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Análisis: La pandemia y el desempleo de las mujeres

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En términos económicos, una menor ocupación persistente de las mujeres frente a los hombres no es más que un desaprovechamiento del capital humano disponible y por tanto un desperdicio de recursos para el país.

Los últimos datos del DANE muestran que las condiciones laborales de las mujeres en Colombia han desmejorado dramáticamente.

4,2 millones de personas perdieron su empleo en el mes de julio respecto a julio 2019. La población más afectada son las mujeres entre 25 a 54 años. En este grupo de edad, dos mujeres perdieron el empleo por cada hombre que perdió el suyo.

Las mujeres ocupadas pasaron de 9,2 millones en julio de 2019 a 6,7 millones en julio de 2020. Esto implica una caída del 28% —mucho mayor que la de los hombres (12%)—.

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La tasa de desempleo de las mujeres llegó a 26,2% en julio de 2020, superior en 10 puntos porcentuales a la de los hombres. Debido a la pandemia, esta brecha se ha duplicado con relación a julio de 2019.

En ningún país de América del Sur hay tasas tan altas de desempleo femenino ni brechas tan grandes entre hombres y mujeres. De hecho, en Chile, Perú y Bolivia la tasa de desempleo de las mujeres pasó a ser menor que la de los hombres después de los meses más críticos de la pandemia. No obstante, es importante resaltar que en estos países la tasa de participación es menor.

En Colombia, las mujeres perdieron más empleos en algunos de los sectores económicos más golpeados. Un ejemplo de esto es el sector de textiles, ropa y cuero, cuyo empleo se contrajo 28% entre junio de 2019 y junio de 2020: aquí se perdieron 220 mil empleos, de los cuales 173 mil eran de mujeres (80%).

El 42% de los hombres que perdieron el empleo en julio de este año trabajaban en empresas de diez personas o menos. Para las mujeres esta cifra es de 71%. La pérdida de empleos femeninos se concentró en empresas pequeñas, sobre todo informales como peluquerías y lavanderías.

Por otro lado, muchas mujeres se vieron enfrentadas a una mayor carga de trabajo doméstico no remunerado, debido a las medidas de aislamiento preventivo que cerraron los colegios y suspendieron los servicios domésticos remunerados.

El resultado ha sido que las familias hayan tenido que asumir toda la carga del trabajo de cuidado y doméstico que antes contrataban. Esto lo muestra la fuerte contracción del 46% en el empleo de servicio doméstico en julio de 2020 en comparación con 2019.

Adicionalmente, el aumento del trabajo doméstico no remunerado les ha impuesto a las mujeres más limitaciones para buscar empleo y, por tanto, las ha forzado a estar inactivas. En julio se registró un aumento de 1.9 millones de mujeres inactivas, de las cuales el 94% se dedicaron a oficios del hogar.

La brecha de género antes de la crisis

El pasado 3 de septiembre se cumplieron casi cuatro décadas de la convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, promulgada por Naciones Unidas en 1981.

Sin embargo, el trato discriminatorio que sufren las mujeres en el mercado laboral muestra un panorama que preocupa. Esta discriminación es evidente porque:

  • las mujeres ganan menos que los hombres;
  • están menos presentes en sectores mejor remunerados, y
  • están más expuestas al desempleo.

El desempleo siempre ha sido una situación agobiante, difícil de sobrellevar y con impactos económicos, sociales, familiares y emocionales de largo plazo. La pandemia le ha puesto trabas especialmente a las mujeres, para quienes, según la Organización Mundial del Trabajo, encontrar empleo siempre ha sido más difícil que para los hombres.

La situación actual es el resultado de una bola de nieve que se ha formado en la última década. Muchas mujeres se han encontrado con menores oportunidades de emplearse, especialmente si están casadas o tienen hijos pequeños. Esta fue la conclusión del libro editado por Castellani, Lora y Arango en 2017 que discutía la preocupante situación del empleo de las colombianas.

A lo anterior se suma el informe de Herrera-Idárraga, Ramírez-Bustamante, Tribin y DANE el cual alertó que durante en el comienzo de la crisis todas las políticas estaban encaminadas a proteger el empleo de la población ocupada, de la que las mujeres representaban apenas el 40%.

No obstante, las mujeres, desde antes de la crisis, enfrentaban una tasa de desempleo superior a la de los hombres. En febrero de 2019 la tasa de desempleo femenina era 16,5% frente a 9,3% masculino. Es decir, una proporción mayor de mujeres se encontraban buscando trabajo antes de la crisis.

