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Cuentos de mochila

En el desierto me encontré (crónica)

Presentamos una crónica que cuenta la travesía por el desierto de Wirikuta, en San Luis Potosí, México, y de la experiencia de consumir hikuri, planta sagrada del territorio.

La planta sagrada hikuri. / Cortesía

No sé si fue la publicidad de un personaje con voz aguda y nasal, que hace 20 años preguntaba en televisión: “¿marihuanita?”, y otro de similar voz le respondía: “no”, o si fue el hecho de haber estudiado en un colegio católico, donde las drogas eran catalogadas como satánicas —y bueno, también el sexo, el maquillaje, los padres divorciados y hasta el fútbol femenino—, o si simplemente no me había dado la gana probar ninguna droga por convicción o por miedo, pero en 32 años no había logrado entender la necesidad de inducirme alucinaciones, si es que el mismo mundo parece sacado de una fantasía en lo hermoso y en lo desastroso que es.

Así que, con tantas restricciones ajenas y propias, las drogas fueron un tabú hasta que viajé. A fuerza, exterminé ese prejuicio luego de escuchar innumerables experiencias normalizadas con ácidos, cocaína… y hasta ahí llega mi lista de nombres, porque nunca me interesó memorizar más. Aun así, viéndolas de frente y queriendo ser tentada a probarlas, mi respuesta siguió siendo no, incluso cuando el contexto cambió a uno más natural y espiritual, como la idea de consumir ayahuasca, peyote o san pedro para liberarme de profundos demonios.

Sin embargo, la mística escondida en la intrincada geografía física y cultural latinoamericana me comenzó a llamar, y aunque nunca se me antojó probar drogas procesadas y a mis casi 33 no he cambiado de parecer, al llegar a Cusco comencé a pensar en limpiarme con plantas sagradas para deshacerme de mis cargas. Pero no tiene nada de espiritual ni sublime tomar ayahuasca en el ático de una casa en Perú, con un personaje que se hace llamar chamán y que cobra la módica suma de 300 dólares por una supuesta experiencia supraterrenal. Las plantas sagradas han sido otras víctimas más del turismo desmedido.

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Después de seis meses de recorrer tierras incas, sin decidirme a probar ni ayahuasca ni san pedro, tomé un avión a México para hacer un viaje en patota hacia el desierto de Wirikuta, en las entrañas de San Luis Potosí, lugar en el que se conservan creencias ancestrales aún no tan explotadas para el turismo.

Wirikuta es el lugar sagrado donde por primera ver salió el sol según la cosmovisión de los wixárikas y donde viven los espíritus de sus ancestros, quienes los proveen de sabiduría. Se cuenta que este pueblo, también conocido como huichol, sufrió hace mucho, mucho tiempo, una hambruna como consecuencia de la sequía, pues la tierra no producía alimento. Los abuelos de la comunidad enviaron a cuatro jóvenes a cazar, representados por los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego. Después de muchos días de caminata y búsqueda infructuosa, agotados, hambrientos y sedientos, los jóvenes divisaron un venado robusto al que persiguieron para cazarlo, pero este era escurridizo y durante muchas semanas no tuvieron éxito. Sin saberlo, el venado los estaba guiando hacia el desierto sagrado de Wirikuta. Una vez llegaron allí, luego de haber recorrido largas extensiones de tierra, divisaron al animal y uno de los jóvenes disparó y clavó una flecha en lo que creía era su presa, sin embargo, notaron que era un venado formado por peyotes (pequeños cactus). Los jóvenes cortaron las plantas y las llevaron a su comunidad y los abuelos las repartieron para saciar el hambre física y espiritual de su comunidad. Desde entonces, los huicholes emprenden cada año una peregrinación hacia el desierto para cazar al venado azul y hacerle ofrendas en muestra de agradecimiento.

Para llegar a este lugar sagrado hicimos una travesía por carretera desde Monterrey, al norte de México, hasta llegar a la casa de Mocho, en Estación 14, un pueblo en medio del desierto. Totu Emaneika Neika, o Mocho (y aquí me perdonará por la escritura de su nombre, pues solo lo dijo en una conversación grabada), era un hombre de la comunidad xixime, pueblo de brujos. Así lo mencionó cuando indagamos acerca del peyote, esta planta sagrada que también lleva por nombre hikuri, o venado azul, y que es utilizada desde tiempos inmemoriales por los huicholes como medicina para sanar el alma y obtener sabiduría, razón de las peregrinaciones.

Éramos un grupo de cinco sentados alrededor de Mocho, escuchando atentamente sus historias. Cada palabra que decía me producía curiosidad y al mismo tiempo miedo. Nos explicaba que el objetivo de las ceremonias con hikuri era limpiar el interior para abrir la conciencia y así estar dispuestos a recibir conocimiento.

Escuchar a Mocho me aclaró que era el momento de probar por primera vez una planta sagrada. Uno de nosotros ya había estado en ceremonias de hikuri con él y estaba claro que no cobraría ni un centavo por guiarnos, por lo que estaba lejos de ser una atracción turística. Solo eso ya me dio la confianza de estar a punto de entrar a un ritual sagrado y decir que sí, a pesar de tantas veces que me había negado.

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La conversación fue el inicio de la ceremonia, o al menos así lo sentí yo. Una vez terminada esta preparación mental, porque el cerebro es el primero que interviene antes de poder meternos con el espíritu, fuimos advertidos por Mocho de que no podía internarse en el desierto por problemas físicos, pero confiaba plenamente en que nuestro compañero conocedor tenía la experiencia para ser el guía. Nos dio indicaciones para encontrar al mara’akáme o jefe del desierto, y se despidió con la confianza de saber que no tenía que ir con nosotros para estar con nosotros.

