Entre el amor al fútbol y el odio al Mundial

A 50 días del comienzo de la Copa del Mundo, los brasileños continúan protestando por el alza en los precios del costo de vida, la corrupción y la inseguridad. La nueva gran potencia no termina de superar la pobreza.

Las primeras protestas arrancaron en junio de 2013 por alzas en el transporte público. / AFP

Hace un año, los brasileños salieron a las calles de varias ciudades del país para manifestarse en contra del alza en los pasajes del transporte público. Pero prontamente el movimiento adquirió otros matices y hoy, Brasil, la potencia económica de la región, la potencia futbolera en el mundo, protesta contra el Mundial: los sobrecostos de las obras, la corrupción que se presume hay detrás de varios proyectos de construcción, la inseguridad y las alzas en el costo de la vida en una nación que, aunque quiere ser del primer mundo, aún tiene cifras preocupantes en distribución del ingreso e inclusión social, por ejemplo.

Luiz Ruffato, escritor brasileño, autor de libros como Ellos eran muchos caballos, analiza esta paradoja desde su experiencia diaria como creador, pero también como habitante del otro Brasil, ese que parece colgar en los bordes de las estadísticas que describen al país como un milagro económico. Monólogo de un realista.

“Las protestas, no creo que sean contra el fútbol, sino contra la manera como se está organizando la Copa del Mundo. No hubo ninguna consulta popular para decidir cómo se iba a realizar el Mundial. Los gastos en los que se está incurriendo son muy lejanos de la realidad social y política de Brasil.

No hay duda acerca del desarrollo económico que ha habido en Brasil. Pero, dejando esto de lado, el principal problema es que no somos un país del primer mundo. Tenemos problemas estructurales, históricos, que aún continúan. Tenemos la peor educación del planeta. No hay gobierno, de izquierda o de derecha, que sepa cómo resolver este tema. La salud pública es pésima, tanto así que estamos importando médicos de los países vecinos. Y la seguridad es un asunto que está atravesado por las drogas y también por el abismo social que hay en el país. Claro, hay cosas que no se pueden negar, como que ha habido un gran cambio económico en el que personas debajo de la línea de pobreza hoy han logrado pasar este umbral. Esto es muy importante, pero no suficiente.

Por principio, se cree que la Copa y los Olímpicos traerán más turistas y, así, más dinero para el país. Pero yo no creo en esto. Me parece que las hinchadas, los turistas que van a venir para estos eventos, serán personas que vendrán para explorar la prostitución brasileña. Y esto no deja nada para la autoestima de Brasil.

Nosotros estamos gastando mucho dinero en la construcción de infraestructura para estas dos grandes actividades, todo con sobrecostos porque hay mucha corrupción detrás de estos proyectos. Los resultados finales, las ganancias de estos esfuerzos, son muy poca cosa. ¿Qué dejó la copa de Sudáfrica? Nada. Estadios que son elefantes blancos. En Brasil hay estadios en ciudades como Manaos, por ejemplo, que ni siquiera tienen equipos de fútbol en la primera división. Son estadios que van a recibir tres o cuatro partidos y nada más. Y la pregunta, entonces, es si no sería mucho más beneficioso para la población de Brasil que todos estos gastos se dirigieran a la construcción de hospitales o inversiones en educación.

¿Las protestas van a lograr algo? No creo. Aquí somos muy individualistas y egoístas. Las personas pobres tienen muchas dificultades para manifestar sus opiniones públicamente por cuenta de nuestra historia de represión política. En el día a día de los individuos, no hay una reflexión ni una opinión muy clara respecto a los problemas del país. En una mirada un poco superficial no hay mucha indignación, pero por debajo de lo público sí hay un descontento, casi invisible, contra la Copa y los Olímpicos.

Las protestas de junio del año pasado fueron muy grandes, pero se extinguieron muy rápido, fueron efímeras, porque arrancaron como manifestaciones contra todo: todas las personas tenían una motivación para salir a las calles. Como no había una idea única, o dos o tres percepciones comunes, entonces se apagaron prontamente. Aquí hay una cuestión muy extraña. Si uno pregunta individualmente, todos los brasileños tienen una razón para indignarse. Pero si se hace esta pregunta colectivamente, tratando de encontrar causas comunes, la respuesta es negativa porque los intereses de cada clase social son muy específicos y no terminan de formar una indignación común.

Yo quiero estar equivocado en esto. Tendría que haber una motivación común para que las personas se unan y salgan a las calles. De darse, la seguridad sería la causa colectiva, tal vez. Pero, por ejemplo, la corrupción no es un tema que una a las personas, como tampoco lo es la educación, así sea el problema más grande de Brasil.

En el tema de la seguridad hay tres puntos que me parecen relevantes. Uno es la mala distribución del ingreso. También hay una cuestión de tráfico de drogas, que acá es violentísimo; la clase media alta brasileña, que es la que consume la droga, es muy responsable del problema de seguridad que hay en el país. Y el tercer aspecto que me parece muy importante es la individualidad, porque nos hace invisibles ante los demás y así es muy fácil robar y matar al otro, pues es como si el otro no existiera.

La corrupción es un asunto de la condición humana. En algunas sociedades hay una represión contra este comportamiento y esto genera un temor al castigo entre la gente. El tema es que en Brasil la corrupción se ve muy diseminada y poco combatida, y este es quizá el problema más grande del país en este aspecto, por eso resulta tan atractiva. En Brasil decimos que la prisión es para PPP: los pobres, las putas y los pretos (negros). Para todos los demás no hay. Y esta percepción de la corrupción como un lado de la realidad brasileña contamina a toda la sociedad: si los políticos son corruptos y no pasa nada, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?

Creo que estamos viviendo una paradoja: un país muy rico, pero con la mayoría de la población muy pobre. Somos el tercer país más injusto del mundo, según un organismo de la ONU. Tercera peor distribución del ingreso en el planeta. Un país así tiene un problema social gravísimo. Esta es la paradoja de Brasil. Cuando arranque la Copa, los estadios estarán llenos de hombres blancos de clase media alta, porque las entradas son muy caras: un bello escenario para la televisión, personas blancas y bonitas.

Tan pronto empiecen los partidos las personas olvidarán sus causas de indignación. Estamos viviendo una situación muy curiosa, como un riesgo de incendio al lado de un depósito de combustible. Está pronto a explotar.

Hay problemas estructurales históricos, es verdad, pero necesitamos comenzar a solucionarlos. Tal vez un escenario de confrontación traiga un momento de reflexión de toda la sociedad y, quizá, un cambio. Hay problemas graves de la sociedad que están comenzando a subir a la superficie. Si yo fuera un político brasileño, estaría muy preocupado en este momento”.

 

 

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