“Tabares me dijo: ‘¿Qué putas vamos a hacer con la Corte?’”

Uno de los protagonistas del espionaje que desplegó el DAS contra la Corte Suprema se ‘confesó’ con El Espectador.

Según dijo, todas las órdenes se las dieron el capitán Fernando Tabares y la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado. / Luis Ángel

El exsubdirector de Fuentes Humanas del DAS William Romero fue protagonista de uno de los mayores despropósitos de una agencia de inteligencia en el mundo: grabar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Bajo su tutela la detective Alba Luz Flórez reconquistó a un exnovio policía, se infiltró en la Corte y hasta expedientes de la parapolítica sacó. Todo, según dijo, por orden de la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado. A propósito de su captura, William Romero no se guardó nada en esta entrevista con El Espectador. (Ver Las confesiones de William Romero sobre el espionaje del DAS a la Corte Suprema)

¿Cómo surgió el plan para espiar a la Corte Suprema de Justicia?
En la administración de Andrés Peñate, bajo una operación de inteligencia ordenada por él, a través de la doctora Martha Leal, entonces encargada de la Dirección de Inteligencia. La orden era ubicar fuentes humanas y agentes de control para obtener información privilegiada en el Congreso y en las altas cortes, con destino al presidente para que tomara decisiones en relación con su gobernabilidad.

¿Por qué la Corte era un asunto de seguridad nacional?
El plan fue planificado durante la era Peñate, pero no se ejecutó con éxito porque no había gastos de operación ni personal. En mayo de 2007 es nombrado el capitán Fernando Tabares como director de Inteligencia y su perfil dinamiza los planes de acción. La entonces subdirectora María del Pilar Hurtado era la ordenadora de los gastos reservados y empiezan a aprobar los planes operacionales del DAS de acuerdo con los objetivos institucionales. La detective Alba Luz Flórez, hoy conocida como ‘Mata Hari’, fue postulada para recolectar información del blanco político: las cortes y el Congreso. Se llamó Plan Escalera, un operativo de contrainteligencia de Estado. Éste tenía una fachada y unos gastos de operación. En la actualidad, Peñate dice no saber nada, pero en febrero de 2007 me llama al despacho y me dice: “William, tenemos que sacar adelante todos los retos, necesito que me dé resultados en la Corte Suprema de Justicia, ubicar qué pasó con el reloj Rólex’ del magistrado Yesid Ramírez”. Todo empezó en noviembre del 2006.

¿Cuál es el episodio del reloj Rólex?
Martha Leal como directora de inteligencia nos ordena ubicar la factura con la que el narcotraficante Giorgio Sale compró un reloj Rólex que le regaló al magistrado Ramírez. Desplegamos fuentes humanas y agentes de control para esa verificación.

¿Ese fue la primera orden que usted recibió en el tema de la Corte?
Sí. Yo lideré esa indagación. Cada ocho días Martha Leal pedía resultados, pero todos eran negativos. En febrero de 2007, cuando me nombran subdirector de Fuentes Humanas, Peñate me ratifica la orden. Me motiva e inyecta compromiso. Peñate pedía y pedía, pero nunca gestionaba recursos. En mayo de 2007 llega el capitán Tabares al DAS y se le muestran los casos que estábamos llevando. Ahí nos dicen que el presidente Álvaro Uribe estaba molesto porque el DAS no estaba cumpliendo con lo que él pedía, entre eso lo de Giorgio Sale. Que era una orden directa de él. El capitán Tabares exigió recursos, se dispara la partida de gastos reservados y empiezan los resultados cuando era directora María del Pilar Hurtado. El combustible de la inteligencia se llama gastos reservados.

¿Cómo empezó a operar la ‘Mata Hari’?
Empezó merodeando el Congreso pero se dio cuenta de que en la Corte Suprema estaba como jefe de seguridad un exnovio suyo. Lo reconquista y éste le da ingreso operacional al señalarle potenciales personas que le pudieran servir. Aunque llevaba meses intentado infiltrase, sólo hasta finales de 2007 lo logra en la Corte.

