Sobre héroes y olvido
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¡Salven ustedes la patria!

Las luchas del almirante Padilla y el general Rondón han sido relegadas por las versiones oficiales del Bicentenario. Reivindicamos en este especial a las poblaciones afro, a los excluidos y los extranjeros en la Independencia de Colombia.

En la imagen, Juan Prudencio Padilla, almirante y referente de la Independencia de Colombia.

La historia los ha ocultado. La élite blanca ha construido los discursos, los ismos, las versiones conforme a intereses particulares o a espíritus que jamás vieron más allá de su entorno. Cuando se ha hablado de ellos, en realidad de nosotros, de todos, lo han hecho ejerciendo estigmas o distinciones. La colonización hasta hoy sigue teniendo efectos y uno de ellos es la configuración de los relatos históricos a partir de los testimonios de los blancos, de los europeos, de miradas totalizantes que se construyeron desde una narrativa occidental y que se promovieron desde los libros y los apuntes de tableros en los que se ignoró que la historia no es solamente la versión que configura un Estado, sino que es la conjunción —compleja de realizar— de memorias, voces y protagonistas que no solamente fueron vencedores sino que también fueron vencidos, silenciados y ocultos.

De la población afrodescendiente en la historia de la Colonia y de la Independencia se ha hablado por los procesos asociados a la esclavitud, al mestizaje, por los métodos de emancipación denominados como cimarronaje y manumisión. Se habla en términos generales de su participación en las guerras contra los españoles, en la fundación de ciudades como Cartagena, de los primeros brotes de rebelión que se dieron con el movimiento de los Comuneros, con la creación de territorios palenqueros y con la lucha y los esfuerzos por acabar con los antecedentes feudales y republicanos que determinaban el orden social y político de la Nueva Granada. 

Del especial Sobre héroes y olvido lo invitamos a leer: Un “León” en América

Miguel Montalvo, Miguel Buch, Tomás Pérez, Manuel Piar, Alexandre Pétion, el coronel Blas de Soria, el general Juan José Rondón y el almirante Juan Prudencio Padilla son algunos de los símbolos afros mencionados en la historia de la Independencia y que influenciaron directa o indirectamente la configuración de un nuevo territorio por haber comandado los cambios, las batallas y la creación de ideas que potenciaran el vigor de los criollos, de los mismos afros a la hora de enfrentar a las colonias españolas que, a través de sus ideas y su religión, convencieron a toda una población de creerse inferiores por pensar y ser distintos. 

La estrategia estaba planteada. Hace doscientos años el momento crucial yacía en los terrenos inestables del Pantano de Vargas. “¡Que los valientes me sigan!”, gritó el general Rondón. Los días de antaño en los que recorría los Llanos orientales en una marcha inmarcesible con sus caballos y en los que hizo parte de las luchas españolas fueron primordiales para la batalla y la famosa encomienda de Bolívar al decirle “¡Rondón, salve usted la patria!”. 
Con catorce lanceros avanzó cuesta abajo para enfrentar a las tropas del comandante José María Barreiro y como un acto de justicia poética o como una epopeya por excelencia, el hijo de esclavos afros se adjudicó la victoria en armas más importante de la historia de Colombia. Con su esfuerzo y honor no solamente logró la libertad de un pueblo, también logró la reivindicación de su familia, de su historia, de toda una población que había sido estigmatizada y violentada. “La gloria del pantano de Vargas pertenece al coronel Rondón y al teniente coronel Carvajal; a ningún otro se le concedió sino a ellos en aquel glorioso día el renombre de valientes”, afirmó en aquel entonces el general Francisco de Paula Santander.

La historia del primer almirante de Colombia, la de José Prudencio Padilla, no deja de ser similar a la del general Rondón por su recorrido en el campo militar. Desde que era adolescente, este hombre oriundo de la región de La Guajira había pertenecido a los mares, a la fuerza imparable de los vientos y a la mística del oleaje. Sirvió al navío de guerra Juan Nepomuceno perteneciente a la Real Marina Española como oficial de marina y luego como contramaestre de navío. Fue prisionero de guerra tras la batalla de Trafalgar, en octubre de 1805. Años después fue liberado junto a varios prisioneros más tras la paz obtenida entre ingleses y españoles. A inicios de 1809 volvió a Cartagena, específicamente al arrabal de afrodescendientes de Getsemaní. 

Participó en la revolución de Cartagena y en la captura de la fragata española Neptuno en las bocas del Atrato. Por su experiencia y coraje, y luego de haber sido encarcelado por traición al querer unirse a las tropas de Bolívar, Padilla fue liberado para comandar la estratagema que ayudaría a defender a Cartagena de la flota de más de 15.000 soldados liderada por el español Pablo Morillo. Fue a finales de 1815 que el entonces alférez abandonó Cartagena tras el bloqueo y la derrota de sus tropas. 

Padilla ya había conocido a Bolívar y gracias a su prestigio, haría parte de la expedición apoyada por el gobierno de Pétion (el presidente haitiano que se convirtió en aliado de los libertadores) y que terminaría con el control de la Guayana. 
El guajiro se convirtió en un hombre de confianza para Bolívar. Gracias a su liderazgo se obtuvo el control del bajo Orinoco y de la península de La Guajira. Junto a Brión, Padilla logró liberar a Riohacha y recuperar a Santa Marta, Barranquilla y Cartagena entre 1819 y 1821.Por la recuperación de las ciudades cercanas a la costa Atlántica y la adjudicación de Maracaibo, José Prudencio Padilla obtuvo su ascenso como almirante y general de la república. Trabajó como senador, pero, en un acto de injusticia y contravía a los esfuerzos y logros realizados en nombre de la libertad, Padilla fue fusilado el 22 de octubre de 1828 por una traición que no existió en contra de Simón Bolívar.

