Bosnia y Ruanda, ¿cómo están 20 años después de los genocidios?

Aunque parecen conflictos distintos, tienen marcas compartidas: enfrentamientos étnicos, ayuda internacional y despegue económico que entregan lecciones sobre el posconflicto.

Archivo AFP

 Los analistas Michael Harsch y Tyler Headley sueltan un dato curioso en su análisis sobre Bosnia y Ruanda en Foreign Affairs: el himno de Bosnia carece de letra porque los diversos grupos étnicos tienen un desacuerdo de casi dos décadas sobre su contenido. En veinte años, después de que el Ejército nacional asesinara a cerca de 8.000 bosnios musulmanes, la nación no sólo ha perdido la capacidad de razonar un acuerdo tan simple como la letra de su himno, sino que ha sido incapaz de levantar instituciones fuertes que provean un escenario decoroso al posconflicto. Harsch y Headley recogen datos del Banco Mundial para comparar ambos conflictos y encontrar, gracias a ese contraste, que el dinero inyectado a un país en posconflicto no es necesariamente proporcional a su nivel de recuperación.
Ruanda, por ejemplo, a pesar del asesinato de 800.000 miembros de la etnia Tutsi —minoritaria— por parte de la etnia Hutu —mayoritaria—, ha sabido recuperarse y conformar un gobierno con instituciones robustas, que dan confianza a los inversores extranjeros y han proveído, hasta ahora, una suerte de paraíso en medio de la conflictiva África. Por ley, en ese país las etnias no se pueden conformar como partidos políticos, lo que ha disminuido —y casi convertido en extraordinarios— los conflictos que dieron origen a la masacre veinteañera. De ese modo, y con una precisa distribución de la ayuda económica internacional —Ruanda figura entre los países con menor corrupción, según la organización Transparencia Internacional—, Ruanda ha tenido un crecimiento económica anual de 14%, que parece muy superior en comparación, por ejemplo, con el 45% de desempleo en Bosnia y sus altos niveles de corrupción.

El caso bosnio, cuyas arcas han recibido una cantidad de ayuda internacional similar a la de Ruanda —US$10 mil millones contra US$12 mil millones—, retrata el escenario por completo contrario. En aras de su reconstrucción, Bosnia tiene un sistema presidencial singular: tres presidentes, representantes de cada etnia, se reparten las funciones presidenciales cada ocho meses. El problema está, pues, en esa brevedad de períodos que producen además la anulación de las leyes del anterior mandatario. Esa burocracia, que detiene todo avance prometedor, ha producido numerosas divisiones en los cargos intermedios, donde el dinero y el esfuerzo se pierden. La marcada etnicidad en la política, además, produce nuevos conflictos en ese sentido. “Analizando datos del Banco Mundial, de hecho encontramos una fuerte correlación positiva entre la cantidad de ayuda y el crecimiento económico de Ruanda. Por otro lado, en Bosnia encontramos el caso opuesto: una correlación negativa entre el apoyo extranjero y su crecimiento”, escriben los investigadores.

La comparación de ambos sistemas, con marcadas similitudes, permite responder una pregunta esencial: ¿por qué Bosnia no se recupera? Un argumento plausible sería el de la burocracia: la amplitud de su sistema democrático —aunque parezca paradójico— ha creado un escenario en que la corrupción tiene campo libre. Las fallas de los acuerdos de Dayton, que abrieron el camino para la reconciliación en Bosnia, han permitido carencias en la calidad de vida de sus ciudadanos y la profundización de enfrentamientos que deberían estar apagados hace mucho tiempo. Las instituciones fuertes de Ruanda, y la separación entre la ideología, la etnia y el trabajo político, en cambio, han abierto en cambio un futuro abundante y esperanzador. Ambos países tienen numerosos retos aún, según los analistas. El presidente de Ruanda, Paul Kagame, terminará su período en 2017 y será entonces cuando su partido, el Frente Patriótico de Ruanda, deberá demostrar que quiere una nación democrática al hacerse a un lado y prohibir, como sucede hoy en muchos países africanos, que un solo partido y una sola figura se tomen el poder por décadas. Bosnia tendrá, en cambio, que comenzar desde un poco más atrás con la modificación de su estropeada constitución y, así, obtener instituciones que se fijen más en la fortaleza propia de un país que en las rebatiñas individuales de los miembros de cada etnia.

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