¿Cómo la capacitaron para que se infiltrara?
Durante dos meses la capacitamos en reclutamiento, manipulación de fuentes humanas, recolección de información y labores de calle. Me apoyó Hamilton Nonato, el oficial del caso. Le dimos un apartamento fachada y ella empezó a llevar una doble vida como vendedora de productos de belleza.

¿Cómo llega ella a ese trabajo?
Ella siempre había trabajado en esquemas de seguridad de políticos, pero la iban a trasladar. Eso fue a principios de 2007. A ella no le servía porque estaba estudiando Sicología en la universidad. Así que le pregunté si quería ser una agente encubierta. Aceptó. Le dije que en inteligencia, mediante un acta ficticia, uno simula que fue echado del DAS para justificar que trabaja en otra cosa y tiene que mantener esa fachada con su familia por seguridad. Le dije: “Su misma familia tiene que créerlo para que le guarde la espalda”. Ella no sabía nada de inteligencia, pero tenía ganas y su perfil como estudiante de sicología nos resultaba muy útil. En mayo de 2007 el capitán Tabares me dice: “Oiga William, qué putas hacemos con la Corte”. Yo le dije que ya tenía a una persona escogida para el trabajo, pero que estaba siendo preparada. “Necesito por lo menos un años”, le dije. “¿Cuánto?”, me respondió molesto. Le reiteré: “Al menos un año más para ubicarla y que quede limpia la operación”. Tabares me dijo: “¿Usted cree que yo vengo por meritocracia a esperar un año un resultado que está exigiendo ya el presidente Uribe?”.

¿Y qué pasó entonces?
Nos tocó correr. Todos los días ella estudiaba cuatro horas las técnicas que le enseñamos y se le dejaban tareas: cómo dormir en la calle, cómo consumir alimentos como indigente, teatro, cómo expresarse, cómo disfrazarse de puta, cómo tenía que comprar drogas, cómo manejar armas. Se volvió experta en recolectar información. Quedó aterrada que nosotros, sin un arma y sin una placa, podíamos infiltrarnos donde fuera. Nuestro respaldo era la lengua, la versatilidad para saber sortear las situaciones. Ella se preparó en la calle del Bronx en Bogotá, en sitios difíciles donde había guerrillos y paracos. La probábamos: “Vaya me compra droga, vaya me conquista a ese man”. Y cumplía.

Ella se contacta con su antiguo novio, un policía que presta seguridad en la Corte y empieza todo…
Sí. Su primera tarea fue en el Congreso. Le pedimos que nos identificara uno por uno todos los congresistas y como ella conocía a muchos de sus escoltas le empezó a llegar información. Le tocó salir con muchos de ellos para ver qué información levantaba, pero la verdad ninguna fue muy útil. Hasta que aparece su exnovio en la Corte. Ella nos contó y yo le pedí órdenes al capitán Tabares, le dije que había un policía en la Corte que estaba galanteándola y él dijo: “Hágale y que le pregunte por el Rólex del magistrado”. Yo le dije que eso tardaba, que ella no podía entrar con el letrero “oiga, necesito información del Rólex”. Finalmente le ordené a Alba Luz que reconquistara al policía porque lo íbamos a manipular.

¿Cuándo empieza la ‘Mata Hari’ a obtener información de la Corte?
A finales de 2007. Y todo el 2008 fue un éxito. Pero del reloj Rólex, nada. Su exnovio le abrió las puertas, le presentó gente y ella empezó a mirar a quiénes podía reclutar. Solo hubo cuatro muy útiles, pero se ‘tocaron’ 16 personas. Todo lo íbamos monitoreando hasta que infiltró el escolta del magistrado investigador de la parapolítica Iván Velásquez. Ella lo empezó a manipular y luego ayudaron las señoras de los tintos en la Corte. A todos ellos los estudiamos: se descubrieron sus debilidades. A los policías ella les decía que debían ser leales era con el presidente.

