La defensa de Guillermo Cano por la libertad de prensa

El miércoles 26 de mayo de 1954, Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador, publicó este texto luego de que Primo Guerrero, corresponsal de este diario en Chocó, fuera arrestado.

Nota del 26 de mayo de 1954.
Tras el “Telón de Hierro” del Chocó
 
El corresponsal de “El Espectador” en Quibdó, preso al no aceptar coacción.
 
Desde la Cárcel, el Periodista Relata los Métodos Empleados contra él por el Secretario de Gobierno, Antiguo Censor de Prensa.
 
En la mañana de hoy recibió este diario un sobre enviado desde la cárcel del circuito de Quibdó por nuestro corresponsal en esa ciudad, señor Primo Guerrero C. En ese sobre se incluía un memorial al señor ministro de gobierno, que fue entregado hoy mismo, y en el cual el señor Guerrero hace un completo relato de los atropellos de que ha sido víctima por parte de las autoridades de ese departamento. A continuación publicamos las cartas que el señor Guerrero ha enviado desde la cárcel al director y al jefe de redacción de este diario. (Lea: Guillermo Cano y su lucha contra la censura de prensa)
 
 
“Cárcel del circuito. Quibdó, 24 de mayo de 1954.
Señor director de El Espectador,
Muy agradecido les estoy por las efectivas demostraciones de solidaridad con que me han favorecido en estos días. Ellas me obligan más, al recobrar mi libertad, a continuar mi labor de corresponsal periodístico de ese diario. 
Me queda satisfacción de que una vez más el prestigio de El Espectador, de ser el diario más serio del país, se ha conservado, porque sus corresponsales actuamos dentro de la mayor responsabilidad.
Como siempre, les reitero mi manifestación de que por grave que resulte a veces una información nuestra, pueden publicarla en la seguridad absoluta de que no está sujeta a rectificación de ninguna clase, pues procedemos sobre chequeo de los hechos y en muchas ocasiones nos hacemos a los documentos.
Le reitero mis agradecimientos y me suscribo a su atento servidor y amigo, Primo Guerrero C.” (Lea: Los días en los que Rojas Pinilla censuraba a la prensa)
 
Quibdó, 23 de mayo de 1954.
Señor don José Salgar, jefe de redacción de El Espectador. 
Ya libre sólo hoy de las naturales molestias del calabozo, donde estuve encerrado por tres días, soportando malolientes olores, sin luz, sin aire y las tácitas consecuencias que se derivan de su inundación, me propongo hacer un relato lo más completo del insuceso que dio origen a que se me encarcelara por orden del secretario del gobierno del departamento, señor Manuel Salge Mosquera. (Lea: El día que Colombia tuvo tres presidentes)
 
Debo, antes de entrar en materia, testimoniar a ustedes y en general a la prensa del país y a los radioperiódicos mis agradecimientos por la forma generosa con que me favorecieron con su solidaridad y su amistad. Ello me estimula para una vez recobrada mi libertad continuar adelante mi labor de servir a la verdad y a la justicia. 
Ante todo debo recordar a ustedes que apenas hace tres semanas les escribí dándoles pequeños detalles de la situación que aquí se estaba viviendo y de lo difícil que se nos hacía cada día cumplir nuestro oficio de corresponsal periodístico de este periódico, por la amenaza que teníamos de ser encarcelados de un momento a otro. 
El Chocó ha pasado a ser el telón de hierro de la república de Colombia. A esa deducción conduce todo lo que aquí ocurre.
El señor secretario de gobierno, para justificar el atropello, ha dicho que yo le falté al respeto en su despacho de la secretaría de gobierno. ¡Mentiras! Los hechos demuestran la verdad:
 