De Manuel Piar hay que decir que la génesis de sus pasiones por las libertades de los pueblos se halla en su participación en la revolución de Haití, en 1807. Por su condición de pardo, el ciudadano de origen venezolano halló empatía y complicidad con las poblaciones afros en América. Muchas de sus proezas y épicas también fueron realizadas desde los mares, pues en las guerras de Haití y en la emancipación de Venezuela, en 1810, se dieron desde buques de guerra y desde las filas de la Armada de su país. 

Como coronel participó en la firma del Acta de Chacachacare que decía: “Violada por el jefe español D. Domingo Monteverde la capitulación que celebró con el ilustre general Miranda, el 25 de julio de 1812; y considerando que las garantías que se ofrecen en aquel solemne tratado se han convertido en cadalsos, cárceles, persecuciones y secuestros, que el mismo general Miranda, ha sido víctima de la perfidia de su adversario; y, en fin, que la sociedad se halla herida de muerte, cuarenta y cinco emigrados nos hemos reunido en esta hacienda, bajo los auspicios de su dueña, la magnánima señora doña Concepción Mariño, y congregados en consejo de familia, impulsados por un sentimiento de profundo patriotismo, resolvemos expedicionar sobre Venezuela, con el objeto de salvar esa patria de la dependencia española y restituirle la dignidad de nación que el tirano Monteverde y su terremoto le arrebataron. Mutuamente nos empeñamos nuestra palabra de caballeros de vencer o morir en tan gloriosa empresa; y de este compromiso ponemos a Dios y a nuestras espadas por testigo. Nombramos jefe supremo con plenitud de facultades al coronel Santiago Mariño. Chacachacare: 11 de enero de 1813. El presidente de la Junta: Santiago Mariño. El secretario: Francisco Azcue. El secretario: José Francisco Bermúdez. El secretario: Manuel Piar. El secretario: Manuel Valdés”. 

Gracias a esta expedición, se logró una importante victoria sobre los ejércitos españoles y una recuperación significativa del territorio, que si bien duró varios años más en disputa, marcó un giro importante para los intereses libertadores del Virreinato de Nueva Granada tras recuperar su dominio en los mares de la costa Atlántica y en tierras venezolanas.

Piar participó en las campañas de Barcelona, Cumaná y Caracas como general de brigada. Su guerra y su convicción se plantaron, en gran parte, por la reivindicación de las poblaciones pardas, por la derrota de los blancos y de su élite proclive a la discriminación y reducción de las costumbres e identidades afros. 

Pese a la ayuda que Piar ofreció a la obtención de los territorios en Venezuela para las tropas de Bolívar, este último firmó la sentencia de muerte del general por insubordinación, sedición, deserción y conspiración. Padilla, de quien se habló antes, fue uno de los testigos del fusilamiento el 16 de octubre de 1817 en Angostura.

En este mismo espacio, y aunque fue 42 años después, hay que traer a colación a Juan José Nieto, nuestro único presidente afro. Y hay que mencionarlo para no olvidar que por el color de su piel no fue reconocido como mandatario, que el cuadro en el que retrataron su rostro años después fue sometido a una manipulación para blanquearlo, para hacerlo otro objeto de la “versión oficial” de la historia y fortalecer las estructuras coloniales que han persistido y se han convertido en problemas fundamentales en la reconstrucción y reconocimiento de la identidad. Nieto fue autodidacta, fue un hombre de cultura y de la clase alta, toda una aparente contradicción con los lineamientos de quienes debían pertenecer a la élite.

 Escribió la novela Ingermina o la hija de Calamar; participó en la revolución de los Supremos; fue cercano al general Santander y en 1851 obtuvo su primer cargo público como gobernador de Cartagena. Fue presidente de la Confederación Granadina entre el 25 de enero de 1861 y el 18 de julio de 1861, momento en el que Tomás Cipriano de Mosquera asumió como mandatario. En su ejercicio político, Nieto sancionó la primera Constitución municipal de la provincia de Cartagena y la segunda Constitución Política del Estado de Bolívar. El Congreso de 1865 le otorgó una espada de honor por sus apoyos al liberalismo. 

Finalmente actuaron en nombre de su bandera, de su gente. En tiempos de estigmas y señalamientos se alzaron en armas y en convicciones, reflejando que las grandes victorias son de la humanidad y no de un subgrupo que se diferencia por habilidades, morfologías o apariencias. El liderazgo de Padilla, Rondón, Piar y demás símbolos de la resurrección y la emancipación de un viejo pueblo han sido susurrados, han intentado ser manipulados como el cuadro del único presidente afro que esta tierra ha tenido, y pese a los escenarios de colonización que persisten por interés o por desconocimiento de sus causas, su legado se hace visible, y sus memorias se mantendrán en algo más allá que la versión oficial de la historia de una nación llamada Colombia, de un territorio que, por intenciones de pertenecer al selecto grupo de lo globalizado, ha olvidado que sus raíces son de color, que su identidad e idiosincrasia no pueden verse ligadas a una comunidad aria, a una perspectiva blanca y elitista que niega y reduce desde múltiples flancos la presencia y relevancia de una población que resistió y creyó en que sus acciones y fuerzas se hacían en nombre de la esperanza de ser reconocidos y vistos también como personas fundamentales en la construcción de una sociedad y una idea temprana y volátil del progreso y la unión de los pueblos.

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