Relatos de militares víctimas de minas antipersona

Esta semana se presentó, en Bogotá, el libro "Esa mina lleva mi nombre", escrito por Diana Durán Núñez, editora judicial de El Espectador. Este diario publica uno de los capítulos.

María Durán – CNMH
María Durán – CNMHJosé Gregorio Ortega
Pistorius, dame una pierna
 
José Gregorio Ortega y José Gregorio Ramírez perdieron sus pies, el derecho y el izquierdo respectivamente, cuando todavía era noticia que un soldado resultara herido con una mina. Ocurrió el 3 de junio de 1991 en la vereda La Caoba, de Micoahumado, sur de Bolívar. El corregimiento Micoahumado, parte del municipio de Morales, acaparó titulares fugazmente al conocerse que el Eln había limpiado de explosivos buena parte de su territorio entre 2004 y 2005. Las zonas despejadas incluían la cancha de fútbol de la vereda La Caoba. En esa misma, trece años antes del desminado, el par de hombres que se llamaban igual aguardaron tres horas a que aterrizara el helicóptero que los rescataría, haciendo su mejor esfuerzo para no morir desangrados.
 
Eran mejores amigos. Lanzas, dicen en el Ejército. Uno pisó el explosivo al huir de las balas; el otro, intentado rescatar a su amigo lastimado. 
 
―De nosotros tomaron muchísimas fotos, gente del batallón y los periodistas ―señala José Gregorio Ortega―. A mí nunca me llegaron.
 
Los ochenta 
 
Con trece años, José Gregorio Ortega aprendió que la bonanza marimbera, así como traía dinero, traía muerte. El 28 de julio de 1980 su padre fue asesinado en una de sus fincas en el Cesar situada sobre la Serranía del Perijá, una frontera natural por el norte entre Colombia y Venezuela. Julio Ortega era dueño de varias propiedades, tanto en ese departamento como en La Guajira. En algunas tenía vacas y chivos. En otras crecían matas de marihuana. 
 
―Mi papá era un guajiro malo. Me pegaba mucho. Tuvo catorce hijos con no sé cuántas mujeres, yo solo me acuerdo de dos, de Leticia y Amparo. Era un wayuu tremendo. 
 
Los rasgos de José Gregorio Ortega ―nariz de fosas anchas, labios gruesos, ojos pequeños y tez morena― no dejan espacio para la duda: la herencia indígena y guajira de su padre habita en él.
 
―Con mis hermanos no era agresivo, yo no sé por qué conmigo sí. Tal vez porque yo era un poquito malo para el estudio y él se ponía a preguntarme vainas, que las tablas de multiplicar… Cogía un cuero de vaca que él mismo secó y con eso me daba si no le decía las respuestas correctas. 
 
Hasta donde le da la memoria recuerda que sus tíos, los hermanos de Julio Ortega, vengaron su muerte. ¿De qué manera? ¿Dónde? ¿A qué hora? ¿Por qué, en primer lugar, lo mataron? Todos son detalles que ignora. Durante su infancia odió que lo enviaran de vacaciones a La Esperanza, la finca que su padre más quería. Su ubicación era la zona rural de Villanueva, un municipio de La Guajira separado de Valledupar, capital del Cesar, por una hora en carretera. Allí era donde el “wayuu tremendo” lo azotaba al fallar como estudiante esmerado. 
 
Del asesinato de Julio Ortega quedó un testigo: el hermano menor de José Gregorio Ortega, Rubén Darío, quien tendría que huir de los fusiles una segunda vez, en la misma finca, muchos años más tarde.
 
―Él era un niño pero vio quién lo mató. No le hicieron nada porque no lo pillaron. Duró tres días con mi papá muerto ahí en la finca, que quedaba como a nueve horas de Becerril. Intentó irse al pueblo, pero terminó perdido. Apareció a los ocho días y le avisó a la mamá. Se fueron para la finca: a mi papá los perros se le habían comido un brazo. 
 
La madre de José Gregorio Ortega, Ana María Sanabria, había muerto con diecisiete años, cuando su único hijo apenas tenía doce meses de vida. Una de sus hermanas intentó quedarse con el pequeño, pero el ganadero Julio Ortega le ordenó a su hermana Felicita que irrumpiera en esa casa de inmediato y se llevara al niño con ella. Las instrucciones se acataron al pie de la letra. 
 