La tarde avanzó rápidamente. Fue el hijo del mara’akáme quien nos llevó a través del desierto, hasta un punto despejado donde pudiéramos hacer la ceremonia. Seguimos al pie de la letra todas sus indicaciones y las de Mocho. Rodeamos el espacio en el que estaríamos con piedras, con la intención de hacer un círculo de protección: “El desierto es una zona energética donde todos vienen a deshacerse de lo negativo, protéjanse”, nos indicaron. Buscamos leña para mantener encendida una hoguera toda la noche, sacamos los instrumentos musicales que Mocho nos había prestado como parte fundamental de la ceremonia y salimos a buscar el hikuri.

Estas plantas no son fáciles de ver. Dicen que si no estás preparado para tomarlo, no lo encuentras. Parecen mandarinas sin cáscara clavadas en la tierra, pero sus gajos son verdes. Ya estaba por llegar la noche cuando cada uno tenía una planta en su mano. Las limpiamos e hicimos fuego justo antes de la oscuridad.

Tuve miedo. Dije varias veces que estaría en vela toda la noche, pero que no comería la planta. La oscuridad, la novedad y la sugestión eran más poderosas que mis deseos. No sentía temor por mi cuerpo físico, pues pregunté varias veces si la experiencia sería de limpieza física, como había escuchado de la ayahuasca, es decir, si vomitaría hasta que me doliera el estómago. La respuesta siempre fue no. “El hikuri te relaja a un punto que da miedo a veces, porque no estás acostumbrada a esas sensaciones de bienestar. Te manda señales de lo que viene. La planta te abre la conciencia y cuando te la abre ya no hay límites para nada”. Esa fue la explicación de Mocho, así que tuve miedo de ver o sentir desde mis entrañas y revolver un lado que no conozco de mí.

Hicimos música con tambores y guitarras, cada uno se concentró en su planta y en la intención que tenía de estar esa noche en mitad del desierto mexicano. A medida que cada uno se fue sintiendo preparado, comió gajo a gajo, sin presiones, sin obligaciones. Estábamos acompañados, pero asimismo había una concentración individual que, hasta los más escépticos, porque los había en el grupo, estaban en su propia ceremonia.

Había ruidos alrededor del círculo de piedras, uno de ellos, de un ratoncito que nos robó comida y la escondió en su guarida. Pasos, tierra, hojas secas, aire y maullidos se escuchaban cerca y lejos de nosotros, había sombras que se veían pasar en un abrir y cerrar de ojos, podían ser reales o nuestra imaginación, pero ahí estaban. Estuve alerta al principio, el corazón me latía fuerte, la sugestión era más fuerte que yo. Con el pasar del tiempo me dejé hipnotizar por la danza del abuelo fuego y dejé de pensar, se agudizaron mis sentidos y desapareció el miedo.

Perdí la noción del tiempo, me acosté a observar por primera vez la vía láctea, nunca había estado en un lugar tan oscuro donde las estrellas se vieran tan claras. Cuando cerraba los ojos veía fractales que cambiaban constantemente de color. No me sentía perdida ni en otro estado de conciencia; por el contrario, me sentía más presente que nunca, conectando conmigo, con la naturaleza y con todos los presentes. Tal como lo había dicho Mocho, era una sensación de bienestar a la que no estaba acostumbrada.

La luna salió y las estrellas desaparecieron. No tuve que hacerme preguntas para encontrar las respuestas. Todo: espacio, tiempo, conciencia, cuerpo físico y mente, estaba en total armonía. El silencio reinó en la noche, la música paró y los sonidos externos al círculo también cesaron, pero la tranquilidad permaneció hasta el amanecer. No comí todos los gajos, no sentí la necesidad de hacerlo. Mocho nos contaría al día siguiente que la iniciación de los niños con el hikuri es con pocos gajos, no con la planta completa, de manera que entendí que así tenía que ser.

Al amanecer tomé en mis manos lo que quedaba del peyote y lo puse bajo una planta en el desierto agradeciendo por esa noche única de reconexión. Cabe mencionar que el hikuri está protegido y es ilegal sacarlo del desierto, debe ser extraído sin arrancar sus raíces para permitir que vuelva a crecer, y no tomarlo como un alucinógeno para una noche de diversión, sino con el respeto que se merecen las creencias ancestrales, la planta y la naturaleza.

Al regresar a la casa de Mocho nos habló del ratón robacomida, de la forma del círculo de protección, de las sombras que vimos y de cómo se veía el campamento. “¿No se dieron cuenta que estuve todo el tiempo con ustedes?” preguntó.

Volvería a comer hikuri si llega como una señal, si así lo siento, si el venado azul me muestra el camino de vuelta al desierto, y con el mismo e incluso más respeto que la primera vez. Aún pienso que es posible alcanzar un estado de armonía y entendimiento de la vida sin consumir alucinógenos, una labor espiritual que no muchos estamos dispuestos a emprender porque requiere de extrema voluntad y perseverancia.

Lo más valioso que me queda de esta experiencia, además de encontrarme con la armonía de todos los planos etéreos, es que las plantas sagradas son vehículos que conducen hacia estados de conciencia en los que nos es más fácil entender lo que no captamos cuando estamos arraigados al plano meramente físico.

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2019-11-12T21:00:00-05:00

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Natalia Méndez Sarmiento / @cuentosdemochila

Cultura

En el desierto me encontré (crónica)

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