Homenaje

Nicholas Sperakis: la ciudad desde su ventana

El domingo 16 de abril murió en Bogotá el destacado artista visual de origen grecoamericano, nacido en Nueva York en 1943, pero radicado en esta ciudad desde hace más de 12 años.

Cortesía

El artista vivía encantado con la capital colombiana, sus gentes, su refinada cultura y su original gastronomía. De hecho, una de sus últimas exposiciones la denominó Desde la ventana, un sitio estratégico del segundo piso de su taller sobre la calle 85 desde donde disfrutaba a diario de la rutina urbana.

De manera gradual empezó a observar la vida callejera para introducirla en su pintura. Estaba asombrado de la intensa actividad que trepidaba por sus avenidas, aunque consciente de la dura realidad de esos vendedores ambulantes y zorreros en sus carretas de tracción animal, de esas masas de transeúntes que caminaban presurosos por las aceras y, en especial, de esa mezcla de rutilantes colores que alegraban su espíritu acostumbrado a los matices más sobrios de la capital del mundo. Pero también se regocijaba con el paisaje entre citadino y montañoso que divisaba desde su puesto de trabajo y que, en más de una ocasión, integró a su pintura.

Nicholas Sperakis era un artista de su época. Su primera producción artística en la década del 60 era un termómetro de un temperamento insurrecto que se rebelaba contra la injusticia social y la violencia urbana. En un contexto expresionista de enérgicos perfiles que recuerdan la intrincada trama de una telaraña, su actitud anticlerical se traducía en personajes seniles de grotesca fisionomía que representan la Iglesia ortodoxa griega en una actitud de ácida crítica contra el fanatismo y la represión que la ha caracterizado.

De igual modo, las escenas goyescas de imágenes violentas y crueldad humana eran sin duda el testimonio de su rechazo a la guerra y las torturas a que recurren los regímenes autoritarios de cualquier país del mundo. En una de sus series más reveladoras exploró el patético deterioro físico que sufren los desamparados en las grandes ciudades de cuyos brutales engranajes económicos han sido víctimas. En ellas es fácil reconocer que Sperakis se inscribe en la tradición expresionista de Edvard Munch, James Ensor y Francis Bacon, aunque por su carácter de crítica social se encuentre más próximo a George Grosz o Kathe Kollwitz.

Aprovechando el grano de la madera, así como el sencillo pero enfático contraste del negro sobre blanco, sus xilografías proyectan a escala monumental los temas de nuestro tiempo. No sólo de la vida real, sino también del teatro. De ahí que escenas de intenso dramatismo en obras de Bertold Brecht o el montaje Marat/Sade de Peter Brook, encuentren eco en composiciones reminiscentes de una tragedia griega. Quizás a consecuencia de trabajar los relieves en madera y de su admiración por los altares barrocos en iglesias coloniales, su pintura haya asimilado la espesa textura que la identifica.

A partir de la década del 70, la pintura de Sperakis asume una personalidad estética que la define hasta la fecha. Se trata, en general, de figuras electrizadas por una pasión interior que las induce a la violencia, la diversión, el sexo, e incluso a espantar con la caleidoscópica máscara de una feroz deidad ancestral. En capa sobre capa, con la paciente labor de un puntillista, cimentaba sus imágenes con base en fragmentos de color que dan la impresión de un vitral o un laberinto cromático. Entre 1968 y 1975 perteneció a un distinguido grupo de artistas con osadas propuestas visuales denominado Rhino Horn, o Cuerno de Rinoceronte, con el que participó en numerosas exposiciones en Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos y en el cual también militó el artista colombiano Leonel Góngora.

Era dueño de una singular técnica. A partir de un dibujo en acrílico negro, edificaba una estructura visual que se nutre de arena orgánica o vermiculado (un elemento granítico que se utiliza en arquitectura), el cual mezclaba con cera de abeja derretida, aceite de linaza caliente, barniz y colores que luego modelaba con espátulas. En atmósferas recargadas, esas figuras se animan con la presencia inaudible de la música o los ruidos estridentes de la ciudad, en ocasiones bajo la fría luz de neón.

Una de sus series históricas gira alrededor del maestro Roberto Fernández Rodríguez, un pintor ficticio, híbrido imaginado por Sperakis a raíz de las experiencias que vivió durante su larga permanencia en Bogotá. El personaje está inundado del éxtasis y el erotismo explosivo de sus sueños, aunque también sufre de horrendas pesadillas. Estos estados de ánimo opuestos entre sí representan la contradicción entre la turbulenta vida urbana y su confrontación con la sensualidad de la naturaleza.

La obra de Nicholas Sperakis está sustentada por su originalidad técnica y sus postulados ideológicos de rica plasticidad, elementos que contribuyen a cuestionar la realidad social del mundo actual. Es también una oportunidad para disfrutar de un colorido iridiscente, una textura sensual, y descubrir las infinitas sugerencias que esconde el follaje de su compleja geografía visual.