La muerte de un periodista provocó lo que miles de muertos en Yemen no lograron

La conmoción, provocada por la muerte del periodista saudita Jamal Khashoggi, se podría explicar a partir de lo que, según informes, Stalin le dijo a uno de sus colegas, un funcionario soviético: la muerte de una persona es una tragedia, pero la muerte de un millón es una estadística.

AFP

Si tuviéramos que elegir un año de la última década en que las contradicciones de la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita parecían tener más probabilidades de convertirse en una crisis, 2018 no sería la respuesta evidente.

Tal vez señalaríamos el 2011, cuando las manifestaciones de la Primavera Árabe obligaron a Estados Unidos a apoyar los movimientos prodemocráticos del Medio Oriente que el gobierno saudita consideraba amenazas mortales, o el 2013, cuando Arabia Saudita apoyó el golpe militar en Egipto que Estados Unidos había tratado de evitar y que dio fin a la fase democrática de la región.

Quizá incluso el 2016, cuando la guerra encabezada por los sauditas en Yemen se había transformado en uno de los peores desastres humanitarios en años, un conflicto en el que también Estados Unidos se había visto involucrado.

Sin embargo, estaríamos equivocados. En realidad, la alianza informal ha llegado a un punto álgido de crisis este año, cuando las circunstancias en realidad parecerían apuntar hacia su consolidación. Ambos países coinciden en todos los asuntos principales de políticas, particularmente respecto de Irán. Sus líderes están más cerca de lo que habían estado en toda una década.

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Probablemente lo más inesperado de todo es que el quiebre no se debe a las muertes en Yemen, ni siquiera a las de los niños, sino a un solo asesinato, aunque muy impactante: el del periodista saudita disidente Jamal Khashoggi.

Prácticamente de la noche a la mañana, los estadounidenses que desde hace mucho habían apoyado esta alianza ahora la repudian. Las empresas de Estados Unidos se están retirando del reino. Incluso los grupos de expertos de Washington, de los más prosauditas del país, están devolviendo el dinero de Arabia Saudita.

¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Es una sorpresa que enfatiza la imprevisibilidad del mundo actual. No obstante, también revela muchas de las verdades más perdurables de la política de alianzas, la psicología de grupo y las percepciones de moralidad.

Aunque pocos vieron venir esta situación —quizá el que menos lo esperaba era Mohamed bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita, a quien se acusa de estar involucrado en la muerte de Khashoggi—, en retrospectiva tal vez resulte evidente.

Tragedias y estadísticas

Cualquier reportero que haya dado cobertura a un desastre humanitario seguramente entiende lo que, según informes, Stalin le dijo a uno de sus colegas, un funcionario soviético: la muerte de una persona es una tragedia, pero la muerte de un millón es una estadística.

Por eso es que la cobertura noticiosa de una hambruna o una inundación a menudo destaca la historia de una de las víctimas.

Eso también explica por qué Aylan Kurdi, por ejemplo, un niño sirio cuyo cuerpo fue arrastrado por la marea hasta una playa turca en 2015, logró dirigir la atención mundial a la crisis de refugiados en su totalidad.

No es fácil entender la idea de miles de muertes. Se convierte en una abstracción de dinámicas geopolíticas, económicas y de conflictos: un asunto de estadísticas.

Sin embargo, una sola muerte puede comprenderse en términos más reconocibles, como un padre en duelo, por ejemplo, o un cónyuge desesperado. O un periodista asesinado, como Khashoggi.

Los psicólogos frecuentemente comprueban que las personas experimentan una reacción emocional más fuerte ante una muerte que frente a muchas, aunque las circunstancias sean idénticas. De manera absurda, cuantas más víctimas haya, menos compasión sienten las personas.

El efecto incluso tiene nombre: colapso de la compasión. No es que no nos importe un millón de muertes, según creen los psicólogos. Más bien, tememos sentirnos abrumados y suspendemos nuestras emociones como medida preventiva de autodefensa.

Durante años, los líderes sauditas quizá se hayan beneficiado de este efecto sin saberlo.

¿Cómo puede un estadounidense cualquiera, incluso alguien del gobierno, procesar los miles de casos de cólera provocados por las medidas tomadas por los sauditas respecto a Yemen, sobre todo por el hecho de que Estados Unidos las apoyó? ¿Cómo debieron sentirse los ciudadanos de Baréin cuando, en 2011, los tanques sauditas entraron al país para ayudar a acabar con un levantamiento democrático?