¿No hubo errores en esa infiltración?
Sí, ella cometió la brutalidad de decirles a algunos policías reclutados que esa información que requería de la Corte y de los magistrados era para una embajada. Pero esa fachada no duró mucho. Ella misma me confesó que le tocó reconocerles que este trabajo iba para el presidente, porque una cosa es conseguir unos teléfonos y otra sacar expedientes. “¿Y una embajada pa qué necesita procesos?”, le preguntaron ellos y entonces contó. Ella me cuenta todo esto y yo le digo: “Ya con el pie adentro no podemos retroceder”.

¿En qué momento pasan de espiar a los magistrados a grabarlos?
Cuando ella se toma confianza con su red adentro de la Corte empieza a “pedirles finura”. A todos les decía: “¿Ha escuchado cosas irregulares aquí? Dígame, que es información para el presidente”. Y al capitán Tabares se le reportaba lo que le decían a la Mata Hari los escoltas infiltrados. Esos escoltas tomaban notas de todos los movimientos de los magistrados y contaban. Lo segundo fue la exigencia de expedientes. Ellos los sacaron de la Corte, muchas veces en ese desorden administrativo había dos o tres copias del mismo proceso y se sacaban. Ahí ellos mostraron que tenían todo el acceso al blanco. Con semejantes resultados se dio la orden de poner una grabadora en la Corte. El DAS tenía como 10 grabadoras entregadas por la CIA que podían valer entre $15 y $50 millones cada una. Pero todas tenían un chip que identificaba que eran del DAS. Si las encontraban quedábamos al descubierto. Así que nunca utilizamos esas, sino otras que compramos. El lío no eran tanto las grabadoras como convencer a las fuentes de que grabaran, que asumieran el riesgo. Pero las señoras de los tintos y los policías se peleaban por el aparato para grabar.

¿Cómo lo hacían?
Al magistrado Velásquez, por ejemplo, si había un mueble, en una esquina le ponían la grabadora. ¿Cuál es el arte? Ponerla no, sino convencerlos de que lo hagan, esa es la virtud de Alba Luz. El trabajo de ella era obtener la información, los expedientes o las grabaciones. Eso lo empaquetaba y entregaba con un oficio que yo le hacía llegar al capitán Tabares en la mano. Y él inmediatamente se lo daba a conocer a María del Pilar Hurtado y luego lo distribuía a la Subdirección de Análisis. Después se le dieron órdenes a Mata Hari de que debía escuchar esas grabaciones y procesar la información porque ésta era muy sensible, porque no se quería que esa información se filtrara en manos de tantas personas. Muy pronto empezó a darse cuenta de la importancia de lo que se estaba obteniendo. Yo siempre le preguntaba: “¿De narcotráfico qué encontró?”, y ella me decía: “De eso nada, pero sí hay unas conversaciones muy sensibles, como un magistrado que dice que no van a aceptar una nueva reelección de Uribe”.

¿Esta fue la operación más arriesgada del DAS en su historia?
Sí, porque no estábamos preparados, no teníamos recursos y hubo mucha presión de la cadena de mando. Cometimos muchos errores, a pesar del éxito de muchas cosas. La misión de trabajo decía que toda información después de ser leída por “el decisor”, debía ser destruida; pero eso no pasó porque como subdirector de Fuentes Humanas tenía que rendir cuentas a la Contraloría en relación con los gastos reservados. En octubre de 2008, cuando me dan la orden de levantar el Plan Escalera, no pude destruir todo porque debía justificar los pagos.

