Blasfemar no es ilegal

La fundadora de Femen en España responde a una demanda de Abogados Cristianos, un movimiento religioso, por varios delitos relacionados con incitación al odio y contra la libertad religiosa.

Activista de Femen/ Archivo AFP

El encadenamiento de dos activistas de Femen (un movimiento feminista surgido en Ucrania) a un crucifijo del altar mayor de la Catedral de Almudena para reclamar el derecho al aborto, el 13 de agosto de 2014, desembocó en una demanda por delitos relacionados con la incitación al odio antireligioso y contra la libertad religiosa. Lara Alcázar, fundadora y activista de Femen España, escribió en Huffington Post la respuesta al colectivo de abogados cristianos que pretende llevar a la organización ante la ley. Ese mismo día el Consejo General del Poder Judicial aprobó la reforma de la ley, planteada por el PP.

Según escribe Alcázar en el portal, “el lema de la protesta era ‘Aborto ilegal, tomemos el altar’, aludiendo a la amenaza que suponía el hecho de que dicha propuesta de ley restringiese el derecho y el acceso al aborto libre, seguro y gratuito. Si los hospitales ya no eran lugares donde las mujeres podían abortar de manera segura, habría entonces que acudir a los edificios de lobby que más ha empujado, defendido, financiado y reclamado dicha reforma sobre la ley: La Iglesia Católica”.

Defienda la activista en su columna del Post que “la acción no trataba de ser ningún asalto, tal y como defienden desde este colectivo cristiano, sino una reclamación legítima por parte de las mujeres. Si la institución religiosa nos arrebataba uno de nuestros derechos, tendría que enfrentarnos. Con este ataque a la libertad de las mujeres, a su derecho a decidir, conquistado tras muchos años de lucha y clandestinidad, la institución eclesiástica pretendía acometer una ejecución de un derecho democrático y lavarse las manos al más puro estilo de la Inquisición. Pero ya no estamos en esos tiempos”.

Lara Alcázar defiende que la religión es una idea, y “como cualquier otra idea es susceptible de ser criticada”. Insiste que “cuando la religión tiene una situación de privilegio, por muy mínima que sea su conexión con el Estado, y tú llevas a cabo dicha crítica, ambos se volcarán en una persecución contra ti. (Seguimos, en 2015, sí, no hemos viajado en el tiempo... ). La institución religiosa ha tomado el poder de establecer qué se puede decir y qué no sobre la religión, dónde, cuándo, cómo y por qué. En el caso de que se traspasen dichos límites, la ley deberá actuar. ¿Qué otra idea conocéis que cuente con tan elevado privilegio?”

Y agrega: “Dicho privilegio deja a un lado la libertad de expresión que conlleva el mismo acto de ejercer la blasfemia, pues ésta ha de entenderse como el cuestionamiento sobre la religión. La blasfemia es una herramienta imprescindible para llegar a construir una sociedad laica, que respete tanto la opción de creer como la de no creer. Sin embargo, no existe una igualdad real. La religión posee siempre una protección especial, un escalafón más alto que cualquier otra idea dentro de la sociedad. Se la teme. Ya sea por su historia, su poder, su dinero o sus influencias políticas”.

Alcázar dice en su artículo, publicado en Huffington Post que “acudir a las instituciones religiosas y manifestarse no significa atacar el derecho de los creyentes a creer, sino que es una de las herramientas para llegar a una sociedad igualitaria apelando a sus representantes”.

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