Mi viaje al bajo Atrato
El día 11 de este mes viajé al bajo Atrato a atender asuntos particulares. La primera escala de mi itinerario era Bellavista, situada a la margen del hermoso río. Allí llegamos en la madrugada del mismo día. A la mañana siguiente, al ser saludado por dos comerciantes del lugar, se me hizo esta pregunta: “¿Verdad que usted no puede bajar a Ríosucio porque el gobernador ha dado orden de que lo encarcelen dizque porque usted lo molesta mucho en un periódico?” Para mí, que tenía como meta de mi viaje la población de Ríosucio, la pregunta me mortificaba nuevamente de una situación que yo ya conocía por cartas y por consejos de todos mis amigos que venía de ese lugar: “No cometa la imprudencia de volver a Ríosucio.” Hay más: la preocupación llevó los mismos informes a conocimiento de mi esposa. Con todo y la pregunta, yo decidí ir a Ríosucio, donde asuntos personales reclamaban mi presencia, la que había venido postergando hacía dos meses por lo que yo a veces juzgaba simple guerra de nervios. Cuando avisté la motonave “Yolanda”, que subía hasta Quibdó, escribí a mi casa y notifiqué a mi esposa que al regreso de la misma nave me bajaría hasta Ríosucio, cualquiera que fuera la suerte que allí me esperare. Pero cuando entré al barco a entregarle la carta al capitán, me encontré que en ella viajaba la alcaldesa de Ríosucio, esposa del burgomaestre y célebre Jorge Díaz C., que ha establecido en esa zona un gobierno municipal muy opuesto al del espíritu de las Fuerza Armadas, que gobiernan el país desde el 13 de junio del año pasado. La alcaldesa no ocultó su ira cuando me vio y comenzó la glosa y amenazas para cuando llegara a Ríosucio, “donde las iba a pagar”. No dije una palabra y regresé a tierra una vez que me despedí del capitán a reunirme con unos amigos que me esperaban en una comida. Estando allá llegaron dos personas, un comerciante y un sastre, a manifestarme que le había oído decir a la alcaldesa al salir yo del barco “que en Ríosucio sería mi fin”. Con estas y otras expresiones por el mismo estilo que ya eran a las claras una sentencia de muerte, por quien es activa colaboradora en los negocios de su esposo y reconocida dirigente política, no permitían más dudas sobre la existencia de un plan grave para algo grave contra mí. 
Ante el dilema pues de una encarcelada o muerte en Ríosucio o Quibdó, lo lógico era que cualquiera de las dos las buscara al lado de mi familia, de mi mujer y mis hijos, como lo logré comunicarlo a mi esposa y a mis hijos que se sorprendieron de mi pronto regreso. La embarcación “La Yolanda” regresó nuevamente con la alcaldesa y una encomienda para mí, de mi esposa, que no pude recibir porque ya venía de regreso en la “Raquel María”.
Regresé pues, a Quibdó en busca de la cárcel o de la muerte y quise como los chinos “saber qué tenía la nuez adentro” y al día siguiente, 20, en la mañana salí a la calle a las 9 y 30.
 
La detención
Apenas acababa de entrar al café Citará se presentaron dos agentes del SIC, quienes me solicitaron los acompañara a la oficina. Con mucho gusto me trasladé con ellos y ya en el despacho del jefe, éste me manifestó que era el “señor secretario de gobierno quien me necesitaba” y ordenó a los mismo agentes me llevaran ante él.
Cuando llegamos al edificio de la gobernación salía el señor Manuel Salge Mosquera acompañado del señor doctor Luis F. Díaz Paz. Inmediatamente se despidió de éste y subió con nosotros a su despacho. Lo observé excitado. Saludé los empleados subalternos y alguno contestó con mala voluntad.
Cuando entramos en el despacho del secretario los agentes tomaron dos butacas retiradas y yo me senté frente al escritorio del secretario de la política y antiguo censor de prensa del régimen anterior. El señor Salge se sentó y haló hacia su pecho la gaveta central del escritorio. Pensé entonces que iba a estar frente a provocaciones y agresiones, que más que la cárcel podían costarme la propia vida.
 
El juicio
El señor secretario inundó con su mirada el enorme vidrio que sirve de cubierta a su escritorio y comenzó: “Se trata pues de notificarle que usted tiene que rectificar ya esas corresponsalías. ¡Son injuriosas! ¡calumniosas! ¡irrespetuosas! Aquí tenemos las pruebas, y el gobierno está dispuesto a no tolerar que esto siga. Ya sabe, pues, tiene que rectificar…”
Con la introducción ya podía establecer el final de este juicio. El corresponsal comenzó manifestando al secretario de la política que como periodista se limitaba a registrar hechos, simplemente hechos. Aclaró que como el secretario había hablado de pruebas éstas le servían muy bien, para hacer la correspondiente rectificación al corresponsal o directamente al periódico a Bogotá y agregó: “Me niego hacer oficiosamente la rectificación porque considero que los hechos registrados en mis informaciones a El Espectador y que hacen relación al gobierno del departamento son veraces. En este caso yo no tengo nada qué rectificar. Si el gobierno considera que no debe acogerse a la ley de prensa, debe denunciarme entonces por calumnia e injuria, ya que me ratifico en las informaciones”.
 
El secretario: “Usted tiene que rectificar. Nosotros no nos vamos a dejar mamar gallo. Yo conozco bien los periodistas, porque los he tratado durante mucho tiempo (en la censura) y las tales rectificaciones resultan mamadas de gallos. Usted tiene que rectificar, pues yo no me voy a someter a esos procedimientos, yo tengo mi propio procedimiento más rápido y efectivo y por eso usted tiene que rectificar, pues si nos tenemos que caer de la gobernación nos caemos, pero no seguimos tolerando tantas sandeces y calumnias”.
 
