La guerra contra el terrorismo, o cortar la cabeza de la hidra

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Hoy, diez años después de la muerte de Osama Bin Laden, la amenaza de grupos terroristas es más latente que nunca. Mientras las instituciones sean débiles, habrá terreno fértil para su expansión.

Hace una década, el expresidente estadounidense Barack Obama se dirigió a su pueblo para darle un anuncio que se pensó iba a cambiar el curso de la nación y del mundo: “Estados Unidos ha llevado a cabo una operación que causó la muerte de Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda, y un terrorista que es responsable del asesinato de miles de hombres inocentes, mujeres y niños”, dijo.

Era casi la medianoche del domingo en Washington DC, pero cientos de estadounidenses se aglomeraron a las afueras de la Casa Blanca para festejar la noticia, con personas sumándose al júbilo en distintas ciudades del país. Desde 2001, Bin Laden había sido declarado como el enemigo número uno de la nación y su simple existencia justificó un apoyo masivo a la guerra contra el terrorismo en el mundo, lanzada por el expresidente George W. Bush.

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Pero la muerte de Bin Laden, aunque respondía al clamor de justicia de la gente, no significó el final de la cruzada estadounidense, sino todo lo contrario: fue apenas el inicio. El curso de la nación –y del mundo– fue el mismo, y la guerra contra el terrorismo continuó expandiéndose. Y esto era lógico, pues la desaparición de Bin Laden nunca iba a ser suficiente para cumplir un objetivo tan ambicioso como el que perseguía Bush.

“Bush dijo que su misión principal era erradicar los grupos terroristas que había alrededor del mundo. Fue un discurso que tenía como objetivo unir a la nación en un mismo propósito: derrotar a quienes les habían hecho daño. Pero la del terrorismo es una lucha sin cuartel”, señala Rafael Piñeros, profesor de la Universidad Externado.

Si bien se cumplió el objetivo de unir a la nación, aunque sea al principio, había serias dificultades para ponerle fin a esta campaña desde que se lanzó. El terrorismo, como apunta Piñeros, puede surgir en cualquier rincón del mundo, y es porque se aprovecha de la debilidad institucional de los Estados en muchas zonas –a veces una institucionalidad casi nula– para prosperar. Esto sirve de estímulo para que los grupos se sientan en capacidad de controlar un territorio y legitimar su causa.

Aunque, debido a los ataques del 11 de septiembre de 2001, el Medio Oriente se ha visto como el semillero del terrorismo, hay otros focos preocupantes que se han pasado por alto. Los ataques en Mozambique y Nigeria son ejemplos de cómo África se ha convertido en un importante frente de lucha de grupos terroristas. También hay insurgencias en Kenia, Chad, Libia, Argelia y la República Democrática del Congo, así como en el sudeste asiático.

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En la actualidad, destaca Omair Anas, investigador y columnista del Centro de Estudios e Investigación Al-Mesbar, hay por lo menos 19 grupos terroristas activos en Indonesia, cinco en Malasia y tres en Filipinas. Y todos estos casos comparten su raíz: los terroristas aprovechan la debilidad de los estados y la inestabilidad para surgir.

“Jemaah Islamiyyah, responsable de los atentados con bombas en Indonesia, ha desarrollado las bases para que más personas se unan a este y otros movimientos. Ahí es cuando estas organizaciones terroristas empiezan a reproducirse, porque la gente está siendo educada. Ellos crean colegios, institutos educativos o religiosos, es decir, actúan desde la sociedad civil para ofrecer servicios reales, pero también para radicalizar a más personas”, explicó David Mauricio Castrillón, profesor de la Universidad Externado.

Además de cómo la falta de institucionalidad es terreno fértil para el terrorismo, hay que tener en cuenta otro factor para comprender por qué la cruzada continúa: los grupos terroristas se organizan de una forma descentralizada, por células, y actúan por lo general en pequeñas comunidades como base. Esto facilita las condiciones para que, cuando un grupo que estuvo medianamente consolidado se desintegre, aparezcan subgrupos que se van convirtiendo en una amenaza propia. Y esto fue lo que ocurrió precisamente con la campaña en Medio Oriente para encontrar a Bin Laden.

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“Lo que se dio fue un efecto desintegrador de este movimiento y otros, que hizo que hoy sea muy difícil abordar esta amenaza. Con la muerte de Bin Laden, incluso antes, lo que se hizo fue cortar una cabeza de la hidra de la que salen dos cabezas más, y luego cuatro y ocho, hasta que una se convierte en una amenaza mayor. El auge del Estado Islámico se conecta con la desintegración de Al Qaeda, por ejemplo. Y esa aparición del EI va a llevar a que, en algún momento, 1.200 personas del Sudeste Asiático se vayan a Irak y Siria para unirse a este grupo terrorista. Luego, con la degradación del EI, los que quedan de estos 1.200 regresan al sudeste asiático para constituirse en una amenaza latente en la región”, explica Castrillón.

En este sentido, el exterminio de los grupos terroristas, como lo propuso Bush en su cruzada contra el terrorismo, está lejos de terminar, y quizás sea imposible mientras exista la inestabilidad de los Estados y la debilidad de las instituciones, que tendría que ser lo que hay que combatir. Al Qaeda, Bin Laden y sus ataques exitosos a Occidente, fueron tomados como puntos de referencia que dinamizaron el terrorismo y permitieron la creación de grupos afiliados que tomaron aún más fuerza. Sin embargo, dos décadas después del inicio de esta guerra eterna, la campaña está llegando a un punto de inflexión en el que la estrategia está cambiando.

“Así como en la primera década del siglo XII hablamos de terrorismo, también hubo otros hechos que se hicieron importantes y que llevaron a que el terrorismo perdiera peso dentro de la agenda internacional: la situación financiera y las calamidades producidas por el cambio climático. Los estados no pueden destinar toda su energía en una amenaza que, si bien es importante y no se ha acabado, eventualmente tiene otros mecanismos para combatirla”, señala Piñeros.

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Ahora que el presidente Joe Biden se encamina a sacar las tropas estadounidenses de Afganistán, han aumentado las preocupaciones, porque esta decisión pueda conducir al fortalecimiento de los grupos terroristas en la región. Pero hay que entender, como explica Piñeros, que “Estados Unidos no les puede dar la solución que se tienen que dar por sí mismos. Nadie soluciona los problemas de otro sin que ese otro luche por su libertad, independencia y autonomía”. Hay otros mecanismos para fortalecer la democracia que no sean por medios militares, hay soluciones que requieren dinero y cambios en la estructura de poder que no se han adoptado.

“Desde mi perspectiva, la presencia de tropas no va a evitar que surjan los terroristas. Con el buen uso de las tecnologías para hacer seguimientos preciosos a organizaciones terroristas y al sistema económico se puede combatir igual o mejor a estos grupos”, explica Piñeros.

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