Así descubrieron El Escondido

El volcán que encontraron hace un mes los científicos en Florencia, Caldas, representa un hallazgo sorprendente, pero preocupa a los pobladores del lugar.

Panorámica de la zona montañosa del camino que los vulcanólogos recorren hacia San Diego y Florencia (Caldas). / Lisbeth Fog
Pues ni tiene forma de volcán, ni ha hecho erupciones de lava. A un lado de su cráter, unas reses pastan tranquilas y a lo lejos un caballo voltea a mirar; más allá, unos diez guardaparques tienen la responsabilidad de cuidar un tupido bosque de niebla con armadillos, monos, guaguas, tigrillos, zorros y venados que recorren también con calma el Parque Nacional Natural La Selva de Florencia, jurisdicción de Samaná, Caldas.

Reportan haber visto incluso pumas. Desde ese borde irregular del cráter se ven colinas ondulantes con sietecueros, amarrabollos y moras silvestres. Allí, el alcalde de Samaná mandó construir unas 40 casas de interés social para los damnificados del invierno. ¡Quién iba a pensar que quedarían ubicadas justo en el borde de un volcán!

El Escondido estaba bien camuflado en las montañas de la cordillera Central, al lado del corregimiento de Florencia, y según los geólogos puede ser un volcán activo, pero está dormido... es posible que lleve varios miles de años en un sueño profundo y no es muy probable que se despierte ni en este siglo, ni en este milenio. Cuando empiece a desperezarse, generando sismos muy localizados en la región, expulsando fumarolas o expeliendo olor a azufre, ahí sí será tiempo de preocuparse.

¿Cómo se descubrió?

La serendipia, es decir, los descubrimientos por casualidad, ocurren con frecuencia en la ciencia. La vulcanóloga María Luisa Monsalve, del Servicio Geológico Colombiano (SGC), lleva varios años caminando por los alrededores de otro volcán, el San Diego, a unos 20 kilómetros de Florencia, en cuyo cráter, ese sí redondo, surcan las aguas del lago del mismo nombre, prístino, con abundantes peces y algunos pescadores que navegan en delgadas canoas planas construidas a partir de juncos acuáticos.

Monsalve, acompañada de diversos profesionales en diferentes momentos y de campesinos de la región, participaba en un proyecto de exploración geotérmica estudiando la geología de la zona, las fuentes termales y el volcán San Diego, que también tiene fuentes termales en su laguna. Al recorrer lo que los geólogos llaman afloramientos, aquellos sitios donde pareciera que la montaña ha sido cortada con un cuchillo como sacándole una tajada, empezó a detallar los depósitos de material volcánico que van formando capas en la superficie de la tierra. Es allí donde “aflora” la información que necesitan; es como si así la montaña hablara a través de sus capas que se muestran en todo su esplendor, cada una de ellas con unas características definidas.

“Cuando se hace la historia de un volcán, se mira hasta dónde encontramos los depósitos, que son los que dan ideas de cómo fueron las erupciones”, explica Monsalve. Alrededor de San Diego, desde 1,5 metros hasta 5 kilómetros de distancia, encontraron, además de los que registran las erupciones de este volcán, depósitos entre blancos y amarillos con mucha piedra pómez, típica de las erupciones volcánicas explosivas.

A medida que fueron alejándose de la zona de influencia del volcán San Diego y llegaron a Florencia, encontraron que las pómez y las rocas en el depósito eran de mayor tamaño. ¿Cómo era posible? “El tamaño de las partículas da información de dónde puede provenir ese material: el tamaño será más grande cerca de la fuente y más pequeño a medida que se aleja”, continúa Monsalve. Cuando vieron la cantera —de donde la población saca material para construcción—, las características de las capas no coincidían con las de San Diego… hmmm. Dudaron. Había pómez y también bombas volcánicas, llamadas corteza de pan, porque son rocas que parecen cuarteadas como el pan francés. En esa cantera revisaron la columna de capas e identificaron al menos seis o siete erupciones. “En ese momento dijimos: de San Diego no es. En esta región debe haber otro volcán”.

Monsalve y los geólogos Iván Darío Ortiz y Gianluca Norini se dedicaron a buscarlo hasta que lo encontraron allí, casi en sus narices: comenzaba en la montaña detrás de la iglesia de Florencia y descendía en lo que los habitantes de la región conocen como El Hoyo.

