El reencuentro de Mónica Restrepo y Alfredo Molano

Presentamos un texto escrito por Álvaro Restrepo, en el que recuerda y cuenta algunos detalles de la amistad de su hermana y el escritor Alfredo Molano Bravo.

Mónica Restrepo. Mataveni, río Orinoco,1991. /Jorge Mario Múnera

El próximo 9 de enero se cumplirán 20 años de la partida de mi hermana, la socióloga Mónica Restrepo. Ese fue nuestro comienzo de milenio: un brutal accidente en la Y de Ciénaga, regresando de vacaciones con su familia, nos arrancó de un tajo a uno de los personajes más luminosos e intensos que he conocido. Un ser comprometido con la vida y con causas sociales que defendió con pasión, convicción, coherencia y ética humanistas. No sólo su belleza física encandiló a todos quienes la conocieron: la suya era una belleza habitada por un espíritu indómito y rebelde que desarmaba a los más más escépticos, recalcitrantes y reaccionarios. Mónica era un huracán de simpatía, inteligencia y seducción. El sociólogo y caminante Alfredo Molano, quien recientemente emprendió él también su viaje, fue el tutor de su tesis sobre el Atrato en la Universidad Nacional. En año 2010 a raíz de un homenaje que Zulia Mena organizó en Quibdó para reconocer los aportes invaluables que Mónica hizo en la promulgación de la Ley 70 de 1993 (Ley de Comunidades Negras), Alfredo escribió:

“Mónica. La recuerdo, la vivo. Luz al viento, risa al viento. Jugaba con el agua, tocando con la mano el Atrato; desafiaba el fuego entrando al Truandó, donde las motosierras cortaban no sólo cativos para echarlos río abajo; descubrió que todos los niños lloraban a las seis de la tarde y que el coco al que temían no era negro sino blanco. Cantó con las mujeres el San Lorenzo quita el sol y trae el viento para limpiar el arroz pilado. Tembló cuando mataron de un lanzazo el último tigre mariposo en bocas de Beberá. Hiló sueños en Beté un atardecer dorado en que los pescadores sacaban en sus redes meras ilusiones. También lloró. Lloró muchas veces por la tierra perdida y por perder; por el saqueo hecho y por hacer; por la vida muerta, por la vida viva. La siento mirando el eterno instante. Y la lloro”.

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Constanza Ramírez, gran amiga de los dos, me escribió hace unos días a raíz de la muerte de Alfredo: “Se conocieron en un viaje al Inírida - donde Jorge Mario Múnera le tomó esa linda foto en Mavicure. (...) Molano quedó subyugado por la belleza y la inteligencia de Mónica y en ese viaje definieron la tesis de grado en el Chocó. Allá todo fueron fiestas. Mónica se reía mucho de él porque los niños decían que parecía un caballo. Después hicimos otros viajes al Arauca, Orinoco y Putumayo. Mientras Mónica terminaba la tesis.(...) Siempre hubo risas y complicidad con Alfredo. Más o menos...”.

En el momento de su muerte, Mónica era la responsable nacional del álgido tema de la población desplazada en la entonces Red de Solidaridad Social, durante los peores años del conflicto colombiano. A los pocos días de su muerte escribió Alfredo en El Espectador un bellísimo y sentido obituario: Dolor sobre dolor.

Un año después, publica su libro Desterrados y lo dedica a mi hermana: "A Mónica Restrepo, cuya risa derrota la muerte." Lo visité en su triste exilio de Barcelona, adonde se vio forzado a huir por amenazas de muerte y me regaló su libro, también con una dedicatoria: "Para Álvaro, hermano en el dolor, estas voces de Mónica que andan sueltas haciendo ruido."

En otra de sus columnas, el 28 de Agosto del 2010, también en este diario y que tituló A la caza del Pacífico, hace otro importante reconocimiento al aporte de Mónica a la Ley 70: “En la historia de la Ley, ella jugó un papel particular. Conocía a las comunidades, había vivido con ellas y llevó a la mesa de discusión el espíritu de identidad de los negros, su memoria y su honor”.

Hoy escribo para llorar y para honrar la memoria de estos dos sociólogos: maestro y discípula, cómplices, grandes amigos y para celebrar sus vidas, su compromiso y su dolor compartido por este país y, por supuesto, su reencuentro.

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2019-11-11T21:49:42-05:00

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