Por otro lado, los sectores más afectados por las medidas de aislamiento preventivo —excluyendo la construcción— concentran una mayor proporción de empleo femenino y presentan un alto grado de informalidad.

Por dar algunas cifras, en 2019 la informalidad laboral en peluquerías, tratamientos de belleza y lavanderías era del 90% y en el servicio doméstico la informalidad superaba el 80%.

Impactos del desempleo

El desempleo tiene impactos de largo plazo. Según la investigación de Carrillo-Tudela en 2018, en Alemania, las mujeres con pocos recursos que estaban desempleadas y conseguían trabajo, se empleaban por salarios más bajos con respecto a su último empleo. Esta brecha salarial nunca fue subsanada durante su vida laboral.

Por otra parte, el desempleo a largo plazo deteriora las habilidades adquiridas en el sistema escolar. Esto causa una pérdida social irrecuperable de sus capacidades que pudieron ser usadas en una economía más competitiva. En consecuencia, estar desempleada aumenta la probabilidad de seguir siendo desempleada en el futuro.

En Colombia las mujeres cuentan en promedio con un grado superior de escolaridad al de los hombres. En términos económicos, una menor ocupación persistente de las mujeres frente a los hombres no es más que un desaprovechamiento del capital humano disponible y por tanto un desperdicio de recursos para el país.

Adicionalmente, una menor inserción de la mujer en el mercado laboral afecta directamente su autonomía económica, lo cual da pie a escenarios de subordinación que propician la violencia de género, pues las mujeres dependen de los recursos de la pareja o de la familia. Este problema se ha agravado con el aislamiento.

Políticas con enfoque de género

Durante la pandemia, el Gobierno Nacional debe esforzarse para frenar la pérdida de empleos en empresas pequeñas e informales, donde se concentran los empleos de las mujeres.

El regreso de los niños y niñas al colegio y a las guarderías es necesario, pero no suficiente, para que la sobrecarga de cuidado se aliviane. No hay que olvidar que en circunstancias normales las mujeres llevaban a cabo siete horas de cuidado diarias frente a las tres horas por parte de los hombres.

Sin embargo, incluso con un regreso gradual de las niñas y niños al colegio, hay que pensar en medidas adicionales para reducir y redistribuir el trabajo doméstico entre hombres y mujeres en el hogar, el mercado y el Estado.

De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los gobiernos deberían subsidiar el servicio doméstico con el pago de un porcentaje del sueldo o habilitando la deducción de impuestos por parte del Estado.

Por otro lado, el regreso de los servicios domésticos y de cuidado remunerado podría recuperar muchos de los empleos femeninos que se perdieron en jardines infantiles, lavanderías y servicios de alimentación.

No obstante, las altas tasas de desempleo significan que una gran proporción de hogares dejaron de percibir ingresos y, por tanto, políticas como el ingreso básico garantizado podrían aumentar la demanda y asegurar condiciones mínimas de vida.

Adicionalmente, como lo menciona Corina Rodríguez Enríquez, el ingreso básico podría permitir que los hogares más vulnerables accedan a servicios de cuidado que ofrece el mercado, lo que disminuiría la carga para las mujeres.

Además, este ingreso puede mejorar el funcionamiento de negociación dentro del hogar, ya que fomenta tomas de decisiones más democráticas y aumenta las posibilidades de redistribuir el tiempo dedicado a las actividades de trabajo remunerado y no remunerado.

Así mismo, como lo han mencionado varias feministas, el ingreso básico se puede entender también como un pago al trabajo de cuidado no remunerado y una forma de reconocer el valor de actividades esenciales para la vida que el mercado no siempre remunera.

Sin embargo, hay que tener cuidado con este tipo de políticas para que no se desincentive la inserción de las mujeres en el mercado laboral y no refuercen la naturalización de la mujer en actividades domésticas y de cuidado.

Para que esto no ocurra, se necesitan políticas adicionales y una transformación cultural que discuta los roles de género tradicionales y permita una asignación más equitativa del tiempo para cuidar, para trabajar y para descansar entre los hombres y las mujeres.

*Candidata a doctora en Gobierno, Universidad de Essex, project manager en el proyecto economía del cuidado de la Universidad Javeriana.

**Economista, asistente de investigación en el proyecto economía del cuidado de la Universidad Javeriana.

***Profesora de Economía, Universidad Javeriana.

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