―Lo que más me ha hecho falta en la vida ―dice con la voz entrecortada y los ojos vidriosos― es mi mamá. No la conozco ni en fotos. Todo lo que sé es que era de Ambalema, Tolima, y que conoció a mi papá en Becerril, Cesar. Ni idea de cómo terminó ahí. Una tía que vive en Venezuela, hermana de ella, dice que tiene fotos, pero yo no la he podido localizar. Una vez me conseguí el número, pero creo que lo boté. O de pronto me dio miedo llamar, no sé. Ahí tengo mi moto, algún día tendré que ir a Ambalema.
 
Felicita Ortega asumió la crianza de su sobrino, quien la llamaba “amita”. Tal cual se lo ordenó su hermano Julio, lo acogió en su casa de Valledupar y se encargó de él así como lo hacía con sus nietos, cuya madre ―su hija― vivía en Venezuela. Era una comerciante, dueña de varios restaurantes en la ciudad, con una casa sobrepoblada de niños ajenos: cinco nietos y un sobrino. Al mencionar a los primos con los que creció, se nota que José Gregorio Ortega no ha logrado definir si ellos alguna vez le tuvieron un poco de afecto.
 
―Yo era el chiquito y ellos me pegaban mucho, no me podían ver en la calle porque me cogían a cocotazos. ‘¡Anda pa’ la casa!’, me gritaban. Creo que era porque me sobreprotegían, no me querían ver en la calle. De pronto no querían que fuera a coger malos vicios, pero también se les iba la mano en las agresiones conmigo. 
 
Los fragmentos de su vida que involucran a sus primos y hermanos los cuenta sin emoción. Sin sobresaltos. Sin resentimientos. Sin alzar la voz. Excepto si habla de Melvin, el menor de sus primos. Desde pequeños les asignaron una habitación compartida y así se volvieron hermanos de crianza. 
 
Cierto día de 1985 vendía medias veladas en el negocio que su amigo el “Paisa” tenía en la Calle del Cesar, zona de comercio en el centro de Valledupar. Observó que pasaba un camión lleno de militares. De repente, un uniformado frente a él lo tenía del cuello y lo sacudía.
 
―Muestre su libreta militar. Le digo que me muestre su libreta. ¿No tiene? ¡Pa’l camión!
 
Tenía dieciocho años. 

 
―Yo quería ser soldado pero no quería regalarme: lo hacía si me agarraban. En la Costa es así. Ahorita porque la Corte (Constitucional) prohibió las “batidas”, pero antes, si querían que uno fuera a prestar servicio, tenían que cogerlo. La gente salía a correr. 
 
Un par de años atrás su primo Melvin también había caído en una “batida” del Ejército. Felicita Ortega insistió en que se retirara pero él quiso continuar. Fue soldado siete meses.
 
―Iba en un camión que acarreaba unos materiales para Barranquilla y en el trayecto se les atravesó un carro. El conductor trató de esquivarlo, el camión dio botes y uno de los materiales le cayó en la cabeza a mi primo. ¡Amita casi se vuelve loca de verlo en un cajón! ¡Yo también! Es que la vida de los dos era muy bonita. Nuestros juegos eran el boliche, el trompo, el fútbol; nos gustaba ir a cine, conocer niñas. Era mi confidente.
 
Hace poco, José Gregorio Ortega estuvo en Valledupar y pidió que le mostraran fotos de su primo Melvin. Le regalaron una y le mostraron otras del entierro. A un hermano de Melvin le preguntó si había fotos de su infancia ―tiene muy pocas fotos de esa época―. Piensa que su primo lo malinterpretó, que tal vez creyó que él quería adueñarse de las imágenes: de un golpe cerró los álbumes fotográficos y, de paso, la conversación. 
 
***
 
La muerte de su nieto Melvin fue razón suficiente para que, al reclutar a su sobrino, Felicita Ortega se precipitara al batallón de Valledupar a hablar con un coronel amigo para que lo dejaran ir. 
 
―Amita, yo me quedo. 
 
Ella insistió. Le pidió que recapacitara, le dijo que lo quería ayudar a que estudiara alguna carrera. 
 
―Amita: yo me quedo. 
 
