Así fue la llegada de Luis de Castro a El Espectador

Este texto rememora la llegada del editor de judicial a esta casa editorial. Seis años después de su muerte El Espectador lo vuelve a publicar.

“Y llegué al lugar perfecto”: Luis de Castro
 
Yo llegué a El Espectador días después de la caída de Rojas Pinilla. Venía de El Tiempo, donde me pusieron a cubrir las fuentes económicas. Pero las noticias judiciales eran lo mío y, como años atrás, regresé a las comisarías, a las estaciones de Policía, a conocer los extraños casos donde se configuraban en un mismo escenario la vida y la muerte. (Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)
 
Una experiencia que aprendí a conocer desde muchacho, cuando en calidad de reportero aprendiz del periódico El Liberal me correspondió cubrir el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Recuerdo que ese día, el fotógrafo que me acompañaba, Armenio Rodríguez, cogió por el atrio de la Catedral Primada y como estaban echando cala recibió un impacto y cayó muerto. (Vea algunos de los textos de Guillermo Cano)
 
Es decir, cuando llegué a El Espectador, ya llevaba varios años conociendo la naturaleza de la reportería judicial. Pero llegué al lugar perfecto, y encontré en el periódico de la familia Cano no sólo el coraje para asumir todos los desafíos propios de la libertad de prensa, sino el carisma necesario para asumir con gusto un periodismo donde también había que volverse detective, perito en criminalística o reportero de baranda. (Conozca cómo era la familia Cano)
 
Aún recuerdo, como si fuera hoy, ese afán por la chiva, esa pelea cazada con El Tiempo para ganarles la primicia. Además en los años 50 y 60, así como era bueno el equipo de jueces e investigadores del DAS o de los sabuesos del Edificio Maizena del centro de Bogotá, eran igual de audaces los reporteros que teníamos en mente las noticias judiciales. (Lea: El día que cerraron El Tiempo)
 
Ismael Arenas de El Tiempo, un periodista que optó por las noticias de la jurisprudencia; Aníbal Baena, de El Siglo, a quien pusieron preso una vez por esconderse en un armario a escuchar la indagatoria; Felipe González Toledo, el insuperable cronista y colega; o los hermanos Luis y Rafael Eslava que desarrollaban el doble oficio de datero y escritor. (Lea: Así era la redacción de los años 60 de El Espectador)
 
Fueron muchos años rastreando historias que hoy siguen perdidas en la memoria de los diarios: La saga del bandido Víctor Hugo Barragán, que rindió tributo a su historial facineroso y fue dado de baja en mayo de 1957; el excéntrico Nepomuceno Matallana, más conocido como el Doctor Mata, quien se cansó de robar y asesinar a sus propios clientes; o el crimen de una joven en el apartamento 301, que dio lugar al caso de la Gardenia Perfumada.
 
Fueron los años dorados de la crónica roja, y El Espectador nunca se quedó atrás promoviendo primicias, aunque, es justo reconocerlo, la competencia principal andaba por los lados del hermanos de casa: El Vespertino¸ donde Pablo Augusto Torres, recientemente fallecido, no se quedaba atrás para divulgar los últimos avances de las investigaciones en los juzgados y en las comisarías.
 
Fueron dos épocas extraordinarias: el periodismo judicial en torno a la sede El Espectador en la Avenida Jiménez, y la reportería cuando se estrenó la sede de la 68. Del primer escenario es inolvidable la bohemia que acompañó aquel mundo periodístico. Los linotipistas, los reporteros y hasta los directores eran localizables, porque bastaba rastrearlos en las cantinas. 
 
Cuando la sede se trasladó a la Av. 68, ya no había bares a los lados y teníamos que cubrir varias distancias en medio de tremendos barrizales. Recuerdo, incluso, que un día de bohemia y con el buen humor que siempre nos caracterizó en el periódico, le propuse a los Cano que compraran unos caballos para salir a cubrir las noticias, de tal modo que pudiéramos soltar las alforjas de muchas primicias después de soltar las cabalgaduras.
 
En síntesis, los recuerdos de El Espectador son demasiados, y los agradecimientos aún mayores. Permanecí en el periódico hasta mayo de 1998, siempre rodeado del afecto y del aprecio de jefes, amigos y compañeros. El próximo octubre, Dios mediante, estaré llegando a los 80 años, pero estoy seguro de que en esta larga vida, además de mi familia y mis amigos lo mejor que me ha pasado es haber pertenecido a El Espectador.