Las mujeres de las Farc: relato desde la intimidad

¿Qué tienen que decir las mujeres de la guerra? Después de más de cincuenta años de conflicto armado las mujeres comienzan a dar su versión, a mostrar las cicatrices que les ha dejado este monstruo.

El documental “Mujeres de las Farc” se realizó en los Llanos del Yarí. / Cortesía
El documental “Mujeres de las Farc” se realizó en los Llanos del Yarí. / Cortesía

El día que Esperanza decidió irse para la guerrilla cayó un aguacero infernal en Caquetá. Los árboles fueron derribados por los vientos y las calles reemplazadas por ríos de escombros, tierra, ramas y hojas. Esperanza se quedó en el umbral de su casa mirando correr el agua, viendo los vellos de sus brazos erizados, quieta, en silencio. No sentía miedo ni felicidad ni alegría. No sentía nada. Recién había terminado quinto de primaria y su futuro, como el de la mayoría de sus compañeras de escuela, estaba asegurado: preparar la comida de los doce trabajadores que tenía la finca de su papá. Sabía, de antemano, que no podría ir al colegio: el único que había quedaba a más de tres horas de su casa, y su familia no estaba dispuesta a perder dos manos para el oficio casero.

En 1998, el presidente Andrés Pastrana decidió adelantar un proceso de paz con las Farc. Para esto, mediante la resolución 85 del 14 de octubre de ese año, Pastrana otorgó a la guerrilla una extensión de 42.000 kilómetros cuadrados conformada por los municipios de Uribe, Mesetas, La Macarena y Vista Hermosa en el departamento del Meta, y por San Vicente del Caguán en el departamento del Caquetá. La zona era igual de grande a Suiza. Su implementación comenzó en enero de 1999.

Esperanza vio todo eso. Vio a los guerrilleros caminando por las calles con sus fusiles al hombro. Con uniformes impecables, con botas brillantes. Esperanza vio cómo su pueblo comenzó a convertirse en el caserío de la guerrilla. “¿Por qué me fui yo a la guerrilla? Lo hice por falta de oportunidades: no había mucho por hacer. Terminaba la escuela y no había acceso al colegio y pensaba que esa sería una buena opción. Era algo tan básico como las relaciones: yo veía que las guerrilleras tenían novio y a mí en mi casa no me dejaban tener novio, ni amigos. Lo que pensaba era que allá la iba a pasar mejor. Cuando terminé la escuela no sabía qué seguir haciendo aparte de ser ama de casa. Yo no me iba a quedar en la casa toda la vida. Quería hacer algo. Quería tener amiguitas, salir. La verdad era que uno veía que uno podía tener algo mejor dentro de la guerrilla: tener amistades, una vida diferente a la del papá y los hermanos. Los guerrilleros vendían una imagen de opulencia: era zona de despeje y tú los veías en buenos carros, andaban en unas camionetas Prado, y yo veías esos carros y pensaba cómo sería montarme un día en uno de esos. Tenían mucho poder. Cuando ellos llegaban al pueblo, todo el mundo les servía, los veía como la ley. Yo quería hacer parte de eso. Quería ser alguien”. Ser alguien era lo que querían ser muchos de los que ingresaron a las Farc siendo apenas unos niños. Ser alguien, decía. Como si ellos, así, no fueran nadie. Nada.

 

Hacer parte de algo, eso era lo que quería Esperanza. Tener amigos, hablar con alguien. Mientras habla me inclino a creer que el sufrimiento es soledad. Aislamiento absoluto. Otras veces, cuando Esperanza rememora otro momento, creo que el sufrimiento es sabiduría. Hay ciertas cuestiones de la vida humana que sólo se guardan y se transmiten por la vía del sufrimiento, sobre todo aquí, en nuestro país. Así es nuestro mundo, así somos nosotros. “¿Cómo era yo en esa época? —respondió con una pregunta—. Éramos estudiantes. Recuerdo que me dijeron: ‘Lo que vamos a hacer al principio es concientizarla. Vamos a darle a usted unas charlas del reglamento del régimen interno para que usted vaya aprendiendo cómo es que vivimos aquí’. Eso fue al segundo día que entré. ‘Somos una organización político-revolucionaria, basados en una idea marxista leninista’. Uno no sabe eso con qué se come, pero a todo respondía: ‘Bueno’. ‘Nosotros luchamos por un cambio social y estamos luchando por los desfavorecidos. Estamos luchando por la toma del poder a través de las armas, porque es la única opción que nos ha dado el Estado. Combatimos contra el ejército de la burguesía que cuida los intereses de la burguesía y la oligarquía, y nosotros cuidamos los intereses de los pobres’. A ver, si tú eres pobre y te sientes identificado con esta política, entonces piensas que estás en el lado correcto”.

