Guerra de Irak, el fracaso estratégico

Hoy son pocas las probabilidades de que el país se mantenga en pie. Su futuro es cada vez más difícil y el panorama se complica con la guerra en Siria.

El 9 de abril de 2003, marines estadounidenses derrumbaban la estatua del presidente de Irak, Sadam Hussein. Decenas de iraquíes celebraron este gesto sin saber la guerra que comenzaba.  / AFP
El 9 de abril de 2003, marines estadounidenses derrumbaban la estatua del presidente de Irak, Sadam Hussein. Decenas de iraquíes celebraron este gesto sin saber la guerra que comenzaba. / AFP

Hoy se cumplen 10 años del inicio de una las mayores guerras contemporáneas: la de la coalición encabezada por los Estados Unidos para derrocar el régimen iraquí, encabezado por el dictador Sadam Hussein. Fue una guerra polémica por el engaño político internacional para justificarla: se presentó como una consecuencia lógica de la “lucha contra el terrorismo”, que se había iniciado en octubre de 2001 contra los talibanes en Afganistán, quienes daban protección a la red terrorista de Al Qaeda y a Osama bin Laden, particularmente.

La guerra se basó en dos argumentos, que resultaron falsos: que Irak almacenaba grandes cantidades de armas de destrucción masiva, incluidas nucleares —cuyas instalaciones en realidad habían sido destruidas por Israel en el contexto de la guerra Irán-Irak—, y que Hussein podría establecer relaciones con Bin Laden, algo conjetural e indemostrable.

No era menos importante la justificación política que algunos funcionarios del Pentágono llegaron a dar de la guerra en Irak, presentándola como la oportunidad de crear una democracia multipartipadista, secular, laica y constitucionalista en Asia Central, que sirviera como base para la expansión democrática, tanto frente a Irán como al resto del mundo árabe. Se subestimó no sólo la realidad cultural y además hubo un total desconocimiento de un principio de realidad básico de la política internacional: las aspiraciones ideológicas de la modernidad suelen tener límites culturales y religiosos fuera de Occidente.

La guerra tuvo dos componentes militares igualmente equivocados: de una parte, fue pensada como una guerra limitada y por tanto se desestimaron las recomendaciones que oficiales veteranos, entre ellos Colin Powell, hicieron sobre la necesidad de tener una fuerza disponible suficientemente grande. De otro lado, se dio un uso intensivo a una táctica de guerra fallida, supuestamente probada de forma errónea en la guerra de la OTAN con Serbia en 1999: la de la superioridad aérea como principio básico para ganar una guerra.

Estos dos errores se sumaron a otra decisión política devastadora: una vez se dio la victoria en el escenario clásico de la guerra internacional, y ante la abrumadora fuerza de los aliados encabezados por EE.UU., se pasó a desmantelar el ejército iraquí y las unidades de policía. De esta forma, no sólo se había dejado el espacio abierto para nuevas insurgencias, sino que además se les dejaba abierto el espacio para reclutar a militantes experimentados, dotados de sus propios armamentos.

En este escenario fue clave que entre los aliados contra Irak aparecieran los llamados “peshmergas”, combatientes kurdos cuyos objetivos fueron estimulados por las promesas de funcionarios norteamericanos que abrieron la ilusión de que un Irak poshussein abriría el espacio para la creación del anhelado Estado kurdo, algo en lo que coincidían tanto los kurdos turcos, como los iraquíes y los iraníes. Esta alianza se convirtió en una respuesta torpe de los norteamericanos a la negativa del parlamento turco para que las tropas de EE.UU. pudieran usar sus bases aéreas.

Pero la guerra en Irak llevó a un nuevo nivel las disputas con Irán, a pesar de la estrecha colaboración de éste para llevar a cabo la guerra en Afganistán, en donde compartían resquemores contra un enemigo común: los talibanes, apoyados por Pakistán. Al momento del inicio de la guerra, en marzo de 2003, Irán tenía una presencia sustancial con sus organismos de inteligencia sobre el territorio nororiental de Irak, un detalle que los norteamericanos, carentes del número suficiente de agentes de inteligencia y militares capacitados para hablar las lenguas de la región, pasaron por alto o desconocieron, como también ignoraron cómo se fueron conformando insurgencias étnicas y religiosas.

Algo que se agravó con los surgimientos de la resistencia iraquí, con más de 70.000 exmilitares, en principio; de las unidades de terroristas de Al Qaeda, lideradas por Abu Musab Al-Zarqawi en 2004, y del llamado Ejército de Al-Mahdi en 2004, liderado por Muqtada Al-Sadr, conformado por los chiítas iraquíes. También surgieron organizaciones de diversos orden como los muyahidines, los fedayines, las unidades de milicianos del partido Baath, la Organización de los Muyahidines del Pueblo Iraní y hasta la activación de la guerrilla del partido comunista iraquí.

Esta diversidad de organizaciones y el terrorismo abierto que se ha dado en Irak desde el comienzo de la guerra hasta hoy, quedaron obnubilados por las imágenes que se transmitieron globalmente de un tanque norteamericano derribando una estatua de Hussein mientras sobre él brincaban iraquíes extasiados por la desaparición del dictador, quien había cometido crímenes execrables contra su pueblo.

Pero la violenta posguerra adquirió un cariz inesperado para las fuerzas aliadas y en especial para los norteamericanos: se convirtió en una guerra de escenarios urbanos, en donde los civiles han muerto por cientos en casi todos los ataques, y además se rompió el principio básico de la vida urbana: desaparecieron las áreas seguras, en actos más bárbaros aún que las de la guerras de secesión yugoslavas.

Esto fue evidente en varias ciudades, empezando por la capital, Bagdad, pero se convirtió en una verdadera prueba de capacidades militares ante nuevas insurgencias que practicaban un modelo de guerra híbrida, en ciudades como Faluya, Nayaf y Mosul. Las batallas de Faluya llevaban una marca novedosa en la guerra por parte de las fuerzas aliadas: unidades de mercenarios aparecían por primera vez en la historia militar moderna como parte de las fuerzas de combate, algo que disminuía la responsabilidad pública de los ejércitos estatales. De hecho, las batallas de Faluya en 2004 comenzaron por el asesinato de cuatro de estos mercenarios.

La guerra terminó oficialmente el 18 de diciembre de 2011, entre otras cosas, como parte de las promesas de campaña del presidente Barack Obama, pero también como producto de agotamiento militar de los EE.UU., dejando de por medio el uso de esta guerra como justificación para el terrorismo en países como España en 2004 y el Reino Unido en 2005, entre otros.

Pero la retirada de los aliados dejó muchos más problemas: el Estado iraquí moderno es una suma de debilidades que no ha podido reconstruir instituciones nacionales eficientes, el terrorismo sigue estando a la orden del día y los miembros del gobierno multiétnico y plurirreligioso creado después de la salida del gobernador Paul Bremer III han caído en escisiones profundas, escenas de persecuciones entre ellos mismos y asesinatos no esclarecidos.

Para completar el panorama, las operaciones militares turcas en el norte contra el PKK y la penetración de las unidades de inteligencia de Irán y Arabia Saudita han hecho que la idea de un Irak moderno sea una ilusión y esta guerra un fracaso geopolítico, que se puede prolongar con lo que suceda en Afganistán. Hoy son pocas las probabilidades de que Irak se pueda mantener en pie y el desenlace de la guerra en Siria le planteará problemas casi insolubles.

* Profesor titular Instituto de Estudios Urbanos. Universidad Nacional de Colombia .

 

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