José María Espinosa (1796-1883)

Memorias de un abanderado (Extractos literarios)

Dicen que no hay mal que por bien no venga, o que Dios saca el bien del mal cuando le place: así me sucedió en aquella ocasión, pues el terremoto vino a proporcionarme recursos, aunque pasajeros y escasos.

José María Espinosa, autorretrato del 1° de agosto de 1834. Colección del Museo Nacional de Colombia.Cortesía

En medio del terror y sobresalto, la gente invocaba a San Emigdio, y el padre Serrano, a quién hallé también en la plaza, me dijo: “como usted, según me ha dicho, es dibujante, haría bien en pintar algunos San Emigdios y ponerles la oración al pie, y vendería muchos”. Aquella fue una inspiración que acogí con alegría. Yo había observado que en los alrededores del pueblo había tierras finas de diferentes colores, como almagre, siena, etc., y que preparadas convenientemente podían suplir los colores extranjeros; inmediatamente fui a recoger algunas; me forjé unos pinceles con pelo fino de cabra, y con ellos y con mi tinta China puse manos a la obra. El primer día hice cuatro o cinco, copiándolos de un cuadro que había en la sacristía de la Iglesia y que el Cura me franqueó, y los vendí en el cato a tres reales. El pedio de estos dibujos, que hacía en papel florete, fue tal que hube de subir su precio a cuatro reales, y logré colocar más de treinta, con lo cual tuve ya para pasar algunos días, o por lo menos para vestirme decentemente.

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De regreso a Timaná lleva algunas de estas pinturas y me las compró el Cura, R. Padre Longaray, misionero de Andaquí, Sacerdote lleno de caridad, sin duda más por favorecerme que por medio de los temblores, no obstante que allí se había sentido el último muy fuerte. Con eso, y con algunas caricaturas que hice del tinterillo del pueblo y otros personajes poco queridos allí, así como de algunos jefes españoles, como el corcovado Zabal (las cuales sólo eran vistas por los patriotas, y yo se las vendía en mucha reserva) logré reunir algunos reales, con que puede vivir modestamente.

(…)

Al fin logré escurrirme. La oscuridad de la noche era horrorosa, no se veía nada; a tientas bajé por una peña y llegué a un río o quebrada y lo pasé sin saber si corría algún peligro. Seguí por la falda de una loma y después trepé a su cumbre, donde amaneció y alcancé a ver el pueblo de San Agustín, como a medida milla de distancia por elevación. Sabido es que en aquel pueblo o sus contornos existen curiosas ruinas de una antigua población indígena destruida, que demuestran el estado de adelantamiento en que se hallaban sus habitantes; pero mi visita a esos lugares fue tan corta, y eso de noche, que nada pude ver.

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Aunque no soy arqueólogo ni anticuario, de buena consignaría aquí algunas noticias sobre esas ruinas de que nos hablan los viajeros. Sólo referiré lo poco que a mi paso pude ver y de que apenas conservo un recuerdo. La casualidad me condujo a un terreno bajo y limpio rodeado de tupida maleza. Allí vi una enorme piedra medio cubierta por un cerro que probablemente se había derrumbado en otro tiempo, cayendo encima: esta piedra llena de esculturas caprichosas, inscripciones y jeroglíficos, estaba levantada en alto y sostenida por varias estatuas formadas de la misma, y que representaban figuras humanas principalmente de mujer, a manera de las cariátides de la arquitectura griega. No recuerdo su número, pero no serían menos de diez las que quedaban descubiertas, y bastante perfectas. En un vallecito contiguo, rodeado de árboles, había otras dos estatuas colosales de hombre y mujer, que probablemente eran los ídolos de aquel que a mí me pareció templo. Confieso que aunque soldado, joven y un tanto despreocupado, no pude menos que apartar la vista de aquel grupo que ofendía el pudor y la decencia.

(…)

Memorias de un abanderado. Medellín. Editorial Bedout. 1970. Págs. 198-199, 206-207.

 

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