Cantos de bullerengue

De cómo los habitantes de María La Baja, en los Montes de María (Bolívar), olvidan sus penas con un género de alegrías y lamentos.

Así son las calles de María La Baja, Bolívar.

En María La Baja, un pequeñísimo pueblo de Bolívar que queda en los Montes de María, los pasajeros de un viejo busetón que sale de Cartagena no han terminado de bajarse del vehículo cuando un par de robustas morenas les están indicando hacía dónde dirigirse.

El calor es sofocante y, por momentos, pareciera que picara. Las calles están más llenas de tierra que de pavimento, y por las palanganas llenas de agua que salen de las casas de bahareque se nota que allí carecen de agua potable y de un sistema de alcantarillado.

El último pasajero del autobús se baja en la plaza del pueblo, cerca de una iglesia y almacenes de ropa. Justo detrás de la basílica está la Casa de la Cultura, lugar en donde se organiza el Festival Nacional de Bullerengue, que hace más de 20 años se celebra en el municipio.

Pabla Flores —a quien se le conoce como ‘La Payi’— es una de las pocas cantadoras que quedan con vida en María La Baja. La mujer, hija de la fallecida cantadora Eulalia González, ‘La Yaya’, no parece que interpretara este tipo de música. Es una abuela de cinco nietos que se la pasa haciendo oficios en una casa de tablas color lila, pero apenas empieza a cantar se escucha una voz melancólica.

‘La Payi’ está sentada en una silla plástica, al lado de una cortina que es utilizada para separar los cuartos del resto de la humilde vivienda. Un pequeño abanico sin una de sus rejillas es como agua en el desierto, es lo único que calma el intenso calor que a mediodía se siente con vehemencia. La cantadora —que no lleva puesto su tradicional vestido— se recoge el pelo y comienza a interpretar el tema que le compuso a La Yaya luego de un mes de haber muerto, hace cinco años. En la canción dice que no quiere cantar porque recuerda a su mamá y empieza a llorar.

Con sólo escucharla, cualquiera podría romper en llanto. ‘Pablita’ tiene los ojos llorosos porque a finales del año pasado fallecieron su papá y dos hermanos. Sin embargo, la matrona de ojos cafés es más fuerte que sus lúgubres canciones, es como un roble.

‘La Payi’, sin siquiera proponérselo, aprendió a cantar bullerengue. Eulalia González pasaba gran parte de su tiempo tarareando canciones mientras hacía los quehaceres de la casa, como Chamaría, un son de chalupa (ritmo de bullerengue) que ‘La Yaya’ le compuso a María Flores, otra de sus hijas. Pero sólo hace ocho años, gracias a la agrupación musical Son de Tambó, Pabla es una de las pocas cantadoras de María La Baja.

Pabla Flores, además de ser cantadora también se dedica a la agricultura: cultiva yuca y maíz en una pequeña parcela que tiene cerca de su casa de tablas. Hubo un día, antes de que se decidiera a cantar, en que su mamá fue invitada a un evento de bullerengue que se realizó en el municipio de Mompox, Bolívar; pero en esa oportunidad, Eulalia González Bello no pudo interpretar un solo tema de su repertorio, porque padecía una trombosis. “Yo tenía algo preparado, pero me dio mucho susto. Sólo después de un año me animé a hacerlo”.

En María La Baja, cada 8 de diciembre se celebra el Festival Nacional de Bullerengue: agrupaciones de distintas partes del Caribe vienen a este municipio de los Montes de María a hacer sonar los tambores y a practicar el baile cantao. Los asistentes —en su mayoría son afrodescendientes— levitan por este género que se hizo popular en la voz de la fallecida Etelvina Maldonado, con canciones como ¿Por qué me pega? y Carambantúa.

Sin embargo, en María La Baja hubo un tiempo en que las flautas dejaron de sonar. Entre 1990 y 2005, paramilitares, las Farc y el Eln se enfrentaron por el dominio de los Montes de María. Este municipio del norte de Bolívar fue durante años epicentro del conflicto. Por lo menos el 10 de marzo de 2000, el bloque Héroes de las Autodefensas desplazó a 300 familias que vivían en el corregimiento de Mampuján. Según el antiguo Registro Único de Población Desplazada, hasta agosto de 2010 los desplazados eran 18 mil, una de las cifras más altas del departamento.

Pero la violencia no sólo se evidenció en los desplazamientos forzados, también se registraron decenas de homicidios. Pabla Flores asegura que en el barrio donde ella vive asesinaron a dos personas; y Harlan Rodríguez, licenciado en etnoeducación, dice que en un atentado mataron a su hermano y a él lo dejaron gravemente herido. Por aquella época los lamentos no eran canciones de bullerengue, era el miedo que los carcomía y los tenía sumidos en una pesadilla que parecía no tener fin.

De esa violencia apenas queda un mal recuerdo, el son de chalupa, el fandango y el bullerengue sentao son una terapia para olvidar, aunque la mayoría de personas viva en condiciones extremas de pobreza. En María La Baja todavía siguen esperando que el presidente Juan M. Santos les cumpla la promesa de construirles el parque que debió estar listo en 2013 y que no pase lo mismo con el sistema de alcantarillado.

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