Resignada, a Felicita Ortega no le quedó de otra que darle mil pesos y echarle la bendición, mientras contemplaba cómo el niño que había criado se volvía hombre en un camión que se dirigía a la Quinta Brigada en Bucaramanga, capital de Santander. 
 
Lo enviaron al Magdalena Medio y al sur de Bolívar en una década en la que hablar de “orden público” en estas regiones era utopía. Durante los años ochenta, en el Magdalena Medio la ley eran los paramilitares que se habían armado contra las guerrillas; protegían los intereses del cartel de Medellín y fundaban escuelas de sicarios con mercenarios extranjeros como instructores. Las autodefensas (paramilitares), señala José Gregorio Ortega, no enfrentaban a los militares y advertían quiénes ―según ellos― eran enemigos. Pegado al Magdalena Medio, en el sur de Bolívar regía el mandato dictado desde la Serranía de San Lucas, una especie de reino del Eln del que los hermanos Castaño, fundadores del paramilitarismo en la Costa Caribe y el Urabá, lo querían destronar. Hasta la fecha, el Eln permanece allí incólume.
 
En 1987, cuando terminaba su servicio militar, José Gregorio Ortega vio por primera vez a un amigo morir. Era el cabo Barrios. Ocurrió en Santander, en el sector del Playón. Todos los días, cinco guerrilleros descendían a las seis de la mañana de su campamento a buscar leche. La información se conoció en la Quinta Brigada y el comandante de la contraguerrilla organizó a los soldados para emboscarlos. 
 
―Los íbamos a sorprender, pero los sorprendidos fuimos nosotros. Dispararon y con un solo tiro le volaron a Barrios media cabeza. Él murió por no hacer caso: a las seis de la mañana debíamos estar quietos en nuestras posiciones, listos para atacar, y él a esa hora apenas limpiaba con un machete el lugar que le había correspondido. 
 
Al finalizar el servicio militar, José Gregorio Ortega fue uno de los escogidos por el comandante de la Quinta Brigada para que continuara como soldado profesional. Su tía de nuevo se echó a la pena. Ortega se iba a la base militar de Tolemaida a hacer un curso de contraguerrilla. Le enseñaron desde cómo funcionar en el área de operaciones y disparar, hasta cómo conseguir agua de la naturaleza con un bejuco, en caso de quedarse solo en la selva y sin provisiones. 
 
El 12 de mayo de 1988 ingresó como soldado profesional y se convirtió en una máquina de guerra del Batallón Contraguerrilla Los Guanes. El nombre es de un pueblo indígena con reputación de guerreros. Era un batallón dividido en compañías con nombres de fieras: la Tigre, la Lince, la Leopardo. El Eln, así como el Epl, eran sus principales objetivos.
 
―A veces nos subíamos en buses públicos en las vías de Santander para sorprenderlos, bajarlos y darles plomo. Salíamos de cacería por ellos. Yo era guane cien por ciento. ¡Todavía me da un fresquito cuando el Ejército hace sus bombardeos y acaba con esa plaga! Mi primer combate fue después de que la guerrilla se tomara Cantagallo (Bolívar, Magdalena Medio) en 1988, recién desempacados. Íbamos para allá y en Puente Sogamoso nos atacaron, la guerrilla nos volteó un camión. A un soldado le metieron un tiro en toda la frente, el man ni supo de qué murió. Los sesos nos salpicaron. Luego dimos de baja a dos guerrilleros. En el área, a nosotros, Los Guanes, nadie nos detenía. La guerrilla nos doblegó fue con las minas. 
 
― ¿Sus operaciones siempre dejaban muertos?
 
Con su acento caribe, que convierte la letra ese en una jota con facilidad, con una brutal franqueza y sin cuestionar sus palabras, el soldado José Gregorio Ortega responde: 
 
―Preferíamos darles de baja que capturarlos. Si iban a una cárcel, salían y volvían a delinquir. Muertos no hacían más daño. La orden del comandante era clara: “Aquí no me traigan guerrilleros vivos”.
 
Los noventa 
 
―Yo hice curso de explosivos, sabía armar una carga con mecha lenta o mecha rápida. Desbaratábamos las pistas clandestinas con cargas explosivas. Sabía armarlas y desactivarlas. Eso es jugar con la vida, pero me gustaba. Lo mío es la adrenalina. 
 
