El Estado del horror

El documento detalla cómo el miedo y el hambre son una política oficial del Gobierno.

Kim Jong-un (centro, de negro) durante una visita al mausoleo en el que descansa su padre, segundo gobernante de la dinastía que se erigió en el poder desde la guerra de Corea. / EFE

El informe es una puerta al horror, pues en cerca de 400 páginas documenta, mediante la voz de testigos y víctimas, las atroces prácticas de un gobierno para controlar a su población. El documento, que fue construido durante casi un año, se nutrió del testimonio de cientos de personas que acudieron a las audiencias realizadas por una comisión especial de las Naciones Unidas en Londres, Seúl, Washington y Tokio.

La comisión le recomendará a Naciones Unidas (además de enviarle una carta al líder del país, Kim Jong-un) que la Corte Penal Internacional investigue las violaciones a los derechos humanos cometidas sistemáticamente por el gobierno norcoreano, que pueden constituir crímenes contra la humanidad; Corea del Norte no reconoce la jurisdicción de esta institución.

Aunque los campos de prisioneros políticos en Corea del Norte no existen oficialmente, son lugares bastante reales, en los que aún están encerradas entre 80 y 120 mil personas en condiciones que, calificadas de infrahumanas, podrían pasar por soportables; hay varias especies de animales que sobreviven sin ser golpeadas sistemáticamente o aisladas de por vida del contacto con el mundo exterior.

Corea del Norte es un país que se mantiene unido a punta de miedo. La señora Jee Heon A recordó para la comisión cómo una madre fue obligada a sofocar a su propio hijo momentos después de dar a luz; la mujer había sido repatriada desde China: “…oímos los pasos. Entró un agente de seguridad, que nos indicó que pusiéramos al recién nacido boca abajo en un balde de agua. La mamá rogaba, pero el mismo agente continuaba golpeándola, sabiendo que acababa de tener un hijo. Ella, con las manos temblorosas, puso a su hijo boca abajo en el agua y él ya dejó de llorar”.

Un agente de los servicios de seguridad del Estado (SSD, por sus siglas en inglés) recordó que en Corea del Norte persiste la idea de la pureza de la sangre coreana; “tener a un hijo que no es 100% coreano hace que una mujer sea menos que un ser humano”. Un testigo recordó cómo los guardias de una prisión de los SSD se llevaron a un recién nacido porque “no es humano y no merece vivir porque es impuro”.

El señor Jeong Kwang-il fue detenido durante 10 meses en una instalación subterránea, acusado de ser un espía de Corea del Sur. Su alimentación fue tan escasa que perdió 41 kilos de peso: al salir pesaba 36 kilos.

Después de tratar de escapar hacia China, Kim Song-ju fue repatriado e interrogado en un centro de detención en Musan, cuyas celdas tienen una puerta de apenas 80 centímetros de alto, a la cual debía entrar arrastrándose; el espacio era compartido con 40 prisioneros más. “Cuando usted llega a esta prisión ya no es humano, usted es como un animal, así que arrástrese como un animal”, rezaba la diaria letanía de los guardias.

En 1993, una familia intentó huir a China y fue repatriada a la fuerza a su pueblo de origen, Onsong, localizado en la provincia del Norte de Hamgyong, que limita con el vecino país. El castigo es más efectivo cuando es colectivo, porque ya no es la represión de agentes del Estado, sino que es una condena popular. Cuando la infamia se reparte entre todos, se hace imposible repartir culpas o juicios: los acusados fueron obligados a marchar por el pueblo, con esposas en sus manos, incluyendo a un niño de cinco años; el padre y la madre fueron arrastrados de aros puestos en sus narices, como bueyes. El testigo, en ese entonces un niño de 13 años en el pueblo, no sabe qué pasó con la familia.

“A pesar de la tortura y el encarcelamiento arbitrario que le esperan a una persona repatriada, China continúa con una rigurosa política de repatriación forzada de ciudadanos norcoreanos que entran a este país sin la documentación apropiada”, dice el informe en un apartado.

Un crimen político es tan grave, o a veces más grave, que un delito común, pues atentar contra el Estado tiene consecuencias que se extienden por generaciones y engendran una especie de sistema de castas, conocido como songbun: de acuerdo con el nivel de songbun una persona puede vivir en áreas privilegiadas del país, como la capital, ser asignado a un buen empleo y recibir una cantidad privilegiada de comida. La lealtad es la medida que dictamina esta clasificación.

Si un hombre de la capital quiere casarse con una mujer de otro lugar del país, su esposa sólo podría vivir en Pyongyang si tiene buen songbun. Si una familia tiene un miembro con alguna discapacidad, ésta es reubicada en un área fuera de la ciudad: si tienen buen songbun sólo deben ir a la periferia. Son Jung-hun tuvo un amigo, cuyo hijo no creció lo esperado y por esto la familia debió mudarse fuera de la capital. En palabras de este testigo, Pyongyang debe ser presentada como una ciudad sagrada ante los ojos de los visitantes y la gente débil y enferma no debe comprometer la imagen del lugar.

“La gravedad, la escala y la naturaleza de estas acciones revelan a un Estado que no tiene ningún paralelo en el mundo moderno”, sentenció el informe de la comisión.

 

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@troskiller

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