Punk: hazlo tú mismo

Los punks resucitan. Una exposición en Nueva York recuerda sus postulados, su moda y su “no futuro”.

El no futuro, una ideología vivencial reflejada en  este baño.
El no futuro, una ideología vivencial reflejada en este baño.

Stiv Bators quiso incendiar el apestoso baño del bar CBGB de Nueva York, un sábado cualquiera de 1976. Bators, quien era el cantante de la banda de punk Dead Boys, acababa de bajar de la tarima a la cual había subido una hora antes, borracho y drogado. Durante la presentación hizo lo de siempre: escupió al público, se rascó las pelotas y rompió unos cuantos instrumentos. Al final trató de encender un cigarrillo, pero la intoxicación y la falta de equilibrio le impidieron hacerlo.

Así que Bators bajó furioso de la tarima y se dirigió al baño. Ya no quería prender un cigarrillo, sino el lugar entero. Reunió algunos papeles sucios del piso e hizo una hoguera que el público alimentaba escupiéndole alcohol. Luego trajo una lata de pintura y escribió en la pared, para que no quedaran dudas, la firma de su acto pirómano: “Dead Boys Rules”. Bators despertó a las pocas horas en la cama del mugroso hotel donde vivía, mientras los propietarios del bar terminaban de apagar el pequeño incendio. La leyenda escrita en la pared se convirtió en un emblema del punk, y permaneció en este lugar hasta el cierre del bar, en 2006.

Casi cuatro décadas después de este suceso parece contradictorio leer el mismo grafiti en la réplica del baño del CBGB que se encuentra en el Museo Metropolitano de Nueva York, con ocasión de la recién inaugurada exposición “Punk: chaos to couture” (Punk: del caos a la costura). Y digo contradictorio porque el punk fue un movimiento contracultural y marginal rechazado por el establecimiento, un grito de rebeldía que nació y habitó en las calles de las principales ciudades industriales del primer mundo. Con seguridad, Bators y sus amigos no imaginaban que sus travesuras anárquicas fueran a ser celebradas algún día en este refinado museo de la Quinta Avenida.

Pero esta sería una lectura superficial. Es claro que a primera vista no parece natural hacer un tributo al punk desde una perspectiva contemporánea y con un contexto tan diferente a la realidad social y política de las décadas de los 70 y 80. Pero lo que propone la exhibición no es un tributo al movimiento punk en general, sino a los componentes estéticos que forjaron el que quizás fue el último movimiento social capaz de expresarse a través de un rango amplio de las artes y las humanidades. “El punk estuvo alimentado desde sus inicios por corrientes artísticas como el Dada y el Posmodernismo. Por eso tiene sentido presentar esta exposición en el museo”, dice Thomas Campbell, director del Museo Metropolitano de Nueva York.

El punk no eran sólo notas musicales simples y estridentes. Fue, en esencia, la materialización de un discurso filosófico nihilista, anarquista y situacionista que planteaba el desprecio por la vida, el orden y el futuro. En el campo de la literatura adoptó el discurso de Dickens y su admiración por las clases trabajadoras; del poeta Rimbaud tomó sus letras destructivas para ilustrar una época amenazada por la guerra nuclear y la desesperanza. El punk mandó a la basura las letras esotéricas del hipismo para lanzar un mensaje de no futuro que encontró acogida en jóvenes habitantes de ciudades industriales golpeadas por el desempleo y la violencia.

Desde la pintura fue un movimiento inspirado por el Dada y ligado a la democratización del arte impulsado por el Pop Art. Y en cuanto a la moda, instauró el concepto de “Hazlo tú mismo”, una idea que rompió la relación entre los diseñadores y sus usuarios. “Desde sus orígenes, el punk ha tenido una influencia incendiaria en la moda. Aunque la democratización que planteó se opone a la autocracia que impone la industria, los diseñadores siguen apropiándose de la estética del punk como un vocabulario que permite capturar la rebeldía, agresividad y contundencia de la juventud”, explica Andrew Bolton, curador del Instituto de Moda del Museo Metropolitano.

