Cae el bolívar, cae la economía

En 2008, el gobierno de Hugo Chávez quitó tres ceros a los billetes para enfrentar la inflación. Ocho años después, la economía está deshecha: la inflación llegaría este año al 700 %.

Una trabajadora de un banco manipula billetes de 100 bolívares, que perderán su valor y dejarán de circular desde hoy.
Una trabajadora de un banco manipula billetes de 100 bolívares, que perderán su valor y dejarán de circular desde hoy. EFE

En 2008, el gobierno de Hugo Chávez anunció que quitarían tres ceros a los billetes. Es decir, el billete tradicional de 1.000 bolívares quedó convertido en 1 bolívar, que el gobierno denominó fuerte. Por ello, en sus campañas para educar a los ciudadanos sobre el nuevo cono monetario (como se le llama a la gama de billetes), el Gobierno decía: “Está naciendo una economía fuerte, un bolívar fuerte, un país fuerte”.

El objetivo principal era disminuir la inflación, que estaba en 30,9 % (ya por entonces era la más alta del continente). Sin embargo, al año de establecerse el bolívar fuerte, el Gobierno tuvo que aceptar una derrota: en el llamado Viernes Negro, en 2009, Chávez anunció la devaluación del bolívar frente a las monedas extranjeras (es decir, ahora se requería más moneda nacional para adquirir moneda extranjera, lo que afectaba de entrada a la industria de las importaciones). Desde ese momento, sólo ha habido malas noticias para la economía venezolana.

La reconversión monetaria no detuvo la explosión gradual de la inflación. Por múltiples factores (entre ellos el cambio del cono monetario en 2008 y el control de precios), la inflación venezolana pasó de 25 % en 2009 a 180,9 % en 2015 (según datos registrados por el Banco Central de Venezuela, BCV). Es decir, en siete años de reconversión monetaria hubo un aumento de 495,44 % en la inflación, según registros de El Nacional de Caracas. Estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2017 indican que llegaría a 700 %. Dicho de otro modo: cada billete sirve para comprar menos cosas.

En medio de ese intríngulis, este jueves comienzan a circular los nuevos billetes en el país, en denominaciones de 500, 1.000, 2.000, 5.000, 10.000 y 20.000. Los bancos están en medio del caos para cambiar los billetes de 100 bolívares: las filas son infinitas. Maduro ha decidido reversar la decisión de su predecesor y maestro político, justo cuando Venezuela sufre de escasez de alimentos y medicinas, de las que debe surtirse a través del mercado negro y el contrabando. La escasez no es un fenómeno nuevo: para los tiempo en que Chávez hizo la reconversión, ya hacían falta productos como la carne y el azúcar.

Las estrategias económicas de Chávez, que heredó Maduro cuando subió a la presidencia en 2013, tampoco tuvieron un efecto certero en la producción nacional. Justo en 2009, cuando anunció la devaluación del bolívar, la producción nacional tuvo un bajonazo profundo: el Producto Interno Bruto (el PIB señala el valor de los bienes y servicios producidos en el país) pasó de 5,3 % en 2008 a -3,2 % en 2009 (datos del BCV y del FMI). La economía, pues, se contrajo. El siguiente año pasó a -1,5 %, una recuperación leve, y en 2011 volvió a los niveles de 2008: 4,18 %. Un año después, volvió a aumentar a 5,6 y de allí en adelante cayó en picada: de 1,2 % en 2013 a -5,7 % en 2015. Las estimaciones del FMI para el 2016 son de -10%.

Dado que los venezolanos podían comprar cada vez menos cosas con el salario que les llegaba, el gobierno de Maduro ha decidido en numerosas ocasiones aumentar el salario mínimo, lo que obliga a producir más y más dinero para distribuir en el país. Chávez quería, al quitar los ceros de los billetes, que las compras fueran más sencillas; pero hoy (y aún más ahora que quitaron el billete de 100 bolívares, el de mayor denominación) un venezolano necesita decenas de billetes para adquirir los productos más elementales. Hay demasiado dinero (en 2015 circularon 308,76 millardos de bolívares), pero no es suficiente para comprar.

Como no hay una industria fuerte y el PIB está por el suelo, que exista dinero no es una garantía de que habrá mayores compras. Al existir mucho dinero y poca oferta, los precios aumentan y, por esa misma vía, la inflación. Es un círculo vicioso.

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