Los días hostiles de Ai Weiwei

En 2011 fue encarcelado tres meses. La semana pasada el Gobierno le devolvió su pasaporte, retenido por cuatro años. Su historia es producto de una sociedad que busca mayores libertades.

Pocos meses antes de que Ai Weiwei fuera encarcelado por el gobierno chino, un periodista de la revista The New Yorker le preguntó si tenía miedo de que su activismo —la forma directa y ruda con que formulaba sus juicios— produjera cierto ánimo vengativo del Gobierno, que podría atraparlo o quizá prohibirle la entrada al país después de uno de sus frecuentes viajes al extranjero. Podría atarlo a grillos o desterrarlo. “En realidad no me importa —dijo Ai—. Creo que se debe sobre todo a mi padre: él encaró a los peores enemigos sociales durante toda su vida. De modo que no pienso tanto en esto”. Su padre: Ai Qing, escritor, fallecido en 1996. Su padre: perseguido por la Revolución Cultural de Mao, expulsado de Pekín, desterrado a las tierras del noroeste chino, ciego de un ojo por falta de nutrición, obligado a limpiar baños a razón de 13 por día y muerto para sus amigos desde mucho antes de que pudiera retornar a Pekín en 1976. En su exilio, Ai Weiwei lo acompañó. Por eso se habrá acostumbrado ya a estar en la lista negra de las autoridades chinas.

En el aeropuerto de Pekín, justo antes de tomar un vuelo, la policía detuvo a Ai Weiwei el 3 de abril de 2011. La razón inicial parecía banal: los motivos de su viaje eran confusos. Un contingente de la policía acordonó su estudio y detuvo a varias personas (algunas están aún desaparecidas). Las razones verdaderas eran conocidas: por años Ai Weiwei había insistido, a través de su trabajo en arte plástico y arquitectura, en que los ciudadanos chinos tenían derecho a expresar su pensamiento de manera libre, y pretendía que el Estado chino (comunista) preservara ese derecho. En busca de guardar el orden, Ai Weiwei era un enemigo. En un artículo breve, publicado en 1784 en la Revista mensual de Berlín, el filósofo Emanuel Kant escribió: “Ciertamente siempre se encontrarán, incluso entre los tutores de la gran masa, algunos pocos hombres que piensen por sí mismos, quienes después de haberse liberado del yugo de la minoría de edad, diseminarán en su entorno el espíritu de estimación racional del propio valor y de la vocación de todo hombre a pensar por sí mismo”. Ai era —es— uno de esos hombres: un diseminador de la capacidad de pensar por sí mismo.

Estuvo tres meses en la cárcel. Ai, que había nacido en Pekín en 1957 y provenía de una familia afiliada al Partido Comunista —partido único de China—, se crió en sus ansias artísticas en Nueva York y volvió a Pekín cuando supo que su padre estaba enfermo, en 1993. Desde entonces, aparte de ciertos viajes al extranjero, habitaba en su estudio, que se convirtió de a poco en un punto de encuentro para el arte disidente. Los tres meses en la cárcel degeneraron en una suerte de tortura psicológica: las autoridades no le tocaron un pelo, pero lo vigilaban todos los días, todo el día, en una celda sin ventanas y sin la posibilidad de apagar la luz. Para Ai Weiwei, su período en la cárcel fue un eterno resplandor. “Estar amenazado —dijo en una ocasión— es adictivo. Cuando los poderosos se encaprichan contigo, te sientes valioso”. Después de su liberación las autoridades retuvieron su pasaporte —que le devolvieron apenas la semana pasada— y mantuvieron un alto nivel de vigilancia sobre sus acciones.

Desde su juventud, cuando dejó crecer su cabello y se declaró rebelde, Ai ha carecido de filiación política. El artista, que se ha convertido en el rostro internacional de la disidencia en China, estaba en contra del modo en que el partido coartaba las libertades artísticas y personales, pero nunca propuso que el sistema político fuera reemplazado. El arte —sobre todo el arte plástico, después de cierto tiempo abandonó la arquitectura— era el modo de dar un valor tangible a sus obsesiones. Cuando le pidieron que reemplazara una estatua de la Sirenita, Ai Weiwei prefirió dejarla en su sitio y poner a su alrededor un sistema de vigilancia de cámaras. Cuando quiso hacer una parodia de la canción Gangnam Style compuso una serie de versos en contra del Gobierno, que fueron vetados horas después de su publicación. Cuando quiso contar su experiencia en la cárcel —estando todavía en la cárcel—, diseñó una serie de dioramas en los que retrató a sus cancerberos y su soledad.

En un texto publicado por el diario The Guardian, Ai Weiwei escribió: “Los ciudadanos chinos nunca han tenido el verdadero derecho a expresar sus opiniones; en la Constitución dice que es posible, pero en el mundo real es peligroso. En Occidente, la gente piensa que es un derecho innato. Aquí es otorgado por el Gobierno y en realidad no se practica”. En los años 90 las relaciones entre el gobierno chino y sus artistas era devastadora: las exposiciones terminaban el mismo día que eran abiertas, el performance estaba prohibido, las creaciones que rebasaran el realismo social (proletariado y gobierno alabados) eran desechadas. La apertura financiera de China, que la ha trastocado en la primera economía mundial, modificó de manera breve esa perspectiva.

Un artista cercano a Ai Weiwei dijo a The New Yorker en 2010: “No todos pueden ser como Ai Weiwei, porque entonces China sería incapaz de desarrollarse. Pero si China no permite que un hombre como Ai Weiwei exista, entonces hay un problema”. Hay quienes dicen que Ai es un farsante que sólo desea un show mediático. Hay quienes lo critican por haberse convertido en una figura más de la fauna disidente china que, en últimas, da un poder mediático al Gobierno. Sin embargo, y sobre todo, Ai Weiwei es el producto de una serie de cambios recientes en las políticas chinas que permiten al mismo tiempo su existencia y su anulación. El mercado artístico chino se ha abierto (está en las principales casas de subastas), de modo que Ai Weiwei es visto por los museos y las galerías internacionales. Las redes sociales, en las que Ai es muy activo, también han producido una apertura del sistema social aún incompleta. Cuando le quitaron el pasaporte, Ai Weiwei era libre de moverse por su hogar, pero rara vez salía de Pekín. Era imposible salir del país. Estaba encerrado en una celda inmensa, aunque estaba —en teoría— libre. Ai Weiwei es la suma de una sociedad a la que se le otorgan sólo ciertas libertades beneficiosas.

Cuando llegó a Nueva York, uno de los artistas que más lo impresionaron fue Marcel Duchamp: el aparente absurdo de sus obras apuntaba, para él, a la burla de las concepciones que se congregan en un sistema. El casi sagrado impacto de los readymade de Duchamp abrió un mirador amplísimo que Ai buscó aplicar en sus obras y en su contexto: una historia de viejo imperio, de caída, de encierro, de limitaciones, de alienación. De vuelta a Pekín, y con las purgas de la Revolución Cultural a sus espaldas, Ai Weiwei abrigó la esperanza de que un discurso artístico produjera una metamorfosis social. Quizá no ha sucedido así. En su nombre se podría encontrar una respuesta digna. En una traducción rústica, Weiwei significa “aún no, aún no”.

Temas relacionados