¿Qué tanto supo María del Pilar Hurtado de toda esta operación en la Corte?
La destinataria institucional dentro del DAS era ella. Absolutamente todo le fue consultado: los movimientos administrativos y operativos. Mire, en una ocasión, en ausencia de Tabares, Gustavo Sierra fue encargado de la dirección de inteligencia. Él fue llamado por la doctora María del Pilar, quien le dijo que había que grabar una sesión específica de la Corte Suprema de Justicia. Sierra me llama a mí, pero no pude contestarle porque estaba fuera de la ciudad. Entonces rompe el principio de compartimentación y llama al oficial de caso para que compre una nueva grabadora y se la entregue a Alba Luz para que grabe un evento en otro recinto de la Corte.

¿Y qué pasó entonces?
Yo me molesté mucho apenas supe. Efectivamente el evento en la Corte se grabó, pero se puso en peligro la operación porque se rompió la compartimentación. De hecho, Sierra no sabía hasta ese día quién era la detective que estaba infiltrada. Le reclamé y me dijo: “Eso fue una orden, me tocó romper ese protocolo, hágale el reclamo a la doctora María del Pilar”. Toda la información se le entregaba a ella, toda.

¿Dice usted que Hurtado no puede negar eso?
No. A mediados de 2008 ella llega de Presidencia y nos dice a Gustavo Sierra y a mí que viene muy contenta porque el presidente había quedado muy satisfecho con los insumos del Plan Escalera que ella le había entregado y que eso le generaba credibilidad al DAS. Dijo que eso la hacía sentir orgullosa y que le quitaba preocupaciones. En esas me dijo: “Mire, él me preguntó que cómo se estaba grabando y yo le dije que no sabía”. Entonces yo empecé a mostrarle cómo se ocultaban los micrófonos, cómo se camuflaban en el brasier de una mujer, y ella me paro de una, se levantó del escritorio y me dijo: “Sabe qué, mejor no me diga nada, no quiero saber, entre menos sepa, mejor, William”. Según ella, el presidente le dijo lo mismo cuando ella intentó explicarle en Palacio: “No quiero saber nada”, dijo y añadió: “Yo sé que usted lo está haciendo bien, William, por eso quiero que felicite al equipo y a las fuentes humanas. ¿Cuánto les estamos pagando?”. Le dije: “$1 millón”. “Hágame un favor y les da $1 millón más a cada uno y les dice que es por los resultados logrados a nivel institucional”.

¿Ahí usted concluyó que el presidente sí sabía?
Sí. Yo duré 17 años en el DAS entre 1993 y 2009, y siempre como oficial de inteligencia me decían: “El presidente necesita esto, el presidente necesita aquello”. Todos los presidentes. En la investigación por este caso muchos agentes declararon que esta información era requerida por la Casa de Nariño quizá para no señalar directamente al entonces presidente. Pero a mí siempre me mencionaron que la información era para el presidente Álvaro Uribe.

¿Siente entonces que muchos involucrados no lo quisieron mencionar a propósito?
Eso de que la información era requerida por la Casa de Nariño es un eufemismo. El DAS durante 58 años siempre fue los ojos y los oídos del presidente. La información recogida iba siempre para el presidente, fuera este Uribe o sus antecesores. Con ese slogan nos prepararon. Y para nosotros era un orgullo sentir que el presidente se honraba con algunos resultados. Como Peñate, que fue uno de los directores más soberbios que tuvo el DAS, María del Pilar Hurtado no daba órdenes, las imponía. Aunque muchas veces la vi golpeada por la presión que tenía. El capitán Tabares nos decía que el presidente estaba disgustado con ella porque no había los resultados esperados.

¿En qué momento se puso en riesgo la Operación Escalera?
En octubre de 2008 me llaman a una reunión extraordinaria junto a Martha Leal, Jorge Lagos, Gustavo Sierra y el subdirector de desarrollo tecnológico. Ahí el capitán Tabares nos regaña porque hubo un error con un taxi del DAS que estaba merodeando la Corte Suprema. Tabares nos dijo que María del Pilar le había reclamado porque ella venía de Palacio y el presidente se había enterado de ese episodio.

