Una crítica a los libros de “Colombia: Diversidad Biótica”

La biblia de biodiversidad que no todos los biólogos aceptan

Orlando Rangel, renombrado científico y profesor del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, dijo haber completado el inventario básico de la biodiversidad de Colombia con una obra en 16 tomos que le tomó casi 25 años. Sus colegas difieren y lo señalan de exagerado e inexacto. ¿Quién tiene la razón?

Uno de los libros del profesor Orlando Rangel fue premiado en 2003 por la Fundación Alejandro Ángel Escobar. Agencia de Noticias de la Universidad Nacional.

La biodiversidad es el conteo detallado de todos los seres vivos. Todo lo que habita este planeta, incluyéndonos, está contenido en ella. Y esta humilde tarea, la de contar qué hay en la naturaleza, dónde está y cómo se relaciona entre sí, ha ocupado a generaciones de científicos de todo el mundo durante siglos.

Carl von Linné, el famoso naturalista sueco, fue el primero en crear un lenguaje universal para ordenar la naturaleza. En el siglo XVIII propuso un sistema de clasificación para todas las especies animales y vegetales. Así, todos los seres vivos tendrían un nombre y apellido científico basado en sus características morfológicas y no en las observaciones caprichosas de científicos que dividían las cosas en salvajes o domésticas, nobles o vulgares, cada uno en su idioma, como en una torre de Babel. “Dios creó el mundo, Linné lo ordenó”, decía él mismo, modestia aparte.

Miles de científicos continuaron con su tarea. Por siglos fueron ajustando los lenguajes taxonómicos, los métodos, ampliando las preguntas, inventando nuevas ciencias, como la ecología, para dar cuenta de todo el árbol de la vida. En 2011, un biólogo valluno, Camilo Mora, se atrevió a aventurar un número para esa biodiversidad. En el mundo debe haber 8,7 millones de especies aproximadamente, escribió en un artículo publicado en la revista PLOS One Biology.  Es decir, las generaciones de taxónomos que llevan 250 años clasificando especies solo han descrito alrededor del 14 % de las especies terrestres y el 9 % de las marinas.

Para el caso colombiano, en 2013, el zoólogo Enrique Arbeláez, de la Universidad Autónoma de México, publicó un artículo en la revista “Biodiversity and Conservation” en el cual calculó que en Colombia pueden existir entre 200.000 y 900.000 especies. Si tenemos en cuenta esa cifra, al momento solo tenemos evidencia del 25 % de la biodiversidad del país en las bases de datos del país. Ordenar la naturaleza, o inventariar la biodiversidad, es y ha sido una hazaña colectiva e inacabada.

Por eso resultó sorprendente cuando a través de la Agencia de Noticias de la Universidad Nacional se anunció que el profesor Orlando Rangel había completado el primer inventario sobre biodiversidad de Colombia.

La nota señalaba que, después de tres décadas, la serie Colombia Diversidad Biótica, editada en su totalidad por el profesor Rangel, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) y miembro de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, premiado con la Medalla al Mérito Universitario por parte del consejo superior de la universidad, estaba contenida en 16 libros que arrumados uno sobre otro alcanzan la altura del tronco de un hombre adulto.

“Colombia se convierte así en uno de los pocos países del mundo que cuentan con un inventario detallado de sus plantas con flores, tipos de vegetación, suelos, clima y grupos zoológicos de aves, reptiles, anfibios, mamíferos y ecosistemas en sus regiones naturales”, dijeron.

Los gordos tomos de la serie Colombia Diversidad Biótica, reclama Rangel, son el final de la tarea que sabios financiados por reyes, viajeros incansables e incontables científicos se propusieron hace dos siglos: inventariar la riqueza natural de un país de 1.142 millones de kilómetros cuadrados. Toda la obra puede haber costado más de $25.000 millones.

El inventario extraoficial

Las paredes de la oficina del profesor Rangel, en el Instituto de Ciencias Naturales en Bogotá, están colmadas de tomos de sus libros y otros tantos, todos numerados. Mapas enrollados se arruman en los anaqueles, silenciosos como los dos estudiantes que trabajan a su lado. Cerca de su obra reposa la de su maestro, el geólogo y biólogo holandés Thomas van der Hammen, de quien fue alumno desde que se graduó hasta que murió, en 2010. Van der Hammen viajó por la cordillera central y por la Amazonia colombiana un siglo y medio después de Alexander von Humboldt, recorrió de la mano de su esposa, Anita Malo, las tres cordilleras de los Andes y más tarde la Sierra Nevada de Santa Marta. Producto de esos viajes son tres libros que catalogan la diversidad de las tres cordilleras y la Sierra Nevada de Santa Marta.

