El experimento a estudiantes con el fin de prevenir sobre trata de personas

En un colegio al sur de Bogotá, la Cancillería realizó un experimento: presentándose como una empresa turística, ofreció un empleo con sueldo astronómico, por fuera del país, a estudiantes de 16 años. Ellos firmaron sin preguntar ningún detalle.

El experimento fue realizado también en Cali (foto) y Medellín, donde el 70% de los estudiantes estuvo dispuesto a firma el contrato. /Cortesía Cancillería
Es una farsa, pero toda farsa bien presentada tiene rostro de verdad. En el auditorio de un colegio al sur de Bogotá, la Cancillería montó una tarima y una pantalla gigante y creó una empresa falsa, World & Trade International, dedicada a captar a trabajadores en Colombia para trabajar en hoteles de lujo en Tailandia, Vietnam, Filipinas. Querían ver si, de algún modo, los estudiantes aceptaban irse del país como si nada y se convertían, de manera hipotética, en víctimas de la trata de personas. Más de cien estudiantes, entre los 15 y 16 años, se reunieron en el auditorio, se sentaron, y se escuchó primero un guirigay confuso y después, cuando el presentador comenzó a hablar de manera segura, un silencio certero. El hombre, con entusiasmo, preguntaba si algunos de ellos querían hacer plata, si les gustaba hacer plata. Entre risas, muchos levantaron la mano, casi todo el auditorio, por el mero hecho, al parecer, de levantar la mano y porque en el fondo hacer plata es el objetivo más preciado en una sociedad cuyo valor se sostiene por los vaivenes del mercado.
 
Las promesas de la empresa falsa, radicada en Miami —ese lugar de ensueño empresarial y cuentas bancarias umbrías—, eran varias y celestiales: les prometían cursos de idiomas, crédito para los pasajes en avión —que ellos pagarían, con su trabajo en esos lugares lejanos, en un plazo de 12 meses—, $15 millones como salario mensual, alojamiento, buena comida, acompañamiento para el trámite del pasaporte y la visa, y les ofrecían puestos como asistentes —sí, asistentes— en la piscina del hotel, en la cocina del hotel, en el lobby del hotel. Los nombres de los hoteles eran combinaciones en idiomas extranjeros que ninguno comprendía y tampoco se preocupaba por comprender. Lo importante, en esencia, era la plata. Plata, plata, plata: en un año sumarían más de $150 millones y sólo tendrían que asistir a las tareas más básicas de un hotel. Ni pensar ni crear ni matarse la cabeza en costosas operaciones: limpiar, asear, atender a los clientes, y todo por un sueldo que envidiaría cualquier profesional.
 
Sin embargo, alguna mala noticia tenía que colarse entre las buenas nuevas: el presentador, con voz inspiradora, advirtió a los estudiantes que en otros tres colegios, a esa misma hora, se realizaba el mismo evento y que la empresa necesitaba a 40 personas, sólo 40 personas. Si tienen que decidir, decidirán ya, les decía. Ya, ya, ya. Y aquí y allá, antes de que terminara la frase, se comenzaron a ver manos levantadas, incluso un par de muletas que, por su altura y la certeza de su material, pretendían hundir a los otros competidores. El presentador necesitaba su respuesta ya y la sugestión propia de su mecanismo recibió una respuesta inmediata. Fue entonces cuando dos o tres asistentes del mentado presentador comenzaron a repartir los formularios para la inscripción —los contratos—, que no aseguraba el cupo pero permitía entrar en la competencia, como si se tratara de una carrera carnívora y caníbal por el sagrado grial.
 
Los formularios, todos, están en inglés. Ninguno sabe inglés pero, de nuevo, eso es lo que menos interesa: plata, plata, plata. Algo se puede pensar de tantas manos levantadas: que ya el sistema rapaz le ganó  —y con ventaja— al honor de triunfar del modo más honesto y a paso de cangrejo: lento pero seguro. Sin comprender qué dice el contrato, ni con quién lo firman, y sin saber ni siquiera el nombre del presentador ni las credenciales ni la empresa ni tener certeza alguna de en dónde trabajarán —¿Cambodia? ¿Dónde queda Cambodia?—, firman. El auditorio se convierte entonces en el levantamiento espontáneo de la ambición, y los estudiantes, abalanzados por la sugestión a que acaban de ser expuestos, se congratulan entre ellos y sonríen con la libertad propia del ingenuo.
 
Un asomo de razón explotó de pronto: un profesor —que al parecer no estaba dentro del libreto— tomó el micrófono y dio un discurso breve y aleccionador a los estudiantes. “¿A qué venimos nosotros entonces?”, les preguntó. “Ni siquiera nosotros entendemos de qué se trata todo esto”, dijo. Bastó esa observación para que un grupo de estudiantes lanzara al aire los contratos y celebrara la nueva liberación, y cambiaran, en lo que dura un pestañeo, su actitud ambiciosa y avara por una exigua redención moral.
 
Entonces terminó la farsa, que bien presentada tuvo rostro de verdad. Cuando todos los estudiantes se dieron cuenta de que la empresa no existía, la Cancillería se presentó en tarima y reprodujo un video de su campaña institucional. Más adelante, la viceministra de Relaciones Exteriores, Patti Londoño Jaramillo, dio una nueva lección: “Nunca les van a cumplir las promesas”, dijo. “Cuando logran salir con vida necesitan mucho tiempo para recuperarse”. Y un par de cifras: 70% de los estudiantes en experimentos anteriores —en Cali, Medellín— han estado dispuestos a firmar el contrato sin leerlo, o apenas con una pequeña guía, y 169 personas han sido rescatadas en los últimos años de la esclavitud sexual y laboral. Sin embargo, se sabe poco del resto porque, en sus palabras, es un “crimen silencioso”: nadie sabe quién está sufriendo del otro lado, ni de qué modo. La Cancillería recomienda asegurarse de qué empresas ofertan en el país y qué tipo de trabajos existen en otros países, y piden que, si existe alguna duda, se acuda a la sede más cercana de la Cancillería para que desde allí se contacte a las embajadas de otros países en busca de información. Pocos lo hacen. Muchos prefieren la guía fatídica del dinero.
 

 

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