El corresponsal: “Ya le dije señor secretario cuáles son los caminos que le queda para escoger, pues considero que en la actualidad la república vive bajo un régimen de derecho y usted al posesionarse del cargo de secretario de gobierno juró cumplir la constitución y las leyes de la república. Le repito, yo no voy a rectificar porque nada tengo que rectificar. Me reafirmo en mis informaciones porque corresponden a la verdad.” Acto seguido le expliqué cuáles habían sido mis noticias y cómo estaban ceñidas a la más estricta verdad. 
 
Dos horas duró el interrogatorio. En ese lapso los agentes del SIC habían buscado para retirarse dos veces y el secretario de gobierno les decía: “Esperen”. 
—Señor secretario —le dije— le he indicado los caminos que señala la ley, para que usted los afronte.  Le repito que yo no tengo nada que rectificar, he dicho la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad y me ratifico en ella.  Usted en forma irregular me ha sometido durante dos horas a una tortura psicológica que aunque se prolongue indefinidamente será inútil para los fines que usted persigue. Si la muerte me ha de llegar ya, que llegue, pero yo no voy a rectificar; Ahora si es que me va a mandar a la cárcel puede de una vez hacerlo. 
El secretario giró su silla y oprimió un botón. Entró el subsecretario de gobierno, señor Ramón Octavio Osorio y le dijo: Haga una resolución por treinta días inconmutables y solicite a la alcaldía una boleta de encarcelación. 
 
—Señor secretario, ¿pero por qué a la alcaldía si es usted el que me está mandando? El señor alcalde nada tiene que ver con ésto.
—Siga… —me dijeron los agentes del SIC.
En la cárcel
Ya en la cárcel, cuando todavía estábamos en la guardia llegó el señor Osorio y me hizo pasar a las oficinas del director para para leer la célebre resolución en la cual se afirma que yo irrespeté al secretario de gobierno en su despacho. El señor Osorio dijo al director: “Es incomunicado”.
Un preso agregó: “Pero que le den la orden por escrito”.
 
En el calabozo
Al director no le quedó otro camino que cumplir las órdenes superiores. Fui llevado a una celda calabozo en la que solamente veía al guardián a las horas de entrarme los alimentos. La orden de encalabozada e incomunicación estuvo supervigilada por el señor Santurino Caicedo, visitador administrativo del departamento.
La visita de cárcel
En la visita de cárcel el día 22 todos los presos estuvieron presentes menos el suscrito. Magistrados y jueces guardaron silencio, cuando se mencionó el nombre de Primo Guerrero… “por cuenta de la gobernación”. Los reclusos protestaron y denunciaron que se me tenía encerrado en una celda infectada y que la incomunicación no era justa. Pidieron una inspección ocular y el magistrado Carlos Hernán Perea levantó la sesión. Todos tomaron apresuradamente la puerta de salida.
Ojalá este relato tenga buena suerte Esperemos que trascurran los 26 días que me restan. 
Primo Guerrero C. Corresponsal.
 
El memorial al ministro
El memorial dirigido por el señor Primo Guerrero  al ministro de gobierno dice así:
“Señor doctor Lucio Pabón Núñez, ministro de gobierno. Bogotá.
Primo Guerrero C., mayor  y de esta vecindad, comedidamente ocurre a su despacho para manifestarle lo siguiente:
 
1°. En cumplimiento del cargo de corresponsal periodístico del diario capitalino El Espectador, he venido registrando hechos que se refieren a la vida chocoana y en especial al desarrollo de las actividades que desarrolla el gobierno seccional que preside el doctor Jaime Castillo Hurtado, como gobernador, y el señor Manuel Salge Mosquera, como secretario de gobierno. 
 
2°. El día 20 de mes en curso fui detenido por dos agentes del Servicio de Inteligencia Colombiano y conducido al despacho del señor secretario de gobierno del departamento. 
 
3°. Una vez allí, el funcionario aludido me pidió, mandó y exigió que debía proceder inmediatamente a rectificar oficiosamente todas las informaciones que sobre hechos de la vida chocoana se refieren al gobierno departamental.
 
4°. Ante tan novedoso procedimiento, manifesté al señor secretario de gobierno que lamentaba no poder acceder a su petición, porque como hechos, los registrados por El Espectador, referentes a la administración departamental eran ciertos,  que me ratificaba en ellos y que no me correspondía a mí rectificar, sino hacerlo el gobierno departamental ante el periódico, por medio de una nota, o directamente a mí. El otro caso, el de considerar calumniosas o injuriosas las informaciones, a los funcionarios departamentales les quedaba el camino de presentar la correspondiente denuncia criminal y yo comparecer como corresponsal ate los jueces.
 
5°. El señor Manuel Salge Mosquera, secretario de gobierno, rechazó esa sugerencia por considerarla “mamada de gallo” y continuó insistiendo en su demanda de rectificación oficiosa, en una especie de juicio oral de dos horas, que yo debo calificar como procedimiento nazi-fascista, por estar muy distante del que señalan las leyes colombianas.
 