En esa obra se inspiró Rangel para hacer Colombia Diversidad Biótica. La oportunidad llegó a finales de 1991, meses antes de la Convención de Río de Janeiro, que 192 países firmaron para el cuidado de la naturaleza. Ese año, el Gobierno le encargó a los investigadores del Instituto de Ciencias Naturales que hicieran un “estado de conocimiento” sobre biodiversidad en Colombia para presentar ante Naciones Unidas. “Yo acababa de volver de mi doctorado en Holanda y teníamos un reto grande: hacer el diagnóstico documentado de la riqueza de Colombia en cuatro meses”, explica Rangel, con su desdibujado acento cucuteño.

Los investigadores, entre los que se cuenta al famoso zoólogo Jorge Hernández Camacho, conocido como el Mono Hernández, trabajaban desde temprano en la mañana hasta las cuatro de la tarde, cuando comenzaban los apagones que en ese entonces decretó el presidente César Gaviria como solución a la crisis energética. Mientras Colombia estrenaba Constitución, Pablo Escobar se entregaba a las autoridades y la lluvia escaseaba en los embalses del país, los científicos se encerraban después de las cuatro y hasta altas horas de la noche en la rectoría de la Universidad Nacional, el único lugar del campus con energía permanente, para poder trabajar. Así entregaron la revisión bibliográfica sobre la naturaleza del país en marzo de 1992.

Rangel vio la oportunidad —y la necesidad— de hacer un inventario nacional de la biodiversidad. “Si no lo hago yo, no lo va a hacer nadie”, pensó entonces. Pero sí había quién. Gracias, precisamente, a la Convención de Río de Janeiro, el país adoptó una política nacional de biodiversidad en 1995. Al Instituto Humboldt le correspondió oficialmente hacer el inventario nacional de la biodiversidad del país.

Así que, mientras Rangel buscaba financiación para Colombia Diversidad Biótica, los esfuerzos de los científicos del país que trabajaban en instituciones públicas, incluidos los del ICN, apuntaban a completar un inventario nacional oficial. La contabilidad de la biodiversidad se dividió entre un llanero solitario y un diverso grupo de científicos.

Rangel dice que su inventario biológico es el más completo del país: “No hay nadie que tenga todo esto en el mundo. Para mí, esto ya está completo. Eso no lo aprecian en Colombia, pero en otros países sí”. Pero algunos difieren. Una herpetóloga que prefiere reservar su nombre confiesa que tiene uno de esos libros como apoyadero para el computador. En una ocasión, uno de los gordos libros llegó a manos de un colega en un país extranjero. Cuando lo recibió, el biólogo exclamó: “Is Orlando still making these books?”.

El conteo que no acaba

Cada mayo 23, el día del cumpleaños de Carl von Linné, el Instituto Internacional para la Exploración de Especies (IISE) publica una lista de las especies más importantes que se descubrieron en el mundo. Solo escogen las diez más hermosas o curiosas de las 18.000 nuevas especies que, según sus cálculos, son descritas cada año, desde seres unicelulares hasta serpientes, ranas, arañas y otros organismos.

Entre las 10 del año pasado estuvo la Miconia rheophytica, una planta descubierta a las orillas del río Samaná, en Antioquia. A lo largo de los dos últimos años, las 21 expediciones Colombia Bio, de Colciencias, han llevado a 596 científicos y 197 investigadores locales a los lugares de Colombia en los que nunca pudieron entrar por el conflicto armado. Según cálculos de Colciencias, se han descubierto 168 posibles nuevas especies para la ciencia.

Para Rangel, los nuevos descubrimientos no cambian su reclamo de tener el conteo completo de la biodiversidad colombiana. “Yo digo que está completo lo básico porque no hay posibilidad de que nadie haya cubierto más territorio que nosotros. Puede ser que especies nuevas aparezcan, como puede que no, y lo más probable es que no”, dice Rangel. Ninguno de los 12 expertos en biología consultados están de acuerdo con una afirmación tan grandilocuente.