Esperanza hace parte del documental de Natgeo Mujeres de las Farc. La pieza recoge imágenes inéditas de las guerrilleras dentro de la organización, sus quehaceres, su visión acerca del proceso de paz y los diferentes papeles que desarrollan dentro de la guerrilla. Según Mauricio Acosta, productor ejecutivo del documental, la idea era mostrar la vida de las mujeres en las Farc antes de que ellas entreguen las armas. Durante varios meses la producción se puso en contacto con la organización guerrillera para grabar por dos semanas la concentración de mujeres en los Llanos del Yarí. Lo que le interesaba al equipo de dirección del documental era el punto de vista de las mujeres acerca del conflicto armado en Colombia.

Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos, en su mayoría, por la voz masculina. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones masculinas. De las palabras masculinas. Las mujeres, mientras tanto, guardan silencio. Es cierto que pocas veces les han preguntado a las mujeres algo. Y si ellas, de pronto, se ponen a recordar, no relatan la guerra “femenina”, sino la “masculina”. Se adaptan al canon. Tan sólo en casa o en la intimidad de la confianza, después de verter algunas lágrimas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra desconocida.

“Yo llegué a mi primer campamento a las doce de la noche y a las doce y cinco ya nos estaban bombardeando. No había cumplido los catorce años”, recuerda Esperanza. Según María Emma Wills, asesora de la dirección general del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), las Farc no reclutaron de forma excepcional a las mujeres. Todas fueron convocadas masivamente y no había distinción en los quehaceres diarios de la organización: no había beneficios por el hecho de ser mujer u hombre. Se combatía igual, se ranchaba (cocinaba) igual y se hacían las mismas labores diarias. Sin embargo, se rescataban algunas aptitudes individuales que se potenciaban dentro de cada frente. Es presumible que la comandante ha visto una guerra, la enfermera otra, la encargada de comunicaciones una tercera, la guardia una cuarta… En la guerra, cada una tenía, digamos, su propio campo de visión. Para Esperanza, por ejemplo, fue la radio: “A las seis de la mañana escuchaba las noticias en la radio, las escribía y les pasaba el mensaje a los comandantes. Noticias como: ‘Las Farc secuestraron a tres personas’. El comandante las interpretaba y explicaba por qué el grupo lo había hecho”.

Alrededor de la vida, igual que alrededor de la muerte, hay mucho trabajo. No sólo se trata de cargar y disparar, no sólo se colocan minas y se desactivan, se bombardea y se hace volar por los aires, no sólo se trata de lanzarse al ataque, sino que también hay que lavar la ropa, preparar la sopa, hacer el guiso, fregar las ollas, arreglar los vehículos, armar los campamentos, lavar las botas. Incluso en la guerra, la vida se compone de muchas cosas banales. De pequeños asuntos. A menudo no se piensa en todo eso. “A veces cocinaba, prestaba seguridad, había algunos especialistas en enfermería o comunicaciones, pero no se excluía a nadie de las obligaciones. Tanto el radista como el enfermero tenían que ranchar, ir al combate. Las mujeres nos sentábamos al borde del río a hacer manillas. Los hombres hablaban mucho y nosotras nos quedábamos en silencio en medio del monte para escuchar el hilo mientras pasaba por las uñas. Eso queríamos a veces: silencio”.

