El periodista Guillermo Cano

Hace 28 años fue asesinado el director de El Espectador. Uno de sus periodistas le rinde homenaje a su memoria.

Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador, agosto de 1925-diciembre de 1986. / Archivo - El Espectador

Era un ruido infernal la redacción en aquellos tiempos. El tecleo incesante de las máquinas de escribir, los télex que escribían solos, los teletipos de las agencias internacionales, los teléfonos repicando, los noticieros radiales que muchos reporteros sintonizaban con alto volumen. Hasta un colega de judiciales que escribía dictándose así mismo con voz baritonal. Ese era el ambiente ruidoso en el que se producía El Espectador dirigido por Guillermo Cano Isaza en los años 70 y 80, época en la que el computador era apenas una especulación de los futuristas. Hoy, rememorando me pregunto: ¿cómo hacíamos para escribir en ese ambiente de desorden, con tantos decibeles? En los tiempos que corren, al menos yo, no puedo trabajar sino en la soledad de un estudio, si acaso escuchando, con sonido discreto, una sonata de Mozart o una polonesa de Chopin en el piano de Rubinstein.

Guillermo Cano era una persona especial que recorría pausadamente todos los lugares del segundo piso del edificio de la Avenida 68, con una joroba que lo caracterizaba desde joven, heredada de su abuelo Fidel, fundador de El Espectador. Igual con su cabello blanco, propio de los Cano, y ahora de quienes fuimos sus discípulos. A pesar de que tenía oficina, era el sitio donde menos permanecía pues allí sólo estaba el tiempo necesario para escribir un editorial, una de sus habituales notas ligeras de Día a Día, o para atender las pocas citas formales que concedía. El resto del tiempo deambulaba en la búsqueda de algo que solo él sabía qué era. En la redacción saludaba uno a uno a los reporteros y los requería sobre la noticia que ese día, a esa hora, debería producir su fuente. También iba al archivo de fotografía en donde un día encontró la foto de Pablo Escobar cuando era joven y ladronzuelo precoz, y le sirvió para mostrarlo como un delincuente deseoso de grandeza, de la mala. Los talleres eran así mismo parte de su rutina diaria, leyendo las galeras en plomo, observando y revisando una a una las páginas del periódico antes de su impresión.

Fue Guillermo Cano un periodista completo para quien era noticia un hecho trascendental en política, los precios del café, un triunfo de Santa Fe o de Pambelé, las corridas de toros, el Nobel de García Márquez o el reinado de Cartagena. Todas las sentía y las gozaba, así como también sufría las chiviadas de la competencia. Ese día, a las nueve de la mañana, hora de su llegada, nadie se lo aguantaba. El reportero objeto del señalamiento debía enmendar la plana consiguiendo una noticia que contrarrestara la omisión de que había sido víctima. Por el contrario era muy expresivo cuando el reportero barría con una noticia, no sólo porque era exclusiva sino porque también la adobaba y ofrecía con muchos más elementos de información que los otros medios. No le bastaban ni tres ni cuatro oportunidades para felicitarlo, de cerca y también a la distancia.

Hombre discreto, enemigo de reuniones sociales pero siempre bien informado. A las once de la mañana ya había hablado con dos o tres fuentes amigas que lo dateaban sobre las últimas, de tal manera que sus reporteros no podían echarle carreta o entrar en especulaciones. De esta manera los iba conociendo hasta llegar a un grado de confiabilidad con ellos para defenderlos frente a cualquier mal entendido o chisme, habituales en este oficio. Era un adicto a las noticias radiales que escuchaba con frecuencia en su pequeño transistor.

- Primeros años

Guillermo Cano llegó a El Espectador muy joven, apenas concluidos sus estudios secundarios en el Gimnasio Moderno. Lo inició don Gabriel, su padre, ese otro gran maestro del periodismo y de la prosa editorial. Comenzó escribiendo crónicas deportivas y taurinas, sus grandes pasiones, para luego asumir el manejo del periódico con el “Mono” Salgar lo que le permitió a Gabriel García Márquez asegurar que El Espectador era la explotación del hombre por el “mono”.