¿Cómo fue ese episodio?
Ese episodio nos lo cuenta Tabares. Un policía asignado a la seguridad de la Corte se percató de ese carro sospechoso y lo detuvo. Ese detective, en lugar de pasar de agache, le muestra el carné del DAS y le dice que está en una tarea de rutina. El policía reportó esa novedad a la Corte y a sus superiores. No sé cómo, pero en Presidencia se enteran.

¿El regaño fue porque se puso en peligro el espionaje a la Corte?
Sí, eso es lo que nos dice el capitán Tabares. Sus palabras textuales fueron: “El presidente putió a María del Pilar”. Al final se supo que ese detective dependía de la Subdirección de Operaciones. A la semana siguiente Tabares me ordena el cierre inmediato de la Operación Escalera por orden de la doctora María del Pilar Hurtado. Tabares me dijo que por esa embarrada del taxi el CTI de la Fiscalía nos iba a hacer un allanamiento.

¿Y usted qué hizo?
Le pedí al capitán Tabares que me dejara seguirles pagando a las fuentes de la Corte por tres meses más a fin de que no se fueran a molestar por levantar súbitamente la operación. En ese momento vi muy estresado al capitán. Él me dijo: “Es problema suyo, pero necesito que levante esto ya mismo, toca desviar la identidad de las fuentes y desaparecer absolutamente todo”.

¿Cuánto costó el Plan Escalera?
Solo en los pagos a fuentes humanas, se gastaron como $180 millones. Se desapareció toda la información del plan en la Subdirección de Fuentes Humanas, pero quedó el rastro de los pagos que salían de gastos reservados y la información que procesó la Subdirección de Análisis.

¿Apenas $180 millones?
Sí. Aunque después en el mismo DAS, cuando estalló el escándalo y con el fin de desviar la atención sobre lo importante, hicieron una operación de desprestigio contra mí, estigmatizaron toda la Operación Escalera.

¿En qué momento el DAS consideró como un “enemigo” del gobierno a la Corte?
En ese entonces en el nivel medio no se veía así. Esa lectura la vinimos a entender después. El caso de la Corte solo lo hablábamos el capitán Tabares y yo; los casos del paramilitar ‘Tasmania’, de las autodefensas de ‘Don Berna’ en Palacio y de la excongresista Yidis Medina, los manejó Martha Leal. Todo estaba compartimentado allá.

¿Pero usted no se dio cuenta de que se trataba de una gigantesca operación de desprestigio contra la Corte?
No. De todo me doy cuenta cuando estalla el escándalo y empiezo a colaborar con la Fiscalía. Ahí me entero que desde otras dependencias se usó mal la información que nosotros recogimos y que los de Contrainteligencia del capitán Lagos, que venían investigando el viaje de los magistrados de la Corte a Neiva en 2006, patrocinado por el lobista Ascencio Reyes, también estaban filtrando una información grave.

¿Cómo se les ocurrió espiar al máximo organismo de justicia en Colombia? ¿A ese requerimiento no se le podía decir que no?
No. En la Subdirección de Fuentes yo tenía a mi cargo a 125 hombres, todos con operaciones y fachadas distintas, hombres honestos, hidalgos, verracos para manejar cosas difíciles y para retroalimentar al presidente. A mí me dieron la orden de indagar si el narcotráfico se había infiltrado a la Corte. Lo grave es que Alba Luz jamás encontró ningún rastro de eso, pero sí tuvo acceso a unas conversaciones de los magistrados en las que se decían cosas del presidente.

¿Cosas como que había preocupación de que se volviera a reelegir?
Sí. Había que garantizar la gobernabilidad del presidente. Y además había un mandato en el DAS para hacerle seguimiento a casos de corrupción administrativa y contrainteligencia de Estado. Bajo esas premisas se sustentó la operación en la Corte, pues indagábamos a Giorgio Sale y a Ascencio Reyes.

Pero eso es dar por hecho que la Corte quería tumbar al presidente.
Esa era la lectura a la cual se estaba llegando como contrainteligencia de Estado.