Esperanza estuvo ocho años en las Farc. Vio el monstruo temido por todos: miró los ojos de la muerte todos los días actuando a su lado. Murieron sus compañeros. Y para eso no había declaraciones. Los recuerdos no son un relato apasionado o impasible de la realidad desaparecida, son el renacimiento del pasado, cuando el tiempo vuelve a suceder. Recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al recordar, la gente crea, redacta su vida. A veces añaden algunas líneas o reescriben. Al mismo tiempo, el dolor derrite cualquier falsedad, la aniquila.

“En las Farc no había amigos. Había compañeros. Yo tuve una camarada que quise muchísimo: duramos juntas más de cinco años. Pero uno no puede contar todo, todo lo que uno siente o lo que uno piensa. Cuando yo me iba a ir de la guerrilla, ella era la persona con la que yo dormía y con la que yo más compartía, pero yo nunca se lo pude decir, porque existe algo dentro de la organización que se llama vigilancia revolucionaria: yo te vigilo, tú me vigilas. En cualquier momento, alguien puede decir algo que te cueste la vida. Una persona que deserta de la organización es una traidora y al convertirse en traidora se convierte en un enemigo de la organización. Al yo decir: me voy a ir, me convertí en el enemigo de todos”.

En el documental, varias guerrilleras cuentan historias entrañables de su vida en la guerrilla.

“Imagínese que empiece un tiroteo y uno amamantando un chino. ¡No se puede!”, contaba Jessica cuando le preguntaron acerca de tener hijos en el monte.

“Yo quedé en embarazo, pero sólo me di cuenta hasta el quinto mes porque me vi la barriga. Yo no quería tenerlo, pero les pedí permiso a las camaradas y ellos me dejaron parir. Luego lo regalé”, recuerda una.

“Mi hijo tiene doce años, vive con mi mamá. Yo le he hablado de la guerrilla y de mí y él se siente orgulloso de tener una mamá guerrillera. Una mamá que lucha por el pueblo”, cuenta otra.

“La muerte —dice Paul Bowles en El cielo protector— está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida”. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, en la guerra es diferente: la muerte es un enjambre oscuro que envuelve a los seres humanos, es más seguro amanecer muerto que vivo. “Era muy difícil ver a los compañeros caer al lado de uno. Se sentían los vacíos. Yo vi guerrilleros de diez, quince, cuarenta años, llorar a sus compañeros. Es algo con lo que uno no puede lidiar, así esté muy preparado. Esa situación es lo que lo motiva a uno a irse. Yo pensaba por qué tenía que ver todos los días a mis amigos morir a mis pies. Lo peor que pasaba era que morían los más buenos. ¿Por qué? ¿Por qué? Era duro”. Esperanza se acomoda en el sillón, mueve las manos, se tapa los ojos. La grabadora registra las palabras, graba las entonaciones. Las pausas. Los llantos y el asombro. Cuando una persona habla surge algo más grande, algo que supera lo que viene en este papel.

“Cuando salí de la guerrilla me di cuenta de que la gente puede vivir después de la guerra. Aunque ya no recuerdo muchas cosas, finalmente, quienes vamos a matarnos en el campo de batalla no somos los que nos beneficiamos de la guerra”. En esta guerra, que muchos se obstinan por continuar, hay dos verdades conviviendo entre las víctimas: la verdad personal, confinada a la clandestinidad, y la verdad colectiva, empapada del espíritu del tiempo. Del olor a rotativas. La primera de ellas rara vez logra resistir el ímpetu de la segunda.

Después de todo el dolor y la pérdida y la muerte y el frío y el agua del monte y las espinas de los caminos y el barro y el cabello largo. Después de escaparse de la casa familiar, en medio de la noche, con apenas trece años, y vivir toda la adolescencia en la guerrilla, después de matar a miles y ser el blanco de miles. Después de huir, de nuevo, hacia otra libertad, no queda mucho. Casi nada. La memoria retiene sólo aquellos instantes supremos. Cuando el hombre es motivado por algo más grande que la historia.

*El nombre de la protagonista de esta historia fue cambiado.

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