Refracciones literarias

Jordan Mechner: El trazo rodante

Junto a la novela de La revolución de las naranjas podridas, el autor quiere impulsar la Ley 1811 sobre el derecho de los ciclistas a ocupar una vía mediante unas placas reflectivas que se instalan en la parte trasera de estos vehículos.

Cortesía

Megalopecuario o Remorchicleta podría ser cualquier lugar de esta tierra; David Ogilvy, Isaac Newton, Hannah o Rebeca podrían ser cualquiera de nosotros. Tímidos por el caos y expectantes ante cualquier revolución. Pocos asumen el liderazgo, pocos son como Newton, que creen que el humano es más poderoso que sus invenciones que se han incrustado como si fuera natural su existencia. Newton quiere encabezar la desaparición del capitalismo con la revolución de las naranjas podridas. Newton cree que es posible acabar la opulencia pedaleando contra los aires del consumo, y Newton lo cree porque “es más importante una leyenda que una campaña publicitaria”. Despojarse del miedo y aumentar “el umbral de resistencia” es clave, pues creer en la posibilidad de causar una transformación es un modo de enfrentar los temores y descubrir hasta qué punto se puede luchar contracorriente.

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Los vericuetos y las peripecias de los personajes de la novela de Jordan Mechner son tan similares como las del mismo autor. Porque pese a que poco conocemos de Jordan Mechner, sí sabemos que ha ido recorriendo los caminos más inciertos de la vida en una bicicleta. Y, probablemente, como su bicicleta, su temple es todo terreno. Al parecer, el autor fue profesor, y como profesor vio lo que las últimas generaciones cargan en su espalda. Y seguramente de ese peso asumió un nuevo reto: una novela, un proyecto, una utopía.

La revolución de las naranjas podridas nació de una línea de un cuento que escribí hace unos seis años para una revista de bicicletas. Aunque se trata de una obra literaria, va de la mano con un proyecto paralelo sobre movilidad, el uso de energías limpias y, sobre todo, la bicicleta como la base poética de todo el entramado”, afirma el autor.

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La letra de la novela es menuda, menuda como la de aquellos contratos en los que esa misma letra termina por advertirnos algo importante. Y se preguntarán por qué hablo de la tipografía y no del sentido de cada frase. Y seguramente olvidaron que un libro no solamente es la portada y la historia, pues detrás de cada elemento que compone ese objeto que pretende una eternidad que lo digital aún no vence, puede haber intenciones, mensajes o señales ocultas. Y entre lo cierto y lo falso está el valor de tomar el arte con sus manos, pues de cada sospecha o pregunta también nació este libro y también nacieron otros, los que estuvieron apoyados por las grandes industrias y los que surgieron con el mismo esfuerzo con el que se escribieron durante tantos años.

“No pertenezco al circuito editorial. Como muchos autores nuevos, debí juntar mis ahorros para poder imprimir el libro. Fui profesor durante diez años en varias universidades, tengo tres publicaciones académicas y varias investigaciones inocuas encima. Poco de eso me convence ya, por lo que decidí emprender mi camino autónomamente. Ni la impresión ni la distribución pertenecen al circuito clásico de editoriales y librerías. En una era de incontrolable producción de información, simplemente no puedo perder el tiempo visitando editoriales a ver si mi obra los convence; y las librerías se quedan con el 60 % del precio del libro, por lo que no accedí a contratar los servicios de ninguna distribuidora, mucho menos para vender apenas 300 copias de esta primera edición, y los vendo en la panadería de unos amigos”, cuenta Mechner.

Esa revolución de las naranjas podridas no se hace con armas, no se construye con teorías. La revolución de Mechner apunta a una transformación y una lucha desde los pedales. Cada “pedalazo” se convierte entonces en un avance que no solo se da en las calles y en las carreteras, sino que también se va dando en el terreno de las ideas, ese que no se pavimenta pero que sí se construye a partir de los relatos, las luchas y las utopías de quienes se atrevieron a pensar al lado del camino, como diría el argentino Fito Páez.

“Entonces sí, competir contra los grandes proveedores de la información intelectual es difícil, mucho más en esta época de memes, inmediatez y poco esfuerzo, pero prefiero hacerlo de este modo. No soy László Krasznahorkai, Slavoj Zizek o Jorge Luis Borges, pero creo con honestidad que mi novela es divertida. Una apuesta arriesgada, pero divertida o buena en algún sentido. Como lo señalé al comienzo, la novela tiene un proyecto paralelo que es promover la Ley 1811, una ley de movilidad que cumplió dos años el pasado 21 de octubre y la promuevo con unas placas reflectivas que también son invención mía, que se ajustan en las bicicletas con un soporte de hierro e imanes de alta potencia, para concientizar a los conductores del derecho al uso de la vía que tenemos los ciclistas”, aclara el autor.

 

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