¿Alguna vez se había espiado a un organismo como la Corte Suprema?
Que yo sepa, no. Pero antes de 1993, cuando entré, pudieron pasar muchas cosas, en esos años la inteligencia no tenía tantos protocolos.

¿A qué se refiere?
A que ahora todo queda por escrito: hay protocolos para manejar gastos reservados, las fuentes humanas, las bases de datos, etc. Muchas veces esto obstaculiza la lucha contra las organizaciones al margen de la ley. Se obstaculiza la inteligencia pura en el sentido de que se dejan rastros. Y la inteligencia pura no puede dejar rastros.

Pero las agencias de inteligencia necesitan control. Mire cómo terminó el DAS.
Esa es una gran preocupación. Mire en este momento no hay un organismo que haga la inteligencia que demanda el presidente. Acabaron con la agencia que hacía eso, la acabaron para guardar los secretos de todos los presidentes durante 58 años. Para borrar sus embarradas. Esto que le digo es gravísimo, pero lo sé porque estuve metido en el corazón de la inteligencia pura de Colombia.

¿Qué embarradas hizo el DAS, por ejemplo?
Esto, hacer una operación de inteligencia en la Corte Suprema y después negarlo. Eso es una traición. Aquí no hay nada que justificar, aquí hay que decir la verdad, y las verdades las tiene María del Pilar Hurtado. Que ella diga quién dio la orden y quién fue el destinatario de toda la información. Ella es el eslabón para llegar al responsable de las órdenes.

¿El DAS fue utilizado en esta operación contra la Corte?
Para mí fue una embarrada que utilizaran al DAS bajo el eslogan de que la Corte estaba penetrada por el narcotráfico. Nos ponen en ese desgaste de obtener esa información para que después el presidente saque un provecho personal y luego se limpie las manos diciendo que él no mandó a hacer eso. Y que los directores del DAS involucrados no tengan el valor y la entereza de decir “sí, eso lo mandamos a hacer”. Lo que está haciendo el expresidente ahora es justificar lo que tuvo que haber justificado hace cinco años cuando empezaron las investigaciones. Todo eso es traición.

La traición fue del DAS a la democracia, ¿no?
Después nos dimos cuenta de todo. Es que en el DAS no recibíamos ordenes, nos las imponían. Uno no podía decirle que no a una orden.

El expresidente trinó diciendo que si las órdenes eran ilegales, ¿por qué funcionarios experimentados de inteligencia las cumplieron?
Pues ahí está justificando su preocupación. Yo tuve el valor de asumir la responsabilidad y decir la verdad. Siempre he dicho que las ordenes me las dieron el capitán Tabares y la doctora Hurtado, siempre en función del presidente. Yo cumplí esas órdenes porque nunca pensé que el capitán Tabares fuera un delincuente y mucho menos que lo fuera el presidente de la República. Pensé que una orden del presidente no podía ser ilegal. Después me di cuenta de todo, de que se hicieron cosas ilegales que en esa época nosotros no veíamos así. El expresidente Uribe y el alto gobierno utilizaron al DAS para hacerle frente a un tema personal que se desató con el curso de su continuidad en el poder.

Cuando un presidente se refiere a unos magistrados como “nostálgicos del terrorismo”, como lo hizo después del fallo contra Yidis Medina, ¿el DAS interpreta eso como una orden para investigarlos?
Sí y había dos maneras de interpretar esas órdenes. Uno era lo que él decía en consejos comunales o intervenciones públicas: era nuestro deber como agentes de inteligencia estratégica tomar lo que decía como un mandato presidencial. Y estaba la otra orden explícita cuando llamaba al director del DAS para darle órdenes. A veces nos preocupaba que información de inteligencia que le había dado el DAS él la ventilaba sin problema. Yo creo que lo hacía para mandar el mensaje: “Pilas que ya sé que las Farc están en esto” o “ya sé quiénes van al exterior a hablar mal del gobierno”. A esos insumos de inteligencia había que darles un manejo y él fue imprudente.

