“La carretera es un boquete para explotar de manera desaforada el Amazonas”

La culminación de una vía que atraviesa el Amazonas desde Brasil hasta Perú acelerará la transformación de esta selva, frágil y vital. Liliana Dávalos, investigadora de la Universidad de Stony Brook, habla sobre las opciones para mitigar su impacto.

Trazado de la carretera BR-319 que conecta Brasil con Perú.

La epidemia de incendios recientes en la Amazonía de Brasil, Bolivia y Colombia despertó una nueva ola de preocupación global por el futuro de esta selva, considerada vital para la estabilidad del clima y el ciclo del agua en el planeta. Aunque la atención se centró en los incendios, como focos aislados, hay factores más permanentes que están impulsando la transformación de esta región.

La culminación de una extensa carretera que atraviesa la selva del Amazonas, desde Brasil hasta Perú, es uno de los motores silenciosos de la transformación de este bosque húmedo, que cada año pierde miles de hectáreas. La carretera BR-319 culmina un plan que integra otras vías amazónicas y abre la puerta de este ecosistema hacia los polos comerciales del Pacífico. 

Liliana Dávalos (imagen), profesora del departamento de Ecología y Evolución de la Universidad Stony Brook y estudiosa de los fenómenos de deforestación en los Andes tropicales, alerta sobre el efecto que tendría a corto plazo la terminación y pavimentación de esta red de carreteras. “Lo que se va a salvar lo vamos a tener que salvar ahora”, dice Dávalos, “de lo contrario todo se va a convertir en territorios apropiados”. 

Usted sostiene que el factor más crítico para la Amazonía en este momento es la finalización del trazado de la carretera que va de Manaos hasta Lima. ¿Por qué? 

La carretera BR-319 es un factor crítico porque es la culminación de una visión anticuada del desarrollo, de principios del siglo pasado, en la cual el valor de un ecosistema es solamente su productividad de materias primas. A pesar de que esta vía se abrió en los 1970s, solamente en el 2010 se cierra el tramo que conecta con Puerto Maldonado en Perú.  Ahora mismo se está hablando de pavimentarla, es decir, de dinamizar todavía más este proceso. 

¿De qué manera la carretera puede cambiar lo que es hoy el Amazonas? 

Aunque aún está destapada y solo se puede transitar durante el verano, la carretera tiene unas consecuencias hemisféricas: conecta los dos mares (el Atlántico con el Pacífico) y abre la región amazónica a la explotación de todos sus recursos con vista a las economías de Asia. Hoy el comercio internacional está inclinándose hacia allá y sabemos que esa será la tendencia en los próximos diez o veinte años. No es difícil advertir que se está abriendo un boquete para explotar de manera desaforada los recursos del Amazonas.

Lo que va a suceder con esa carretera se puede comparar con lo que sucedió en Estados Unidos a mitad del siglo XIX cuando se completó la carrilera que conectaba a Chicago con San Francisco. En ambos casos estamos hablando de áreas de baja densidad de población —comparadas con los grandes centros costeros— y con un fuerte componente indígena. Chicago era una ciudad emergente, donde se estaba explotando ganado, pieles, maderas y otra serie de recursos naturales. 

Hay unos análisis que tratan de entender cómo fue ese proceso: si reconstruimos los hábitats de esa región del mundo, vemos que los terrenos que rodeaban esa región eran boscosos. En los 50 años siguientes, los bosques simplemente desaparecieron.

Además de eso, por un lado, para llegar al fin de la frontera estadounidense, las únicas zonas que se conservaron fueron las declaradas como parques. Del otro, la gente indígena fue desplazada, en muchos casos con masacres, para apoderarse de esas tierras. Esas nuevas propiedades, la explotación de sus recursos y su uso para agricultura y ganadería, fueron parte del motor de crecimiento económico de la segunda mitad del siglo XIX.

Hoy día sobre el Amazonas hay una gran atención e infinidad de movimientos para su protección. ¿Es posible que se repita la historia del caso del noroeste de Estados Unidos?