Tuvo la fortuna de estar en 1972 en los juegos olímpicos de Munich. Si bien su viaje era de turismo, con su esposa Ana María, le tocó retornar a sus años de reportero y hacer causa común con el jefe de deportes, Mike Forero Nougués. Allí Colombia obtuvo las primeras tres medallas en esta clase evento y a Guillermo Cano le tocó desde su máquina de escribir portátil cubrir el acto terrorista árabe que dio muerte a once atletas iraelíes.

Desde muy joven mostró ese olfato innato que tienen los buenos periodistas frente a la noticia, Contó su amigo García Márquez, que cuando él era reportero de El Espectador, en los años 50, llegó a la sede del periódico Luis Alejandro Velasco, un joven naufrago, a contarles el cuento de cómo había sobrevivido diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber. De entrada a Guillermo Cano, José Salgar y a él (Gabo) —todos menores de 30 años— les pareció una noticia refrita porque al personaje lo habían secuestrado varias semanas en un hospital naval y sólo había podido hablar con los periodistas del régimen, tal como sucedió recientemente con el general que dio papaya y que puso en peligro las conversaciones de La Habana. Es la historia que se repite.

“De pronto —contó García Márquez—, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzó en la escaleras y me lo puso en la mano”. El futuro Nobel se sentó con el personaje, le sacó toda la verdad de su historia, que el naufragio no había sido por una tormenta sino por el sobrepeso que llevaba la nave. Esto no sólo mostraba la verdad sino descubría las fallas en que se había incurrido, como era la de transportar carga en un destructor y que además la mercancía era de contrabando: neveras, televisores, lavadoras.

Durante 15 días seguidos las ediciones de El Espectador se agotaron y se hizo necesario hacer una edición especial que contenía el total de las crónicas. Años después, con la gloria de su autor, ellas se publicaron en un libro que hoy hace parte de su extensa bibliografía, en varios idiomas.

Tenía Guillermo Cano el olfato propio de los buenos periodistas, pero además era un maestro en el arte de titular. Algo que parece muy sencillo pero que no sólo resume y hace llamativa una noticia en pocas palabras, sino que debe contener tal número de letras que los renglones no se sobrepasen entre sí. Y a veces le ponía el picante humorístico que lo caracterizaba, como cuando tituló una crónica política mía en 1970, cuando los conservadores escogían candidato presidencial entre Pastrana, Sourdís y Belisario Betancur: “Al rojo vivo la convención azul”.

- Sus batallas

Como periodista de notas editoriales fueron varias las batallas que libró con independencia y responsabilidad cumpliendo el mandato de su abuelo: “El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”. Esa estirpe, que nació hace más de cien años sobre las cenizas de la batalla de La Humareda, que enterró la Constitución radical de 1863, la siguieron Luis Cano, Gabriel Cano y, por su puesto, Guillermo Cano. Hoy en manos distintas, El Espectador sigue esa tradición.

En los años 70, Guillermo Cano se enfrentó al emporio económico del Grupo Grancolombiano denunciando las maniobras especulativas y las acciones ficticias que manejaba Jaime Michelsen Uribe. Su espíritu combativo y libertario lo llevó después a prevenir lo que iba a pasar con el narcotráfico. Vio lo que venía y desde los comienzos de ese fenómeno denunció en su periódico las conductas de quienes por su negocio maldito mancharían de sangre la República. Él fue una de sus víctimas hace 28 años, cuando en una noche de Navidad pusieron fin a sus días. El buen Guillermo Cano se dirigía presto a su residencia para reunirse con Ana María, su esposa, sus hijos y sus primeros nietos, a rezar la novena. No alcanzó a llegar porque las balas asesinas quisieron cobrarle la valentía de sus denuncias.

Cuando lo recuerdo como periodista y como persona, como amigo y como maestro, se me ocurre transcribir lo que dijo otro gran periodista, Ben Bradlee, director del Washington Post cuando el escándalo Watergate. Es un consejo para los jóvenes periodistas que recientemente, a propósito de su muerte ocurrida en octubre, recordaron sus discípulos Woodward y Bernstein: “La nariz hacia abajo, el culo hacia arriba y con paso firme hacia el futuro”. La transcribo por tratarse de quien se trata, alguien tan excelente periodista como Guillermo Cano, pero lo hago con vergüenza porque a nuestro maestro jamás le oí decir una grosería. Y es posible que no me la hubiera permitido publicar.

Guillermo Cano daba la vida por la verdad y la noticia. Y la dio.