6°. Desde esa misma fecha me encuentro detenido en esta cárcel, privado arbitrariamente de mi libertad ciudadana. Durante 48 horas se me mantuvo incomunicado en un calabozo infectado, según lo denunciaron los presos en la visita de cárcel del sábado pasado, encharcado de agua, maloliente y oscuro, tirado sobre periódicos, en un rincón donde logré combatir la humedad.
 
7°. La resolución 42, de fecha de este mes, se  fundamenta en que el suscrito faltó al respeto en su despacho al secretario de la política departamental, y por ello se me condena al pago de arresto de 30 días  inconmutables.
 
8°. Pero ocurre, señor ministro, que no puede ser falta de respeto  el haberme reafirmado en la verdad y estar dispuesto a hacerlo ante los jueces competentes. Tampoco el haberme negado a hacer la rectificación que se me solicitó.
 
9°. ¿Pero no estaba yo ya detenido a las nueve de la mañana, señor ministro por dos agentes del SIC, cuando todavía no se me había llevado ante mi juez oral? Pero hay más para destruir la inveracidad de la farsa de “irrespeto a la autoridad”: ¿En dónde estaba los dos agentes del SIC que sirvieron de testigos a esta burla sangrienta de los postulados del 13 de junio? ¿A dónde el instituto de conservación del corresponsal?
 
10. Pero si se acepta en gracia de discusión, el supuesto irrespeto a la autoridad, ¿es el señor secretario de gobierno competente para imponer la sanción, porque él fue la víctima o en el evento de que la víctima hubiera sido el gobernador, podría acaso hacerlo? ¿El secretario de gobierno es empleado de jurisdicción y mando, señor ministro?
 
11. Si la providencia fue dictada el 20, en el caso de haber sido notificada instantáneamente, cuándo quedaba ejecutoriada y dentro de los términos que señala la ley, se pueden o no interponer los recursos legales y éstos deben tramitarse? Pues bien: en uso de esos derechos en la mañana de hoy interpuse los derechos legales de reposición y apelación y la resolución número 42 del señor secretario de gobierno solamente quedaría ejecutoriada en el día de mañana, pues yo no he renunciado al mayor término que me corresponde. 
 
12. Es decir, una vez tramitada legalmente la providencia referida podría considerarse en firme y darle cumplimiento. Ya vimos que muchas horas antes de dictarla se estaba cumpliendo por prevención preventiva que se me había hecho. ¿Desde cuándo las sanciones llamadas disciplinarias, por la lay 4° de 1913, exigen detención precautelativa o preventiva? ¿Y desde cuándo incomunicación y calabozo?
 
Estamos, pues, señor ministro, frente a un monstruoso atropello, que es abuso de autoridad y detención arbitraria, que a su hora la justicia que conocer y sancionar; pero estamos también frente a un hecho “que afecta el orden público” y es que habiendo recobrado la nación su tradicional fisionomía jurídica, con el histórico movimiento del 13 de junio, se ha privado a un ciudadano de su libertad, sin arreglo a la ley, por soberbia, por odio y por pasión, atropello que reviste mayor significación si se tiene en cuenta que lo recibe en su condición de periodista y en virtud de su libre ejercicio. 
 
No envío a su señoría copia de la resolución número 42, del secretario de gobierno, porque creo que demorará mucho en que se me expida,  si es que “no aparece”, como suceden aquí las cosas. 
 
El movimiento del 13 de junio, con sus postulados de Paz, Justicia y Libertad, encontró su “Dunkerque” en el departamento del Chocó, donde las camarillas, roscas y familias, más que nombre de departamento le asignan el de colonia, por los métodos, espíritu y prácticas.
 
En consecuencia le pido a su señoría se sirva impartir al señor de la cárcel de este circuito, las órdenes del caso para que me ponga en libertad. En el caso de ser aceptada mi solicitud, le encarezco hacerlo saber con conducto del doctor Ramón Lozano Garcés.
 
Asimismo, muy atentamente le pido se sirva disponer todo lo necesario para que se me den todas las garantías del caso a fin de que, una vez en libertad, pueda continuar ejerciendo las funciones de corresponsal en El Espectador. 
 
Adjunto al presente acompaño un duplicado de copia certificada de la boleta de excarcelación. 
 
Este memorial le llega, señor ministro, por conducto de El Espectador y va sin la correspondiente autenticación de mi firma, por razones obvias. 
Le anticipo mis agradecimientos por la atención que el señor ministro preste a este escrito, y me suscribo a su servidor y compatriota. Del señor ministro. 
Quibdó, la cárcel de circuito, 24 de mayo de 1954.
Primo Guerrero C.  CC. Número 1890079 de Quibdó”.
 

 

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