“El profesor Rangel ha hecho grandes aportes al conocimiento de la biodiversidad, pero está desconociendo el trabajo de muchos”, dijo una experta en arácnidos que prefiere no ser nombrada aquí. Como ella, siete biólogos eligieron el anonimato. En palabras de uno de ellos, “para evitar confrontación”.

Contrario a lo que afirma el profesor, varios estudios publicados en revistas indexadas en los últimos tres años indican que, precisamente, la tarea de inventariar la biodiversidad está incompleta, incluso en los cinco grupos biológicos que el profesor dice que ya están completos: mamíferos, aves, reptiles, anfibios y plantas con flores. 

Una investigación de la Universidad de Caldas y la de Queensland, publicada en la revista Mammalogy Notes en 2016, hace un recuento de cómo crecieron los reportes de mamíferos de Colombia. Para 2013 había 492 especies registradas (las mismas que registra el profesor Rangel), pero para 2014 (¡solo en un año!) este número se incrementó a 518 especies, gracias a nuevos avistamientos y cambios de nomenclatura. De roedores ingresaron 16 especies, de primates, siete, y la lista continúa. “Aun cuando varios investigadores asumen que los mamíferos constituyen un grupo bien conocido, este no es el caso en las zonas tropicales, donde el entendimiento de los patrones de diversidad de este grupo parece un logro distante”, escriben los autores, a su vez citando a otros cuatro expertos zoólogos.

Para el grupo de aves, el ornitólogo Gary Stiles, también profesor de la Nacionall y guardián de la colección biológica de aves más grande de Colombia, concuerda en que la lista crece, aunque a paso lento. “Debe haber entre cinco y ocho especies en proceso de revisión porque hay zonas del país en donde los plumajes son muy parecidos, pero la evidencia genética va indicando que son distintas especies. Es difícil predecir exactamente qué tanto crecerá la lista con los años, y hay diferentes listas taxonómicas que no concuerdan del todo y que habría que entrar a revisar, pero es ingenuo por lo menos decir que el inventario está completo, porque es una actualización constante”, asegura.

La lista de anfibios y serpientes de Colombia, como ranas, cecilias y salamandras, también continúa en crecimiento. John Lynch, un herpetólogo estadounidense que ha descrito más de 200 especies de ranas —y ha examinado taxonómicamente entre 40.000 y 50.000 ejemplares— dice que, además de hacer expediciones, hay un trabajo de revisión de la taxonomía de muchas especies por delante y que eso también podría ayudar a que el número de especies de anfibios cambie. “Por ejemplo, el orden Gymnophiona ha duplicado su número de especies del país. Apenas iniciamos el proceso de publicación de las descripciones”.​

Tal vez uno de los grupos biológicos donde más cambios ha habido en los últimos años es reptiles. Este año, dos investigadores de la U. Industrial de Santander y la U. Federal de Rio de Janeiro describieron una nueva especie de serpiente (Atractus marthae) descubierta en los bosques nubosos de la Cordillera Oriental (Serranía de Perijá). En 2018, dos investigadores del ICN registraron por primera vez para Colombia la serpiente Corallus blombergi, en Tumaco (Nariño). Uno de ellos registró por primera vez desde 1996 la especie Imantodes phantasma, en el Cerro Tacarcuna (Chocó). Otros dos investigadores de la U. del Magdalena registraron la esquiva Atractus turikensis, y fue la primera vez que se registró esa especie fuera de Venezuela. “Como ves, se descubre todavía un buen número de especies de serpientes en Colombia, la cosa está lejos de que tengamos el número ideal de especies para el país. No son todos los descubrimientos, esto es sólo en serpientes” dice Rancés Caicedo, herpetólogo del Instituto Sinchi.

Para el grupo de plantas con flores, que es el grupo en el que Rangel es especialista, la situación tampoco es tan clara como él asegura: “Más del 50 % de las plantas están repartidas en 12 familias, y son más de 280 y pico de familias, es decir, la curva de crecimiento ya se saturó. Por más que sigan alimentando un inventario, eso son tendencias universales. Entonces decimos que hay 310.000 especies de plantas con flores en el mundo, y que en Colombia hay 24.500, y es la misma tendencia. Algo demasiado extraordinario tendría que cambiar, por eso decimos que ya está lo básico, lo que falta son colaterales”.