El 2 de junio de 1991 el Batallón Contraguerrilla Número Cinco Los Guanes fue la respuesta del Ejército a una toma del municipio de Morales, sur de Bolívar, que ejecutó el Eln. Luego del asalto, la guerrilla secuestró a dieciséis patrulleros, un teniente y un mayor de la Policía, y los internó en su reino, la Serranía de San Lucas. Ese domingo, hombres de Los Guanes ―entre ellos, los lanzas José Gregorio Ortega y José Gregorio Ramírez― fueron trasladados en helicóptero hasta el corregimiento de Micoahumado con la orden de rescatar a los dieciocho policías. José Gregorio Ortega asegura que era imposible que el Ejército desconociera dónde había dejado a sus hombres pues en la zona, sostiene, el Eln había dejado letreros que advertían: “Campo minado”. 
 
La misión comenzó a las dos de la tarde. Doce horas después, en una vereda de Morales llamada La Caoba, se detuvieron a descansar y a las cinco de la mañana se reanudó la persecución. No solo inteligencia militar les había asegurado que esa era la ruta: en el camino se veían bien marcadas las huellas de quienes habían pasado poco antes. Al momento se dieron cuenta de que, a quinientos metros de su lugar de descanso, habían estado los guerrilleros con los policías. Unos matorrales y la oscuridad les habían impedido descubrir el campamento del Eln a tiempo. Hallaron bolsas de suero, antibióticos, inyecciones, y concluyeron que los guerrilleros iban con heridos; no era claro si combatientes o secuestrados. Había una letrina. Comprobaron que el excremento estaba fresco. 
 
―Un soldado le metió la punta de fusil y salió toda sucia. ¡Eso fue una recocha!
 
Las risas se esfumaron con los primeros disparos de la guerrilla a las seis de la mañana. Los guerrilleros sí se habían dado cuenta de quiénes eran sus vecinos y los estaban aguardando. José Gregorio Ortega, de veinticuatro años, se volteó para correr y protegerse pero una explosión cambió sus planes. 
 
―No sentí nada, solo volé. Tenía la cabeza llena de barro y mis compañeros no sabían si auxiliarme o quedarse quietos. Al ver que yo botaba muchísima sangre, el lanza mío se tiró a ayudarme. 
 
José Gregorio Ramírez y otros soldados alzaron a José Gregorio Ortega para sacarlo hacia la cancha de la vereda La Caoba. Lo cargaban como si fuera sobre una camilla invisible, pero hubo otra explosión. Esta vez, la víctima fue su amigo José Gregorio Ramírez. 
 
―El Zorro, así le decíamos al enfermero, me canalizó. Me puso una inyección que me revivió, porque había quedado como muerto. Como pudieron, nos sacaron a nosotros dos, mochos, hacia La Caoba. No sentía dolor, sentía como si me hubiera quemado. Por los oídos salía mucha sangre, la explosión me reventó ambos tímpanos. No me dolía la cabeza, pero sentía como un ruido. 
 
Del campo minado a la cancha de La Caoba, recuerda José Gregorio Ortega, la distancia era corta. No más de doscientos metros. Ninguno de los dos amigos se había percatado del pie ausente, sus compañeros los habían cubierto con sábanas de la cintura para abajo y les habían dado una versión distorsionada de los hechos. Les dijeron que las balas del Eln los habían alcanzado. Los tendieron en la cancha y esperaron el helicóptero una hora, dos horas, tres horas. El tiempo se hizo una masa lenta y pesada que se movía con dificultad; los lanzas apenas podían pronunciar palabra. José Gregorio Ortega notó que el piso de la cancha se inundaba con su sangre y la de su amigo y pensó en su hijo Jesús Andrés; había sido padre por primera vez cuatro años atrás, con diecinueve años. Creyó que era el fin de su carrera militar: no se equivocó. Ese día, la guerra le demostró a José Gregorio Ortega que la adrenalina puede ser traicionera. 
 
A las nueve de la mañana aparecieron dos helicópteros. Uno, el artillado, se quedó suspendido en el aire como guardaespalda del otro, que descendió hasta la cancha para recoger a doce soldados con lesiones. De esos doce, a diez los habían lacerado las esquirlas y solo los dos amigos estaban amputados. Aunque las esquirlas también les habían causado dolores insoportables: a José Gregorio Ortega le quitaron parte del mentón; a su mejor amigo le tumbaron dos dientes y una se quedó incrustada en su encía. En cuestión de minutos subieron a los soldados a los helicópteros para transportarlos hacia la policlínica de Ecopetrol en Barrancabermeja, el corazón del Magdalena Medio. Pero antes, los dos médicos especialistas que habían viajado a La Caoba pidieron que retiraran las sábanas que tapaban la verdad. 
 