Entender estos sucesos a un nivel intelectual es bastante difícil, pero entenderlos a un nivel emocional puede simplemente estar más allá de nuestro alcance.

El asesinato de Khashoggi es un caso distinto. Es fácil identificarse con él, sobre todo para los hombres y mujeres que se encargan de la política exterior estadounidense.

Se trataba de un periodista con formación académica que viajaba por el mundo, el tipo de persona que muchos podrían tener como amigo o cónyuge. Sus columnas para The Washington Post lo hicieron un miembro no oficial de la élite intelectual, un club del que muchos washingtonianos se consideran integrantes.

Además, Salmán quizá haya contribuido a que la historia tuviera mayor resonancia. Los líderes sauditas previos tendían a ser austeros y distantes, y se presentaban como la vanguardia de burocracias reales inescrutables.

(Ver más: ONU pide explicaciones sobre caso de periodista desaparecido)

Salmán gastó enormes cantidades de dinero y energía para venderse como el rostro de Arabia Saudita. Al personalizar el poder, también llegó a personificar a su gobierno y a su nación.

Aunque el gobierno saudita ha insinuado que agentes rebeldes asesinaron a Khashoggi, su muerte ya se considera una historia de dos personalidades en conflicto. El periodista crítico y el monarca caprichoso. Protagonista y antagonista.

Si empatizar con dramas de sufrimiento individual, como el de Aylan Kurdi, es más fácil que hacerlo con tragedias a gran escala, entonces tal vez la historia de un solo acto iracundo, como el asesinato de Khashoggi, puede detonar indignación de inmediato, a diferencia de los años de ataques e intervenciones sauditas.

Un momento crítico

Aun así, las repercusiones de hoy tal vez no existirían sin esas acciones previas. Aunque los nuevos críticos de la alianza quizá las hayan tolerado cuando ocurrieron, muchos ahora las observan bajo la óptica del asesinato de Khashoggi. Su muerte, más que ser la única o incluso la principal causa del quiebre, parece ser una suerte de momento crítico.

¿Pero por qué este momento crítico? Las investigaciones del sociólogo Ari Adut sugieren que todo podría resumirse a una dinámica llamada conocimiento común: se vuelve mucho más probable que un grupo tome medidas contra un transgresor cuando cada miembro está seguro de que todos los demás saben de la transgresión. Esto genera la sensación de presión social para actuar.

Esta puede ser la razón por la cual la sociedad ignoró durante años las acusaciones de violación contra Bill Cosby, por ejemplo, y de pronto todo cambió. Se sabía de las acusaciones, pero no fue sino hasta que una rutina de comedia viral las convirtió en conocimiento común que Cosby enfrentó las consecuencias de sus crímenes.

Todos sabían de los comportamientos de Arabia Saudita en el pasado, pero jamás había habido un entendimiento común sobre cómo procesarlos.

El país tal vez haya estado socavando las políticas y los valores estadounidenses, pero tendía a hacerlo respecto de temas divisorios en Washington. El golpe de Estado en Egipto tenía partidarios en Estados Unidos, o por lo menos simpatizantes, y aunque pocos consideraban que la guerra en Yemen era loable, algunas personas, sobre todo quienes adoptaban una línea dura contra Irán, consideraban que al menos era comprensible.

Como resultado, el debate en torno a la alianza tendía a polarizar.

No obstante, el asesinato de un periodista es menos debatible. El consenso generalizado de que está mal y representa el estilo de liderazgo de Salmán ha provocado que los actos sauditas del pasado cobren un significado distinto.

Estados Unidos y Arabia Saudita se habían unido gracias a una serie de enemigos en común: Irán y la Unión Soviética en la década de 1980, Irak en la década de 1990, los grupos yihadistas en la década de 2000. Toda una generación de especialistas en el Medio Oriente comenzó a reunirse y a trabajar con colegas sauditas.

Sin embargo, las relaciones conllevan expectativas. Dependen de la confianza. Había una sensación de que, bajo las reglas del vínculo, Arabia Saudita podía desafiar a Estados Unidos dentro de sus propias fronteras o su región, pero no en el exterior.

Puede ser que el responsable de la muerte de Khashoggi la consideró un asunto interno, pero el asesinato de un columnista del Washington Post es un asunto que toca fibras sensibles. Podría considerarse una traición de los términos implícitos de la alianza y, por lo tanto, de la confianza, posiblemente por parte de un líder nuevo y joven que no había heredado tanta como quizá haya pensado.

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Max Fisher - The New York Times

El Mundo

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