, explotación sexual, asesinatos, reclutamiento forzado, guerra. De esto se habla en todas partes, y de algunas de esas realidades más en nuestro medio, y ¿qué decir del menosprecio, y el desdén, y el silencio para sus gestos, sus miradas y sus voces que reclaman? ¿Y su soledad? Estamos a veces tan enfermos en nuestras relaciones de adultos… ¡Cómo no va a ser peor el trato con quienes “aún no son”, porque llenos de buenas intenciones nos (y les) decimos que van a ser el futuro! ¿Y su ahora? ¿Y su ya? ¿Y su entretanto?

¿Cree que algún día los niños vivirán finalmente una niñez feliz?

Yo espero que todos podamos vivir una vida más feliz, no sé si aún nos quede tiempo, pero eso no importa, hay que empezar a hacerlo con cada niño que tengamos cerca.

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