¿Usted se arrepiente?
Sí. Me arrepiento de haber creído en el presidente y en los protocolos que fueron manipulados por las órdenes ilegales que nos dio el alto gobierno.

¿Qué reflexión le queda?
No volver a confiar en nadie. Yo creí en los protocolos, en el presidente, en la directora del DAS, pero la persecución desatada contra mí y mi familia durante los últimos cinco años me acabó. Perdí mi patrimonio, mi hogar se resquebrajó, tengo miedo por mi familia. Una persecución que empezó el exdirector Felipe Muñoz.

¿Por qué Muñoz estaría interesado en acabar con usted, si fue Felipe Muñoz el que le abrió las puertas a la Fiscalía para que allanara el DAS?
Su intención fue callar la verdad. A mí me dio la orden de que en todas las bases de datos y en los archivos físicos se cambiara la palabra “blanco” y “objetivos” por otro sinónimo en caso de un allanamiento de la Fiscalía. Yo le hice ver que eso no se podía. El detective Carlos Orjuela declaró que Muñoz permitió la destrucción de mucho material.

¿En qué momento decide contarle sus verdades a la justicia?
Cuando me echan del DAS, en agosto de 2009, trabajé un tiempo en un campo petrolero de Ecopetrol, prestando seguridad, y en la Contraloría. Pero varias fuentes me llamaron a decirme que me iban a judicializar por las chuzadas. Consulto a mis abogados, les cuento todo y me recomiendan contar mi historia en la Fiscalía. Acepté, pero por lealtad pedí primero hablar con el capitán Tabares. Él ya estaba detenido con el capitán Lagos. Apenas llegué al lugar, vi el registro de visitantes y estaba con él María del Pilar Hurtado. No quise entrar, pero conseguí un correo humano para que le diera mi razón. Le mandé a decir que le dijera al presidente que si yo tenía las garantías de una defensa de alto perfil y un apoyo económico, yo me quedaba en silencio, de lo contrario iba a confesar todo.

¿Y qué pasó?
Se entregó la razón. Mi intermediario les dijo a Tabares, Lagos y Hurtado que yo no iba a chupar cárcel gratuitamente y les dijo que yo llamaría a Tabares a las 2 de la tarde de ese día para que me diera una respuesta. Lo llamé y me dijo que este proceso se iba a caer y que yo debía negarlo todo. Es decir, no me contestó lo que pedí. De ahí salí para la Fiscalía y mi vida se acabó: tuve que irme a guardar a un pueblo, mi esposa salió para otro lado, mis hijos igual, mis padres cayeron en cama, a mi hermana le dio cáncer. Vendí todo, anillos, neveras, televisores, todo, para pagar mi defensa. Vinieron las amenazas. Y todos los procesos penales, disciplinarios y fiscales. A la Mata Hari le pasó lo mismo.

En el mundo de la inteligencia, confesar lo que se hizo no parece ser una opción. ¿Cómo hizo para hablar?
Estamos para obedecer, ejecutar y no hablar. Pero mis abogados Édgar Torres y Romel Salazar me sacudieron e hicieron entender que el cuento de la seguridad nacional se me había acabado, que debía confesar lo que pasó. Muchos de los procesados del DAS tuvieron que reconocer lo que pasó por mis confesiones.

¿Una situación como esta se lo traga a uno por dentro?
Claro. La angustia de algún atentado contra mi familia me traga por dentro. Si atentan contra mí yo sé defenderme y si no puedo salir bien hago que me maten, no que me dejen mal herido. Pero mi familia…

¿Cómo hizo para vencer el miedo para hablar entonces?
Por la infamia de ver cómo miente un presidente y unos altos directivos que nos dieron órdenes. Es una tristeza que cerraran el DAS. Terminaron con la ilusión de 6.500 familias. Fueron muchos los resultados que dimos contra organizaciones criminales. Pero esa embarrada de la Corte nos salió cara.