 

El Catálogo de plantas y líquenes de Colombia (CPLC), publicado en 2016, cuenta otra historia. En ese libro, que recopila por primera vez las 27.861 especies de plantas y líquenes del país, desde la Real Expedición Botánica que inició José Celestino Mutis a finales del siglo XVIII hasta hoy, trabajaron 180 investigadores a lo largo de 13 años. “El conocimiento de la flora colombiana todavía dista de ser completo. Aún quedan extensas regiones del país que apenas han sido exploradas, como las serranías del Darién y del Baudó, algunos sectores de las vertientes andinas, vastas áreas de la Amazonia y algunas de las mesas rocosas de la Guayana colombiana”, se lee en la introducción de la obra de 3.060 páginas. Sus autores calculan que todavía falta un 15 % de plantas por descubrir en Colombia.

“Yo soy biólogo y estoy en la casa matriz de los estudios taxonómicos, que son una cosa dificilísima. Sinceramente, creer que unos investigadores van 20 días a una zona y encuentran ocho especies nuevas para la ciencia me parece mierda, es falta de seriedad. Se requiere confrontación de información, experiencia. Vea, el profesor Gary Stiles, que es una eminencia, habrá encontrado tres nuevas especies de pájaros en su vida. Eso en grupos grandes como estos es difícil que cambie”, contraargumenta el profesor Rangel.

Dieciséis libros en desuso

La serie completa está compuesta por 16 libros que tienen entre 300 hasta 1.000 páginas /Agencia de Noticias Universidad Nacional.

Al preguntar a distintos expertos si usan como referencia la colección del profesor Rangel, la respuesta más común es no, bien sea por desconfianza o por considerarla poco práctica. El problema con la biblia de la biodiversidad de Rangel no es solo que está incompleta, sino que está construida bajo una lógica hoy obsoleta para buena parte de la comunidad científica.

Cada tomo de la serie está compuesto por varios capítulos. Algunos analizan ciertos aspectos de la biodiversidad de determinado lugar geográfico, pero la mayoría son extensas listas de especies. Para realizarla, él o sus estudiantes hacen una especie de “minería de datos”: buscan en los herbarios y colecciones biológicas que puedan consultar (más frecuentemente en las de la Universidad Nacional, que son las más grandes del país), depuran la información y construyen las listas de especies. En algunos casos, como los libros sobre el Chocó y el de la serranía del Perijá, grupos de científicos se desplazaron a ciertas zonas a tomar muestras directamente.

Cada especie en esa lista está acompañada por una citación detallada de cada uno de los especímenes de museo que se conocen para esa especie, citando para cada uno de ellos los datos de localidad, fecha y nombre de quien recolectó el espécimen. Estas listas ocupan más de la mitad de cada volumen, es decir, unas 8.000 páginas impresas en total. De tal manera que para conocer el rango de distribución geográfica y altitudinal de la especie es necesario espulgar minuciosamente esas listas, mediante un trabajo tedioso que se hizo obsoleto con la popularización de los computadores hace 30 años.

Para algunos, esta información adicional sobra. Mucha ya está disponible en bases de datos de libre descarga en internet que le permiten a la comunidad científica (o a un ciudadano curioso) identificar especies con más rapidez (o al menos reducir su universo de búsqueda) y tener información adicional sobre cada una, en algunos casos incluso sobre su relación con otros vegetales y animales. Por eso, para algunos, los libros de Colombia Diversidad Biótica quedan obsoletos en el momento en que se imprimen.

El profesor John Lynch, que tiene los 16 tomos de Colombia Diversidad Biótica en su oficina, sí consulta la serie: “Orlando es más un compilador que recolecta los datos que puede conseguir. Otros científicos van directamente al espécimen en un museo o una colección biológica, comprueban qué especie es y la agregan o no a su lista. Son dos versiones distintas de cómo se hace biología. La manera de Rangel es más rápida, pero también es incompleta. Yo uso su trabajo porque me sirve para saber en qué colección biológica hay una muestra de cierta especie que creo que valdría la pena ir a revisar directamente y medir yo mismo. Me ha pasado que voy a visitar la especie después de encontrarla en la serie y me doy cuenta de que no existe el ejemplar en esa colección, así que el profesor no pudo haber hecho un ejercicio de análisis taxonómico en ese caso. Por eso, esa minería de datos no siempre es garante de que haya identificaciones correctas”.

Dejando de lado la falsa promesa de que esté completa, el problema para consultarla con agilidad y en internet, la rápida desactualización y lo poco útil que resulta para los desafíos que se plantean hoy sus colegas, la biblia de Rangel tiene otro pero.

