Recordando a Tomás Carrasquilla

'Tomás Carrasquilla: Vida, creación e identidad antioqueña', el libro de Álvaro Pineda Botero sobre uno de los escritores más importantes de fines del siglo XIX y principios del XX , constituye un documento biográfico, donde el lector puede conocer la trayectoria de toda la vida y obra de este autor, cuya dimensión estética y humana lo coloca como una de las figuras fundamentales de las letras.

Cortesía

En efecto, después de analizar un corpus enorme, producto de la investigación y la lectura rigurosa, el gran crítico y también escritor antioqueño Pineda Botero, nos revela la excepcionalidad de un estilo tildado comúnmente de costumbrista, pero que  pertenece a un realismo descriptivo, apegado al terruño, con tramas sencillas y sin dramatismo; pero sobre todo, con ese particular manejo del lenguaje que imposibilita la traducción a idiomas extranjeros.

Así, con la más amplia y completa información sobre su vida, sus lecturas e inquietudes, las obras de su creación y el ambiente nacional e internacional en que transcurrió su existencia, se logra una radiografía de la época hasta la escritura de su última novela (de carácter autobiográfico) "Hace tiempos" (1932-1940), con un lenguaje particularmente accesible a todos los lectores.

Aquí podemos ver cómo transcurrieron sus primeros años de formación en la biblioteca llamada del "Tercer Piso" -que en realidad quedaba en el segundo-, y cómo vivió cerca a eminentes figuras como Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina, intelectuales y escritores de la tradición antioqueña como Gregorio Gutiérrez González, Epifanio Mejía y Juan de Dios Uribe, además de aquellos menos apegados a la tradición, como el poeta León de Greiff o el filósofo Fernando González.  Carrasquilla participó activamente en la tertulia de El Casino Literario (1887)  de Medellín, dirigido por Carlos E. Restrepo, y de vez en cuando visitaba el café El Globo, pues frente a la eclosión de las vanguardias de moda parisina, se mantuvo fiel a sus convicciones estéticas y morales.   

Esta madurez y conciencia conceptual, así como la calidad de su obra, le mereció el reconocimiento de la Academia Colombiana de la Lengua; pero a decir verdad, siempre vivió de espaldas a todo academicismo. Por algo, definía la novela como "un pedazo de vida reflejado en un escrito por un corazón y una cabeza", dándole en sus escritos mucha importancia al diálogo, donde la estilización con una sintaxis literal, le daba un efecto carnavalesco y cómico.

Por otro lado, fue un testigo privilegiado de grandes cambios en todos los órdenes.  Su niñez transcurriría bajo el signo del liberalismo extremo de Mosquera y la Constitución de 1863; así como su madurez, bajo el signo de la Regeneración (Constitución conservadora de 1886). 

En este contexto político y social, la figura del caudillo (de extirpe romántica) cumplía su función como “garante de la defensa del territorio, voz de aliento para emprender una conquista, fuente de valores y propósitos, el punto de arranque de la identidad colectiva”, dentro de un ambiente nacionalista que acarreaba grandes desastres a nivel mundial.

Por lo tanto, llegaría a vivir los avatares de tantos cambios y confrontaciones, llegando a admirar al presidente Pedro Justo Berrío, quien logró hacer del Estado Soberano de Antioquia, un reducto de paz para el clero y los católicos cuando estos eran perseguidos en el resto del país. Así lo calificaría como “genio ubicuo”, al lograr el levantamiento popular contra Pascual Bravo, quien había tomado medidas sobre la inspección de cultos, en armonía con las arbitrarias y tiránicas pautas del general Mosquera. Así, en este proceso de consolidación republicana hasta la guerra de los Mil Días, encontraría Carrasquilla la concreción de una identidad basada en la religión como sublimación de un alma colectiva, que le daba preeminente valor al patriotismo.

Igualmente, pudo ver la materia de su creación en ese crisol de razas, tipos humanos, jergas, mitos, costumbres de su tierra natal, representado en indígenas, conquistadores, colonizadores españoles y negros traídos del África (a quienes trató con respeto), al igual que representaría los contrastes entre la burguesía y la sociedad pre-moderna de concepciones mágicas. En cuanto a las actividades sociales, destaca todo lo relacionado con la explotación de minas de oro, el levantamiento de poblaciones a la orilla de los ríos auríferos, la excavación de socavones y demás actividades que contribuyeron al desarrollo de Antioquia, lo que serviría de capital intelectual para los novelistas.  

En cada uno de sus ocho capítulos encontraremos una valoración crítica de sus diez novelas, ensayos y numerosos cuentos, algunos considerados clásicos dentro de la literatura colombiana como“Simón el Mago”, “En la diestra de Dios padre” (1897), o el  “El ánima sola” (1898). “La Marquesa de Yolombó” (1927), por ejemplo, entre las más conocidas, es “una de las grandes construcciones de la literatura colombiana y latinoamericana” que cuenta la historia de un pueblo minero colonial desde 1750 hasta 1830 y ocurre en un pueblo intocado por la historia del momento, donde su protagonista, doña Bárbara Caballero, rompe con el estereotipo de las mujeres relegadas al orden doméstico y al culto religioso. 

Por otro lado, con su primera novela “Frutos de mi Tierra” (1896) Carrasquilla ganaría la apuesta literaria al demostrar que en Antioquia existía suficiente materia novelable, configurando así una escuela regional que tuvo resonancia nacional. Igualmente se pueden ver importantes alusiones a novelas como "Grandeza", "Ligia Cruz" y "El Zarco", o la originalidad de relatos como "Rogelio", "La Mata" o el "El Rifle, éste último ambientado en la Bogotá de entonces, que aborda una temática de violencia sin resolución posible. 

Finalmente está su faceta como periodista, donde Carrasquilla incursionó para ganarse la vida. En este terreno, demostró su gran valor como cronista debido a su riqueza lingüística, la capacidad de síntesis, el ojo agudo para el detalle”, entre otras cualidades imprescindibles del oficio, ganándose la simpatía de figuras de la “vieja guardia” como Fidel Cano (El director de El Espectador), donde publicó textos de crítica (“Herejías”, “Carta abierta” y “Homilía”,  “sobre Darío”,  “Divagaciones” sobre el compositor Pedro Morales Pino, o “Por el poeta” (elogio a José Asunción Silva).  Igualmente, colaboró en El Liberal, gracias a su amistad con el caudillo Rafael Uribe Uribe, asesinado el 15 de octubre de 1914.

En definitiva, ésta es una obra imprescindible para conocer los aportes del gran escritor y fundador de las letras nacionales. Pues aunque, como bien dice el autor, el patriotismo que admiró podemos verlo como un mito bello y majestuoso, hoy en día seguirá siendo un reto, aunque con supuestos diferentes. Al final de sus más de 286 páginas, se demuestra la tesis inicial sobre el valor de este gran escritor cuya obra permite una riqueza de interpretaciones, dándole a las generaciones sucesivas una idea sobre las formas de vida de la Antioquia de comienzos del siglo XX. 

 

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