En cada país los factores que la están destruyendo parecen muy puntuales: la explotación del oro está concentrada en Colombia y Perú; la coca siempre sale muy prominentemente de Perú, Colombia y Bolivia; en Brasil se han concentrado mucho la agricultura mecanizada, la ganadería y la extracción de madera. Podemos mirar todos esos problemas de forma aislada. Yo misma, en mis investigaciones, he estudiado esos fenómenos de manera aislada. Pero la carretera cambia todo pues abre el acceso a una zona que era poco accesible y cuyas economías funcionaban por parches. En la medida que se vaya mejorando y ampliando esa carretera, todas esas economías, muchas ilícitas como por ejemplo el oro, se van a dinamizar y quizás a integrar. 

¿Hoy día qué se mueve por esa carretera?

Cuando la carretera es transitable, en el verano o la época seca, por ella se mueve todo lo que puede salir de la Amazonia: oro, madera, animales, pieles, algunos productos agrícola, etc.

Es una visión muy precaria del Amazonas que parece no haber evolucionado en la forma como hemos desarrollado este continente económicamente por 500 años. Me refiero a que hemos despreciado usos de ese bosque que tienen más compatibilidad con la biodiversidad frente a formas de explotación que son simplemente una especie de minería del suelo.

¿Cómo han reaccionado las comunidades aledañas al trazado de la carretera?

La carretera, por supuesto, conecta pueblos y en ese sentido también ayuda a la gente. Las carreteras siempre apoyan a la gente local de algún modo porque puedes llegar al hospital más fácil, sacar tus productos para vender, etc. Tiene cosas positivas. Pero tiene otra cara que debería ponernos en alerta.

¿Cuál es la otra cara?

Vuelvo al paralelo con el ferrocarril en Estados Unidos: esa transformación no fue pacífica. Como allá hace 150 años, hoy en la Amazonía, hay gente que quiere desarrollo y mercados. Y hay gente que quiere desarrollo pero no quiere la tala y no quiere que se dé el desarrollo de estas formas. Los asesinatos son síntomas de esa confrontación que realmente es una batalla por la Amazonía. América Latina es la región donde más defensores del medio ambiente fueron asesinados en 2018, según Global Witness, muchos de ellos defendiendo esta región.

No podemos creernos que como hay un cierto ambientalismo en las ciudades vamos a salir bien librados. Esto es una batalla —y no es retórica— a muerte.

¿Quiénes han propiciado su construcción?

No es existe un solo actor que lo esté propiciando: es parte de la política pública de los países para conectar las regiones, en especial Brasil. El gobierno actual, por ejemplo, ha prometido comenzar a pavimentar al 2021. Reitero que no es una idea nueva, ya a principios del siglo pasado se hablaba de una carretera así, conectando Loreto en Perú, a través de Acre, con Manaos. Es decir, esta visión no es nueva, pero recordemos que solamente al 2010 se conecta por fin, después de décadas de abandono. 

La carretera es un eslabón más de todo un sistema de interconexión que atraviesa la selva. Existe también la carretera Interoceánica (BR-364), que viene de los núcleos industriales de Sao Paulo y Río, a conectarse con esta carretera en Porto Velho. Esta carretera se comenzó en los 1960s y se pavimentó desde Sao Paulo hasta Rondonia en los 1980s y hasta Acre poco después. Con esta articulación con varias salidas a Perú, se acaban de completar otros frentes en el occidente del Amazonas.

También hay otros planes de interconexión que tienen más que ver con políticas que son internacionales. Existe un gran plan de desarrollo para carrilleras en la región, financiado con préstamos de China. Es verdad que este plan se ha quedado colgado, pero los planes existen. 

Conectar la región tiene sus ventajas, por supuesto. Pero yo estoy diciendo: lo que se va a salvar lo vamos a tener que salvar ahora, porque de lo contrario, proyectándose al futuro, todo eso se va a convertir en territorios apropiados que entran en transacciones o especulación, con nuevos dueños y desplazamiento de la gente que ya habitaba.

Si vamos a pactar una manera de defender el territorio, lo tendremos que hacer ya.

¿Qué tipo de resistencias hay a esa carretera?

