Pizarro, un conveniente cúmulo de olvidos

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"Yo vivo mi vida pese a todo”, dijo Pizarro en una de sus últimas entrevistas, cuando ya se perfilaba como candidato presidencial del M-19. El día en que lo mataron, llovió como nunca en Bogotá.

Había visto caer uno a uno a sus compañeros de batalla: al psicólogo Álvaro Fayad, al médico Carlos Toledo Plata, al fundador Iván Marino, al abogado Alfonso Jacquin y al capitán del barco, Jaime Bateman Cayon, por eso, cuando le preguntaron sobre la muerte dijo que no le temía; convivía con ella. “Vivimos con la muerte muy cerca” le dijo a una conmocionada periodista que lo entrevistó, otra vez, antes de su fatídico día.

No es difícil hallar hoy, en lo que quedó de sus archivos, la voz de un romántico soñador, la de un poeta que también legó sus mejores versos al olvido. “Mi niñita, tengo en mi alma para ti un montón de sonrisas y mariposas. Algún día juntaremos los soles que tu pintas con los soles que yo hago nacer y tendremos para los dos, para los tres y para todos unas caras felices”. El clamor de un padre temeroso de ser arrasado por el olvido: “En este tiempo en que yo esté lejos, no me olvides. No dejes que yo me muera en tu corazón y para tu vida”. Fragmentos de una carta enviada alguna vez a su hija María José que, con los años, pareció haber adquirido la textura, la consistencia de una carta escrita al pueblo, a sus dolientes, a sus huérfanos arrinconados día a día en la otra Colombia.

El día en que mataron a Carlos Pizarro llovió como nunca en Bogotá. El Dorado se había convertido en el lamentable teatro de nuestras desgracias, guardando entre sus paredes también los asesinatos de José Antequera y Bernardo Jaramillo. Pizarro, como ya se ha contado desde entonces, viajaba hacia Barranquilla para participar de una marcha y, aproximadamente, a los diez minutos de haber despegado el avión, quizá a la altura de Chía, fue tiroteado por un sicario joven que encontró su muerte en el acto, en el cielo. Pizarro había dicho que si lo iban a matar le dispararan en la cabeza, así podía olvidarse para siempre del uso del chaleco antibalas que no fue suficiente coraza para salvar la vida, unos meses atrás, de Luis Carlos Galán. Sólo habían transcurrido cuarenta y cinco días de vida política abierta, desde el adiós a las armas.  ("Carlos Pizarro, el pionero de la paz" : Antonio Navarro)

Pizarro sabía, igual o más que Galán, Jaramillo y Antequera, que lo iban a matar. Se lo había dicho la noche anterior a sus dos hijas en la que fuera su última cena. Conocía el rigor de la guerra y sabía de primera mano, testigo y protagonista de la historia, del asesinato sistemático de líderes que desde entonces nunca paró.

Es posible rastrear a Pizarro en sus fotografías. Mirando al horizonte, con su boina de combate, envolviendo su pistola en la bandera que se llevó todas sus luchas, con el sombrero blanco y el mostacho impasible. Es posible encontrar algún vestigio de él en la obsesión del escritor Carlos Fuentes, del que se dice, duró veinte años documentándose, preguntándole a García Márquez y Antonio Navarro para escribir una novela que no alcanzó a ver publicada y cuyos fragmentos tuvo que perseguir, por cinco años, el escritor Julio Ortega para después editarlos y unirlos, como puzles desperdigados de la memoria. Es aún más difícil tratar de encontrarlo en el comentario risueño de las mujeres de la época que no lo bajaban de papito, porque Pizarro era, para ellas, el Comandante Papito.

Es imposible hallar a Carlos Pizarro en la impunidad de su muerte, en el rostro de nuestra desvergüenza, en la ausencia de memoria. Pizarro, que va viniendo, va llegando, desde nuestro conveniente cúmulo de olvidos.

 

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