―Ahí nos dimos cuenta de que habíamos pisado una mina quiebrapata y perdido un pie cada uno.
 
El momento antes de subir al helicóptero es la imagen más cruda que retiene el soldado José Gregorio Ortega de la secuencia en La Caoba. Al describirlo aprieta los ojos, encoge los hombros y se estremece un poco, como si lo viviera todo una vez más. 
 
―Me quedó colgando el tendón con el talón. El médico me vio así, sacó una navaja y lo cortó, el otro médico me tenía. Tendón y talón cayeron al piso. No sentí nada, me tenían con tranquilizantes. El peor momento de mi vida. Fue terrible, no quiero ni acordarme.
 
Canalizados con suero, los embarcaron. Los demás soldados de Los Guanes rodearon la aeronave por seguridad, en caso de que la guerrilla decidiera atacar. Tras un vuelo de cincuenta minutos, aterrizaron en el Batallón Nueva Granada, donde los esperaban las ambulancias. Les rompieron el camuflado como pudieron, los pusieron sobre camillas y directo para cirugía. Hasta ahí le da la memoria. 
 
***
 
El accidente sucedió el 3 de junio de 1991, un lunes. José Gregorio Ortega y José Gregorio Ramírez recobraron conciencia el martes en la mañana. Se despertaron el uno al lado del otro con las piernas operadas, con los tímpanos reventados, con el pie ya perdido, con resignación. Les ofrecieron un buen desayuno pero los soldados no querían hacer otra cosa que llorar y, apenas fuera posible, orinar.
 
En la habitación había médicos, enfermeras, sicólogos y, en la puerta, periodistas. José Gregorio Ortega, uno de los catorce hijos de un guajiro maltratador, hubiera preferido aguantar un millón de azotes con el cuero de vaca que había secado su padre para reprenderlo, que mirar un vacío en donde solía estar su pierna derecha completa. Al oírlo sollozar, desde la otra cama su lanza le repetía:
 
―Moral, moral, compañero. 
 
Luego de la revisión física y mental, periodistas de cadenas nacionales entraron a la habitación de José Gregorio y José Gregorio. El permiso, recuerda José Gregorio Ortega, venía de sus propios comandantes. Hoy es difícil imaginarse una escena así: ni habría tal autorización para los periodistas ni éstos se desbocarían a hablar con un soldado lastimado por una mina. En un país donde las cifras oficiales indican que, en la última década, dos personas fueron víctimas de ese tipo de artefactos cada día, pisar uno dejó de ser noticia hace mucho tiempo.
 
Los periodistas hicieron lo suyo: 
 
― ¿Cómo fueron los hechos? 
― ¿A qué hora sucedieron los hechos?
― ¿En qué área sucedieron los hechos?
― ¿Hubo muertos de la guerrilla? 
― ¿Hubo muertos del Ejército? 
 
José Gregorio y José Gregorio respondieron escuetamente mientras se aguantaban el dolor. En los siguientes cinco días hicieron, cada uno por su cuenta, el tratamiento que exigía su lesión. La de José Gregorio Ortega era grave; la de José Gregorio Ramírez era más grave aún. De algún modo, lograron hacer de este episodio un chiste.
 
―Marica, por culpa suya perdí la pierna, por ir a ayudarlo. 
―Si se va a quejar, ¿para qué era mi lanza? Y así no lo hubiera sido, fijo esa mina era para usted.
 
Entonces se callaban y se reían. 
 
En la búsqueda de los policías secuestrados por el Eln, cuatro soldados y un suboficial del Batallón Contraguerrilla Número Cinco Los Guanes resultaron amputados. Cuenta José Gregorio Ortega que, después de su accidente, en el campo minado encontraron ochenta y ocho artefactos más, la operación fue suspendida ante la magnitud del peligro y a los policías los liberó el Eln. Antes de ser enviados al Hospital Militar de Bogotá, en el aeropuerto Yariguíes de Barrancabermeja militares y periodistas tomaron fotos de los soldados. A José Gregorio Ortega le hubiera gustado recibirlas. 
 
