“Con monseñor Romero por fin se hizo justicia”

María Julia García, directora general del hospital Divina Providencia, habló con El Espectador desde la capilla donde fue asesinado por un francotirador en 1980.

Monseñor Óscar Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia. /Diana Durán
En la capilla Divina Providencia, que pertenece al hospital del mismo nombre, se escuchó la última homilía que dio monseñor Óscar Romero el 24 de marzo de 1980. A unos metros está ubicada la que fue su última morada en San Salvador, hoy un museo que coloquialmente se conoce como “la casita Romero”. Mientras en San Salvador se agitan cada vez más los ánimos y el país se prepara para la anhelada beatificación de uno de sus hombres más significativos, la hermana carmelita María Julia García habló con este diario para recordar por qué Romero fue y sigue siendo tan importante, no sólo para el país centroamericano, sino para toda América Latina.
 
¿Con qué palabras resume lo que va a pasar esta semana?
 
Es algo que esperábamos desde hace mucho tiempo. El pueblo siempre reconoció a monseñor Romero como un santo. Esto ratifica lo que el pueblo pensaba.
 
¿Qué pensó al saber que el Vaticano por fin había destrabado su beatificación?
 
Que por fin se hacía justicia. Este caso generó mucha polémica porque de monseñor se dijo que fue un sublevador del pueblo, un guerrillero más, cosas que no eran verdad. Creemos que con esto se hace justicia y se conoce la verdad.
 
No era un guerrillero, no era un sublevador: ¿qué era?
 
Era un hombre sencillo, humilde y defensor de los desprotegidos, como los enfermos de cáncer que están aquí en el hospital. En ellos él veía las grandes desigualdades que sufre tanta gente en El Salvador. Él fue quien pidió venir a vivir aquí, a este lugar, cuando los arzobispos vivían en mansiones. Pidió un baño, un inodoro y una cama, y eso fue lo que le proporcionaron las hermanas carmelitas. Parecía mentira que un arzobispo viniera a vivir en estas condiciones.
 
¿Qué significa el padre Rutilio Grande en esta historia?
 
Fue un amigo muy cercano de monseñor y su asesinato lo sacudió. Muchos dicen que con esa muerte vino su conversión, pero yo creo que no. Quizá lo movió a actuar, pero no lo volvió una persona distinta. Monseñor estaba en una posición de denunciar el crimen y de poder rechazar la violencia, y lo hizo. Como decimos en El Salvador: le movió el tapete la muerte de su gran amigo.
 
¿Usted qué hacía y dónde estaba en la época en que monseñor vino a vivir al lado del hospital Divina Providencia?
 
Yo era recién profesa. Monseñor me dio mis primeros votos cuando era novicia. Yo vivía en un lugar cercano a esta casa. Era estudiante de enfermería. Ese día, cuando salimos del estudio, sin saber que lo habían matado, se respiraba en el ambiente una tristeza, un dolor, una… no te sabría explicar lo que se sentía. Luego, cuando llegamos a casa, ya nos dieron la noticia de que a monseñor lo habían asesinado. Y fue más duro estar en el funeral.
 
¿Qué recuerda del funeral?
 
Una sensación que nunca vamos a olvidar los que estuvimos ahí. La cantidad de gente, la angustia, una masa de gente que corría, personas que pasaban por encima de otros, y la impotencia. Había muchos sacerdotes, religiosos, seminaristas, religiosas. Era un Domingo de Ramos. Fue muy triste tener que enterrar a alguien que nos había enseñado tanto. Fue un momento que no tengo palabras para explicar.
 
Cuando habla de la gente que corría, ¿se refiere a las bombas que pusieron en el funeral?
 
Eran bombas de propaganda las que iban estallando. Todo el mundo estaba tenso, nervioso. Con la muerte de monseñor se desató la guerra civil que él tanto estuvo sosteniendo para que no pasara.
 
¿El Salvador ganó algo con su muerte?
 
Claro que sí. Quienes lo mandaron a matar pensaron que lo iban a callar y no ha sido así. El Salvador ha ganado a alguien que ha hecho prevalecer el bien sobre el mal. Ahora el mundo entero ha puesto sus ojos en El Salvador por la beatificación. No es lo que sus asesinos hubieran querido.
 
¿Qué papel ha tenido la Iglesia católica en El Salvador?
 
La Iglesia jugó un papel muy importante hasta que asesinaron a monseñor, pero después de su muerte no ha habido ese acompañamiento. Es mi iglesia, la amo, pero en El Salvador nos ha dejado solos.
 
¿Qué futuro le ve a su país?
 
Una pregunta difícil de contestar porque ahorita hay una gran división. Nos entretenemos con quién ganó un partido, quién ganó más votos. Pero el pueblo sufre, tiene dolor. Nosotros aquí atendemos enfermos con cáncer y vemos la pobreza de estas personas, el sufrimiento por su enfermedad, y nadie hace nada. No hay quien luche por ellos. La salud está muy mal.
 
¿Usted cree que el legado de monseñor es palpable? ¿Cómo?
 
Claro que sí. Solamente con leer las homilías, su diario... Lo que él nos decía se aplicaba a la vida real, a lo que estamos haciendo ahora, pero no lo hemos tomado en serio. Esperamos a que otros lo hagan. Nadie toma la batuta. Somos un pueblo que se siente sin pastor, un pastor que vele por sus ovejas.
 
 

 

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