Según un investigador que trabajó con Rangel durante años —y que también prefiere el anonimato— hay una especie de “traducción” de los errores en las colecciones biológicas a las listas de especies presentadas por Rangel: “La taxonomía es compleja y las especies de los herbarios o colecciones biológicas no siempre están correctamente identificados. Si tú pones a un estudiante a transcribir lo que hay en un herbario y eso está escrito a mano, o está mal identificado, lo pones en la lista y el error se mantiene”.

Un ejemplo es el Catálogo de Plantas. Por ser su área de experticia, Rangel es citado varias veces. Después de una búsqueda rápida aparecen 57 de las especies registradas por Rangel señaladas erróneamente para Colombia. “Apium oriseaduma. Nota: especie inexistente. Arracia bracteata. Nota: identificación errónea. Monstera acuminata. Nota: registro basado en identificación errónea” (esta última sí existe, pero no está registrada en Colombia).

“A veces dicen que soy presuntuoso, pero lo del profesor Rangel está publicado. Que entren y lo controviertan. La pelea mía es por qué no usan esta información en vez de tratar de duplicarla. Úsenla, está libre. Usted coge un Excel y pasa estas listas y ya. Yo voy al Humboldt y doy charlas sobre biodiversidad. No pueden decir que me he negado a contarles cómo nos aproximamos a la biodiversidad. Si me piden los datos, los entrego. Siempre he estado abierto”, dice Rangel.

Según el profesor, la información de Colombia Diversidad Biótica es de libre consulta y está en internet. Sin embargo, reconoce que el portal que usa fue montado hace 10 años y es bastante rústico. De hecho, él paga unos mil dólares anuales de su propio bolsillo para mantenerlo a flote y admite que la información que está consignada allí es aún muy básica.

“Sus datos solo están parcialmente representados en el Sistema de Información de Biodiversidad (SIB) porque él escogió no participar en ese sistema hace ya muchos años. Su información no puede ser utilizada para análisis más complejos, solo como una lista básica de especies. El trabajo de Rangel es bueno y bienvenido porque es una perspectiva alternativa de la construcción del inventario”, comentó Brigitte Baptiste, exdirectora del Instituto Humboldt. 

Una tarea incompleta

Entre 2009 y 2010, el Instituto Humboldt coordinó, con el apoyo del ICN y del Jardín Botánico de Medellín, la construcción colectiva de los lineamientos técnicos para crear la Estrategia del Inventario Nacional de la Biodiversidad. En 2004, nació el Sistema de Información de Biodiversidad (SIB), que custodia los datos de 27 millones de especímenes de las 231 colecciones biológicas del país. Pero de esas colecciones biológicas, solo 70 (el 30 %) ha publicado sus datos, como se supone que deberían hacer. De las 43 autoridades ambientales del país, solo 17 lo han hecho. 

“No hemos terminado porque este país es inmensamente rico. Apenas comenzamos a inyectarle buenos recursos a esta tarea tan urgente”, dice Gonzalo Andrade, director del ICN. Por su parte Brigitte Baptiste dice que “no tenemos ningún conocimiento homogéneo sobre la presencia de las especies en distintos departamentos, la regiones han sido exploradas de manera heterogénea, y es complicado saber realmente cuántas especies de plantas hay en el Meta versus las del Tolima versus Santander. Por otro lado, conocemos poco sobre diversidad marina porque es costosísimo expedicionar, y en insectos, artrópodos y microorganismos tenemos la mínima información”.

Y es que parece una paradoja, pero entre más se descubren especies y se afinan las listas taxonómicas del país, la cifra preliminar de cuántas especies hay en Colombia decrece. Entre 2018 y 2019, el país pasó de tener 62.829 especies registradas a 51.330. Una de las razones es que la Infraestructura Mundial de Información sobre Biodiversidad (GBIF) calculaba más especies de las que el país realmente tenía registradas. Por ejemplo, los algoritmos le estaban asignando a “Colombia” las especies registradas para “Columbia”. Por lo mismo, una cifra definitiva sobre la biodiversidad del país es una utopía, al menos por ahora. 

El inventario de la biodiversidad no ha terminado. Pero tal vez Gabriel García Márquez lo expresó mejor al comienzo de Cien años de soledad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

[email protected]/ @helenanodepatio

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Helena Calle

Medio Ambiente

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