***
 
En los años noventa, además, la violencia empezó a reducir el clan Ortega: José Antonio y Rubén Darío Ortega administraban la finca que su padre había dejado en la Serranía del Perijá, en la que se aparecieron guerrilleros del Eln a increparlos por no haber asistido a una reunión programada por ellos. A José Antonio lo secuestraron y nadie supo más de él. Rubén Darío, por segunda vez, alcanzó a escapar de la finca donde vio a su padre morir en 1980.
 
Manuelito, el menor de los hijos varones de Julio Ortega, se fue a jornalear al Caquetá con veinte años. Dicen que en un retén guerrillero lo detuvieron y al esculcar su billetera descubrieron una foto de su hermano militar. Dicen también que conoció a una mujer que, al ver la foto de un militar en su billetera, lo entregó a la guerrilla. La verdadera historia no es clara para nadie. 
 
―Todo lo que pasó con mis hermanos, más mi accidente: ¡claro que vivo resentido con la guerrilla! De mi parte, nunca obtendrán el perdón. Aunque sería bueno, para qué. Así podría sanar tantas heridas que todavía me afectan. 
 
***
 
En Bogotá, José Gregorio Ortega y José Gregorio Ramírez empezaron a esforzarse por su rehabilitación. La fisioterapeuta, una mujer joven, los hacía trabajar en fuerza, sobre todo del muñón, y en equilibrio. Durante un semestre distrajeron el dolor con juegos de mesa en la habitación que de nuevo compartían en el Hospital Militar de Bogotá. La familia de José Gregorio Ramírez compraba regalos para los dos. A José Gregorio Ortega no lo acompañaron sus hermanos, ni la madre de su primer hijo ―ya no había relación entre ellos― ni la tía Felicita. Su única visita fue su novia del momento, Rocío Román Guerrero, quien un año más tarde sería la madre de su segundo hijo, Frank Ernesto. 
 
―Mi familia no vino a verme por lo económico y mi tía ya estaba muy abuela, muy achacadita, tenía unos ochenta años. A ella le avisé por teléfono desde el hospital. 
 
En diciembre de 1991, Felicita Ortega, consternada, fue testigo de las secuelas de la guerra sobre el sobrino que había criado cuando fue a visitarla en Valledupar. En enero siguiente, José Gregorio Ortega y José Gregorio Ramírez volvieron a encontrarse en el Batallón de Sanidad de Bogotá. Allí, a veces, para entender los dramas ajenos, José Gregorio Ortega trataba de imitar escenas que veía, como el soldado que sin una pierna, sin un brazo y sin un ojo se ataba los cordones de los zapatos con los dientes. Él no pudo. Luego regresaron a Bucaramanga y, durante los dos años que siguieron, José Gregorio y José Gregorio viajaron cada noventa días a Bogotá para revisión. La junta médica concluyó en 1994 que ellos, así como los dos soldados y el cabo de su batallón que también cayeron con minas mientras perseguían al Eln con los policías secuestrados, debían pasar al retiro. 
 
―Todo lo viví con José Gregorio. Él fue mi lanza hasta que se mató. 
 
El 13 de abril de 2013, veintiún años y diez meses después del accidente en el sur de Bolívar, José Gregorio Ortega recibió una llamada de un amigo. Le informó que en la noche anterior José Gregorio Ramírez había muerto en un accidente de tránsito, en la vía de Bucaramanga hacia Piedecuesta. Él iba de parrillero en una moto y un taxi hizo una maniobra imprudente que lo lanzó por el aire junto con el conductor de la moto. Murió por un golpe en la cabeza con el casco en la mano. El conductor sobrevivió. Justo antes, José Gregorio y su amigo José Gregorio habían estado juntos tomando cerveza.
 
***
 
Lograr desvestirse en piscinas públicas y usar solo un traje de baño fue tan trascendental para José Gregorio Ortega como haber aprendido a caminar con la prótesis. Sentía que quitarse el pie era como desnudarse. Al principio esperaba el tiempo que fuera necesario para garantizarse a sí mismo que nadie lo observaba y, ahí sí, zambullirse en el agua.
 
―Ahora voy a las piscinas olímpicas relajado, me cambio y dejo la ropita en mi camerino. Obvio somos normales. Tenemos una discapacidad física, que es diferente. 
 