Pero es que eso fue un despropósito.
Sí y yo respondo por el Plan Escalera, pero que no me pregunten de ‘Tasmania’, ni de la yidispolítica, ni de Piedad Córdoba o Gustavo Petro porque no sé.

¿Cree que María del Pilar dirá algo?
Yo quisiera decirle que ya no es el momento de justificar nada. Hay que afrontar la verdad. No sé si la ingenuidad o el deseo de mantener poder hicieron que nos diera esas órdenes. Le pido que cuente la verdad que necesita el país, no esa que necesita el gobierno pasado o este gobierno.

¿Cómo así que se perdió parte de la información que usted le entregó a la Fiscalía?
Entregué en septiembre de 2010 casi 16 teras de información que manejaba en el DAS Jaime Fernando Valle, el jefe del Grupo Político Social del DAS. Él me dio esos archivos para que los guardara. Ahí aparecían registros de la yidispolítica, Piedad Córdoba, Gustavo Petro y la carpeta de la información recolectada en la Corte Suprema que tenía 148 folios. Cuando fui en diciembre de 2014 a la Fiscalía para revisar el expediente no encontré esa carpeta. Esa información se puede rescatar porque está en medios digitales, pero me quedó el mensaje de que no hay garantías.

¿Qué le pide entonces al fiscal Montealegre?
Que mejore mi seguridad y que se me cumpla lo prometido en materia de colaboración como testigo. Aún más: si María del Pilar Hurtado habla que le den beneficios y que a mí me los mejoren. El país debe saber que vengo colaborando con la justicia desde mayo de 2010. No me he guardado nada, aparte de dar mis testimonios, entregué un arsenal probatorio con 16 teras de información que corresponden a unos 80 millones de documentos. Soy testigo de hecho y de acreditación. La verdad es que María del Pilar también fue manipulada y mire lo que tuvo que soportar. Un asilo, fuera de su familia, llena de zozobra.

Felipe Muñoz denunció a Romero

El exdirector del DAS, Felipe Muñoz fue quien despidió a William Romero en agosto de 2009. Además lo denunció penalmente por un presunto mal manejo de gastos reservados. De acuerdo con la denuncia, Romero y Alba Luz Flórez habrían utilizado dineros del DAS para montar un centro de estética, versión desmentida por ellos mismos. En su momento, Muñoz ordenó allanar varias fachadas controladas por Romero por considerar que no tenían control. Después de su salida del DAS, Romero denunció por persecución laboral a Muñoz, pero ese caso lo archivó la Procuraduría. Sobre la denuncia de que Muñoz permitió la destrucción de documentos en el DAS, el propio exdirector señaló ante las autoridades que fue la revista Semana la que denunció que antes de su llegada al DAS, en enero de 2009, agentes de Contrainteligencia destruyeron información y así se vio en videos y fotografías. También aseguró en sus versiones que fue él quien entregó a la Fiscalía las famosas carpetas del grupo G-3 en las que se evidenció el espionaje del DAS contra defensores de derechos humanos, dirigentes de oposición y periodistas.

El caso del exdirector Andrés Peñate

Tras la salida de Jorge Noguera del DAS, Andrés Peñate asumió la dirección del organismo de inteligencia. Según Romero, durante su administración, entre 2005 y 2007, el DAS inició el Plan Escalera y fijó ciertos “blancos políticos” con el objetivo de mantener enterado al presidente. En 2010, antes de rendir un interrogatorio en la Fiscalía, Peñate le dijo a la prensa que “el DAS no fue una empresa criminal. Las órdenes fueron prevenir el terrorismo y las filtraciones de agencias de otros países”. No obstante, en 2010 la Procuraduría lo suspendió por ocho meses para ejercer cargos públicos, “por la ilegalidad en interceptaciones y seguimientos realizados a diferentes personalidades de la vida pública”. A finales de 2014, Peñate demandó el fallo del Ministerio Público ante el Consejo de Estado. Hoy no tiene investigaciones por el caso del espionaje de la entidad.

 

 

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