Este mensaje se hace evidente desde el comienzo de la exposición, la cual presenta una selección de cien prendas de diferentes épocas diseñadas para mujeres y hombres. En la entrada hay dos maniquíes separados por una pantalla donde se ve a varios jóvenes saltando durante un concierto en Londres. El mensaje inicial es el de un espejo que muestra la influencia de la estética punk en la moda contemporánea. El maniquí de la izquierda viste una prenda roja de líneas desiguales, creada en los 70 por los diseñadores Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, una pareja de londinenses pioneros de la escena punk. El maniquí de la derecha lleva un vestido posmodernista de influencia industrial, también rojo, diseñado por el francés John Galliano para la casa Dior.

“Prendas iconos de los 70 se mezclan con diseños actuales para ilustrar cómo la alta costura y la moda casual han tomado prestados símbolos visuales del punk. A partir de la relación entre el concepto punk de “hazlo tú mismo” y el de la alta costura de “hecho a la medida”, esta exhibición se organiza alrededor de los materiales y técnicas asociadas a este estilo antiestablecimiento”, explica Bolton.

La primera sala está dedicada al nacimiento del movimiento en Londres y Nueva York. En el lado americano se encuentra la réplica del baño del CBGB y varias pantallas donde se proyectan conciertos de las bandas The Ramones y Blondie. En la galería Europea está la réplica de la boutique Sex & Seditionaries, fundada por Westwood y McLaren en el 430 King’s Road de Londres, lugar que se convirtió en el origen y posterior epicentro de la estética punk. Fueron ellos quienes materializaron en la ropa la furia de la música, al introducir los pantalones entubados, las chaquetas de cuero con taches metálicos y las camisetas rasgadas pintadas con mensajes provocadores. Poco después de abrir el almacén, McLaren se convertiría en el mánager de la legendaria banda Sex Pistols.

Al continuar el recorrido aparecen de manera aleatoria prendas originales de músicos y vestidos de alta costura que adoptaron elementos del punk. De nuevo, parece contradictorio ver la esencia obrera y marginal de este movimiento trasladada a costosos vestidos de Chanel, Prada, Dolce&Gabanna, Alexander McQueen y Dior. Pero esto no es algo nuevo. Cuando un movimiento marginal y contestatario logra consolidar un discurso político y estético, la respuesta natural de la sociedad es cooptarlo a través de la adopción de algunos de sus elementos. Un ejemplo es el del grafiti, el cual nació como un mecanismo de protesta social, pero que en los últimos años ha abandonado la calle donde nació para instalarse en la comodidad de las salas de museos y las casas de subastas.

La parte final de la exposición presenta cuatro elementos claves de la estética punk, agrupados bajo el concepto Do it yourself (Hazlo tú mismo). Comienza con una sección destinada a los accesorios, como parches, taches y cadenas metálicas. En esta sala el ícono es Sid Vicious, integrante de la banda Sex Pistols. Sigue el área del reciclaje, en la cual se muestra cómo algunos miembros del movimiento punk promovieron el uso de prendas confeccionadas con basura, en especial papel y plástico. Acá el icono es la banda The Wayne County, a quienes les gustaba vestir con estas prendas para mostrar a la sociedad cómo lucían sus desechos. Luego viene una sección de camisetas con mensajes estampados. Marcas como Moschino, Benetton y Diesel introdujeron con éxito este concepto años después.

Al finalizar el recorrido se encuentra la sección de deconstrucción, quizás una de las características más importantes de la moda punk. Se trata de la individualización de la apariencia en su máxima expresión. La pieza central es un vestido clásico de Chanel, intervenido por el propio Karl Lagerfeld, diseñador de la casa. Pero acá las aparentes rasgaduras sin orden del vestido revelan en el fondo un cuidadoso proceso de corte para aparentar una apariencia anárquica. Es en este punto cuando se revela la superficialidad con la que la alta costura ha adoptado los íconos del punk. Habría sido más honesto que Lagerfed le hubiera encargado vandalizar sin contemplaciones su vestido a un discípulo de Stiv Bators. 

*  Editor revista ‘Summus’ de El Espectador

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