En 1996 recibió un radiograma del Ejército: había sido el ganador de un sorteo para viajar a Estados Unidos con otros tres soldados, exhibir sus prótesis y mirar otras que podrían importarse en Colombia. Estuvieron en Connecticut y en Houston. Era la segunda vez que salía del país, la primera había sido en 1988, cuando lo enviaron a hacer parte del Batallón Colombia Número Tres, el aporte local a la Fuerza Multinacional de Observadores ubicada en la Península del Sinaí, que se creó para reforzar el tratado de paz que firmaron Egipto e Israel en 1979. 
 
―Nos hicieron una pequeña capacitación de inglés y de hebreo, ¡qué idioma más difícil ese hebreo! Para los soldados ir al Sinaí es el mejor premio. Nueve meses de relax. Bueno, ni tan relax, pero la pasa uno bien. Allá nos tocó prestar guardia y hacer recorridos en el búnker que nos correspondía porque está dividido por área y por países. Cada trimestre había paseos. Nos llevaron a Tierra Santa, a Arabia Saudita, a las pirámides de Egipto; conocí el Muro de los Lamentos y la tumba de Jesús. El Mar Muerto fue espectacular, ¡uno se mete y flota! 
 
Contrario a las imágenes esquivas de su infancia, de su familia, de su accidente o de su madre, de su tiempo en el Sinaí sí conserva algunas fotos. 
 
Al regreso de Estados Unidos murió la tía Felicita. O quizá fue durante su tiempo en Estados Unidos, el dato se refunde en su memoria. Lo que sí tiene claro es que no se pudo despedir de su “amita” y que con ella la vejez no fue muy compasiva. Sufría de diabetes, sus piernas se hinchaban y sus venas se reventaban, y los dolores en las articulaciones aparecían tan frecuente que ya ni había espacio entre uno y otro. 
 
―Yo hablé con ella pero en la tumba. Ya no me oía, de pronto sí su alma. 
 
Con la muerte de la tía Felicita, José Gregorio Ortega volvió a quedar huérfano, mas no sin familia: después de Jesús Andrés ―hoy suboficial del Ejército― vinieron Frank Ernesto, Neffer, Karen Dayana, Darlys Daniela y Jerónimo. Seis hijos en cuarenta y nueve años de vida. 
 
El deporte también ha servido de conjuro contra el abismo. Luis Alfredo Celis, un soldado a quien una mina le arrebató la pierna derecha el 2 de junio de 1991 en Micoahumado ―en la misma operación en la que cayó el soldado José Gregorio Ortega, pero un día antes―, lo animó a hacer atletismo. Él, después de mucho pensarlo, aceptó la invitación. Han ocupado los escaños más altos en maratones y pruebas, en la categoría de Amputados Debajo de la Rodilla, aunque no ha podido vencer a Luis Alfredo Celis. Está a la espera de que le den una prótesis más adecuada para correr, la que tenía se dañó mientras se ejercitaba y con la actual no puede. 
 
Conoció la natación también por sugerencia de un campeón: Moisés Fuentes, quien quedó parapléjico con diecisiete años, luego de que hombres armados le dispararan a él y a su hermano, que murió. Moisés Fuentes, ganador de una medalla paralímpica de bronce en Pekín 2008 y de plata en Londres 2012, le dijo a José Gregorio Ortega que ingresara a la Liga Santander y que él se encargaría de darle las gafas, el gorro o cualquier otro elemento que pudiera necesitar. Así, la vida se le va en el gimnasio, en montar bicicleta, en ser vigilante de una empresa privada de seguridad, en su club de motociclistas ―que va a las piscinas a hacerle barra durante las competencias―, en nadar de lunes a viernes y en correr. 
 
―Yo le quiero escribir a (Óscar) Pistorius, el sudafricano, a ver si me manda unas piernas de esas biónicas que tiene. Él está preso, ¿no? ¿Por matar a la novia, fue? Bueno, estará detenido, pero me imagino que tiene sus redes sociales. Le quiero contar que soy un soldado discapacitado del Ejército colombiano, que me encanta el atletismo. Él parece tener como la misma estatura mía, yo mido un metro con ochenta. Quisiera pedirle que me ayude con una prótesis de segunda, que si me regala una de las que ya no usa.
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