La carretera es un hecho y no tiene reversa. Sin embargo hay movimientos en Brasil, tanto de indígenas como de ambientalistas, muchos locales, que no quieren que la existencia de la carretera se convierta en medio para la apropiación de la tierra y el avance de la tala. Esos son los líderes que están poniendo el pecho y están en riesgo mortal. Se puede decir que estos líderes no están opuestos a la carretera; están opuestos a que la carretera se convierta en transformación total del territorio.

La situación del Amazonas ha despertado un interés global. ¿Qué puede hacer alguien que vive en Bogotá, Lima, México o Copenhague para contribuir a preservar esa selva?

Podemos hablar de dos niveles de movimiento ambientalista: existe un movimiento ambientalista internacional global en el cual, por ejemplo, en un mercado en Dinamarca, compras una cosa y te dicen cuál es el origen de lo que estás comprando. Y lo que te dicen está verificado por una contraparte que verifica que la zona en Brasil de donde salió la palma o la soja no fue recientemente talada. Eso está bien y hace que los consumidores de muchos países sientan que están aportando. 

Pero también existe el movimiento ambientalista que se confronta directamente a los buldóceres, a la gente que se esta apropiando de la tierra, a los intereses que sean, que son distintos en cada país pero que al final de cuentas son lo mismo: hay una especulación de tierras, hay ampliación de la frontera agrícola para crear pastizales para ganado y así apropiarse. Todo eso ocurre en los países en diferentes momentos y en diferentes niveles. La gente que se está enfrentando directamente contra estos intereses, a veces líderes sociales o ambientales, encabezan la lista de gente amenazada en Colombia, Brasil o Perú. 

Muchas de las economías ilícitas, como la coca, que están contribuyendo a transformar la región amazónica se vuelven atractivas —por no decir la única opción— para los pobladores de esa zona por la falta de acceso a otros mercados. Ahí hay una tensión entre construir vías o tratar de dejar esos territorios aislados. ¿Pareciera que ninguna de las dos opciones garantiza la conservación de la selva?

Es interesante porque la coca es punta de lanza del frente deforestador porque es ilegal, y al ser ilegal entonces se esconde. Pero es poquita la coca que se adentra de verdad en el monte. Pero en general no está pegada a la carretera porque eso la hace visible: carretera mata coca. A medida que se hacen carreteras, las personas ocupan territorio y van urbanizando. Lo vimos en el Guaviare: se abre la vía y eso hace que se consolide la ocupación o apropiación de tierras por parte del más fuerte o el más rico. En Perú y Bolivia es más bien distinto pues la coca tiene un régimen distinto y no ha tenido fumigación aérea, pero igual ya cuando hay vías de acceso pues ya se vuelven viables otros productos, otras economías. Cuando eso sucede, la coca desaparece, pero además desaparece el bosque.

¿Cómo cambiar la percepción de que un bosque en pie es tierra desaprovechada?

Para nuestro sistema dominante cuidar el bosque es un desperdicio. Hoy día, lastimosamente, la mejora es la tierra talada. En el momento en que pones una vaca por hectárea pasa a ser territorio "aprovechado" a pesar de que ahí estás contribuyendo al cambio climático, secando la Amazonía, etc. La dinámica de deforestación es tan fuerte que estamos acercándonos al punto de que la Amazonia pase de ser almacén de carbono a que comience a ser emisor. 

Necesitamos un sistema que valorice el bosque como bosque en pie y que tirarlo abajo, talarlo o quemarlo, sea destruir un mercado, un ingreso, un sistema de vida. Esos modelos ya existen y han probado ser exitosos en países como Guatemala y México, a través de concesiones forestales a indígenas y campesinos. 

¿Cómo lograr que ese cambio de percepción y actitud se instale?

La defensa de la Amazonía como bosque solamente va a ocurrir cuando exista población dentro de la Amazonía que quiera defenderla, que ya la hay, pero que tenga plenos derechos y protección institucional. No podemos estar pensando en la región como una región despoblada, sino que tenemos que, por el contrario, abrir espacios en los cuales todas estas diferentes dimensiones locales, que tienen intereses distintos, puedan participar sin terminar asesinados, como ya está ocurriendo.