En cada capa hay evidencia de lo que fueron las erupciones o los pulsos de los volcanes, que en el caso de El Escondido han sido flujos piroclásticos, caída de piroclastos y “bombas volcánicas”, o sea expulsión de rocas que salen disparadas como balas, como cuando se abre una botella de champaña. Las capas tienen fragmentos líticos o piedrecitas cuya composición hace que luzcan de diferentes colores. Además de los blancos y amarillos, hay grises. “La capa gris es de hace 33 mil años”, dice Monsalve. Pero para los habitantes de Florencia tiene otro significado: “A nosotros nos gusta porque es la más fina para la construcción”, dicen. A partir de fragmentos de carbón encontrados, las pruebas de carbono 14 han confirmado erupciones de hace 36 mil años y otra hace 33 mil años; y las capas sobre éstas indican erupciones más jóvenes, aunque aún no han sido datadas.

“Explotar el volcán antes de que explote”

Desde La Dorada hasta Florencia hay unas tres horas de recorrido, buena parte por carretera destapada trepando la cordillera. Sus habitantes se recuperan de tiempos de violencia, tomas y enfrentamientos entre guerrilla y paramilitares, expulsión del puesto de policía, desplazamientos forzados. Se habla de unos 10.000 florentinos que viven en el casco urbano y las más de 40 veredas, donde hay espacio para la agricultura y el ganado, “aunque ya nadie por aquí quiere dedicarse a trabajar la tierra”, cuenta Luis Eladio, quien conduce una 4x4.

Alrededor de 50 personas de la comunidad acudieron a la cita para conversar con los representantes de la Alcaldía de Samaná, la Unidad de Gestión del Riesgo, el SGC, la Policía y otras autoridades de la región. Desde que supieron que la montaña que les da sombra era un volcán, están inquietos. Pero los geólogos, con Marta Calvache —subdirectora de geoamenazas del SGC— a la cabeza, así como con Gloria Cortés, directora del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Manizales (OVSM), y de la propia Monsalve, les dan un parte de tranquilidad. “El volcán no hará erupción en los próximos cientos de años”, dicen. Se escucha un suspiro de alivio.

Pero Jefferson Alexis Villada, propietario de algunos de los buses escalera, y Oliverio Gómez, presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda El Bosque, expresan su preocupación. “Somos el lejano oriente”, dice Gómez. “Las noticias nos han reconocido en dos momentos: en 2004 cuando la totalidad fuimos desplazados y ahora con el volcán”. Cuenta que desde que se sabe de la existencia de El Escondido sus tierras pueden haberse desvalorizado y se pregunta cuál será el futuro del desarrollo económico de su región. “Necesitamos vías, proyectos productivos, saneamiento básico, mejoramiento de vivienda, centros de acopio para que nuestras comunidades estén mejor; que podamos producir, sacar y vender nuestros productos”.

El corregidor, Conrado Rojas, dice que el anuncio del volcán “ha creado una cantidad de expectativas benéficas para el corregimiento” y tendrá que empezar a liderarlas. Y el patrullero Jorge Hernán Sánchez va un paso más allá: “La cosa no es esperar a que el volcán explote. Hay que explotar el volcán y podemos hacerlo turística y ecológicamente. Esta es una oportunidad grande que tenemos para mostrarnos a nivel nacional”.

Luego de la reunión, que dejó en todos el compromiso de aprovechar el descubrimiento del volcán para generar acciones que desarrollen la región, algunos de los residentes se unieron a las autoridades para visitar la cantera, continuaron arriba, recorriendo parte del borde del cráter, y terminaron en el segundo afloramiento, la caballuna. Doña Dolly estuvo todo el tiempo pendiente, para poder explicarles a sus hijos, quienes ya no viven en Florencia, qué fue lo que contaron los geólogos. Con el anuncio del descubrimiento científico la han llamado a rogarle que abandone el pueblo. Ahora, dice, ya sabe cómo tranquilizarlos, porque ella no se moverá de Florencia.

La vulcanóloga Monsalve y el equipo de geólogos del Observatorio de Manizales continuarán con su martillo, su pala, cuaderno, lápiz, lupa, GPS y metro recorriendo los afloramientos, buscando fragmentos de carbón dentro de los depósitos para conocer más sobre la historia del volcán. “Mediremos la sismicidad del volcán, que es como sacarle un electrocardiograma a un paciente, y haremos los muestreos geoquímicos para ir revisando temperaturas”, dice el geólogo John Macario del OVSM.

Y los florentinos, haciendo honor al himno de Florencia que dice “Los tesoros que ocultas en tu entraña/ Son misterios que avivan la pasión/ Oh Florencia, tu mágica montaña/ De la Patria es el mismo corazón”, tienen el reto de inventarse la manera de sacarle el jugo a su nueva condición, aprovechando que pasarán muchos años antes de cualquier movimiento amenazador. El sismógrafo, por ahora, pintará una infinita línea recta.