Traslúcido fantasma

Este breve relato, lleno de tono poético, ronda alrededor de un espíritu sin tiempo.

Ilustración Vigo

… y en esa casa vamos a vivir, mi traslúcido y cegador fantasma, pero también viviremos en la otra cuadra y dos cuadras más allá, y en todas las casas de los barrios viejos, y allí donde tú digas que vives porque dices que tienes muchos amigos y ellos te prestan sus casas mientras se encuentran de viaje por cualquier motivo, siempre feliz de verme y de decirme que hoy vamos a un recital tuyo, a una sesión de fotografía en donde posas vestida, a un concierto en donde eres el violín principal, y luego salimos sin que nadie te note, y a pesar de los aplausos, a pesar de las grandes ovaciones de pie salimos a la noche y todo brilla porque tú, mi fantasma ilegible, decidiste que pasáramos la noche en el nostálgico jardín interno de la enorme casa inglesa que te dejó a cuidar no sé quién, porque convocaste a los muertos bondadosos y les pediste que se posaran en las hojas de los árboles, en la punta de las rejas, en el techo de los autos, sobre las ventanas, en cada partícula de la noche que entonces resultó fosforescente y temblorosa como tus besos que a pesar de tantos años no he podido descifrar, como tu aliento a las tres y media de la mañana cuando no es posible otro susurro, otra humedad que la de tus labios a escasos tres milímetros de mi cuello, otra asfixia distinta a la de tu silencio que se extiende y se esconde tras las sombras, se suspende en los espacios azules de todas tus casas, allí donde la luna abre sus ojos desmesurados sobre el terciopelo de las baldosas, sobre los aterrados ventanales y las bisagras de las puertas.

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