Eso pone en duda los beneficios de la visión que considera que la conservación se hace a través de la creación de parques naturales y limitando todo acceso a esos territorios.

Claro. Hay experiencias muy positivas con modelos menos restrictivos que los parques naturales. ¿Qué pasa con los títulos colectivos? Que son titulaciones que se dan a una comunidad, de manera que no se pueden vender o comprar igual que la propiedad privada. Se ha visto que la deforestación en esas regiones se frena. Por eso es tan preocupante que los mismos líderes de estos grupos sean desplazados. Hasta el momento el marco legal de esos títulos colectivos ha tenido un efecto sobre el uso de suelo que es distinto al de los parques naturales. Ha tenido un efecto positivo. Pero de nuevo, si la gente se queda sola, sin apoyo, queda a merced de lo que sea. 

¿Qué se puede hacer ya que la carretera está? ¿Cómo se puede administrar ese tajo que se le hizo a la selva para evitar lo peor?

De nuevo, titular colectivamente lo que se pueda. Existen comunidades organizadas que tienen una visión de lo que se pueda hacer para cuidar el territorio. Pero es tan grave el asunto que ahora se convirtió en una confrontación violenta y no estamos hablando solamente de Colombia sino que lo vemos en toda la región. Eso es muy grave porque entonces ya no hay ley. ¿De qué vale que exista una política pública cuando se está matando a la gente que trata de defenderla?

¿Qué se puede hacer en términos de política pública? Lo primero: que exista seguridad, para todos.  Lo segundo: si nosotros queremos valorizar la selva como selva tenemos que cambiar. Vamos a tener que ver los experimentos que ha habido por ejemplo en América Central. Hay experimentos con concesiones, con formas en las cuales la persona retiene la propiedad pero tiene una limitación a los usos del territorio pero recibe un pago por limitar su explotación. Es una cuestión de ampliar la escala en la cual se están aplicando esos remedios.

¿Esos experimentos pueden llegar a reconstituir el bosque que ya se perdió? 

Sí, y restaurar es justamente lo que se necesita tanto para atrapar carbono como para restaurar la biodiversidad y el ciclo del agua. En América Latina tenemos ejemplos en Costa Rica, en Puerto Rico y en la Reserva de la Biósfera Maya en Guatemala. En cada uno de estos casos los bosques se han restaurado, a veces por abandono de los cultivos y reemplazo por bosques como en Puerto Rico; porque los sistemas agrícolas mixtos se incentivan por encima de los potreros como en Costa Rica; o porque las instituciones estatales y las comunidades locales han complementado esfuerzos para mantener y restaurar un sistema ecológico y económico integrado como en la Reserva de la Biósfera Maya.

Hace unas semanas la revista The Economist le dedicaba su portada a la situación crítica del Amazonas, en especial en Brasil. Parte de la paradoja, dice la revista, es que hay un gobierno que proclama un discurso de ley y orden pero por debajo relaja las normas sobre la conservación y casi que invita al desorden… 

Los gobiernos de cada país afortunadamente son ahora temporales pero los intereses deforestadores son permanentes. Estamos hablando de un sistema que lleva 500 años, en el que los títulos de propiedad se dan a nombre del progreso y el progreso se entiende como la deforestación, no la conservación.

Brasil tiene unas leyes muy buenas en el papel y hasta hace poco sus políticas habían frenado la deforestación fuertemente. Hoy día, dentro de las entidades de gobierno de Brasil hay un enfrentamiento sobre las medidas a tomar. Eso para mí es un síntoma de que al final de cuentas, a pesar del discurso deforestador, a Brasil como gobierno le importa lo que diga el resto del mundo. En ese sentido la presión internacional es una palanca. Pero esa palanca nunca va a ser tan fuerte como la valorización de los bosques para la gente misma que está talando.

*Periodista. Uniandes. Asesor del Centro ODS y editor del Fondo ODS.

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Lorenzo Morales*

Medio Ambiente

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