Tras el lente

Pie de foto

Sebastião Salgado es el autor de la fotografía que acompaña este texto. De dicha imagen surgió un ejercicio: tomar fotografías para poder escribir algo.

Salgado se ha centrado en temas de inmigración, trabajo y la relación del hombre con la Tierra. / Cortesía Sebastião Salgado

Hay oficios que son mutaciones de la propia sombra: lo que no elegimos porque decidimos fracasar en otra cosa. Y en mi caso —supongo, el de muchos—, la mutación asumida, infantil y torpe, es fotografiar.

Recuerdo bien el momento en que empecé a aburrirme de los elogios populares que parecen puestos en cemento: “Las fotos le dan voz a los desamparados, la fotografía como denuncia, hay que mostrar el dolor o la belleza… Hay que mostrar alguna cosa”.

Hace un tiempo, con amigos, decidimos pulir la redacción y el ojo. El ejercicio era así: ver una fotografía y hablar sobre ella, pensar en lo que tuvo que pasar por la cabeza del fotógrafo para tomarla.

La foto que elegí esa vez es la que acompaña este texto, de Sebastião Salgado, y lo que recuerdo del ejercicio es:

En la foto hay un hombre cruzado de brazos sostenido por un trozo grueso de madera. Los ojos hacia el suelo, de la misma forma en que uno mira algo cuando sabe que lo verá el resto de su vida una y otra vez: con hastío.

La composición obliga a llevar la mirada al hombre que está cerca, de espaldas. Luego los ojos siguen como si uno bajara la colina con ellos —omitiendo todo lo que implica realmente estar bajando la colina con ellos—.

En un momento hay que mover la cabeza hacia atrás para lograr ver la multitud: cientos de mineros, carne sin gestos.

En algún punto, dentro de la imagen, el hombre que mira al suelo se empieza a perder, lo vemos por momentos, pero hay un hombre atrás de gorra y camisa desabrochada que empieza a ser más importante que él, y luego otro que sólo está ahí parado y ríe. Finalmente, los hombres de los que apenas podemos sospechar su rostro empiezan a importar más.

Salgado tomó las fotografías, pero al siguiente día las noticias no abrieron con Jánde, que se sentía mejor que nunca y trabajaba más duro: el sol no le molestó tanto como otras veces y llegó contento a casa con la idea de que hacía parte de algo grande.

Tampoco hablaron de Fábinho, al que le empezaban síntomas de anemia, pero seguía cargando bultos y caminando, cargando bultos y caminando...

De lo que sí se habló fue de cuánto oro se consiguió, de cómo se afectaba la economía del país y la biodiversidad.

Hay fotografías que perturban por la nitidez de los ojos y las lágrimas, por los labios desenfocados que estaban temblando de terror, porque hay polvo en el paisaje y la gente tiene los puños cerrados.

Hay otras, en cambio, que incomodan porque nos enfrentan con el lugar que los hombres ocupan en el mundo. Entonces no hacen falta el llanto ni los gestos desesperados. Hace falta darles importancia a un montón de hombrecitos sin rostro de los que nunca sabremos nada.

Pareciera que los hombres importan. Salgado sabe que no: por eso esta fotografía.

 

***

Siempre habrá algo que nadie verá nunca. En el momento en que se dispara la cámara queda guardada una parte de la realidad, del otro lado de ese artefacto hay más cosas: un hombre enfocando a una flautista, desesperado con los hijos halándole los pantalones; una mujer fotografiando la mañana, desnuda; un viejo enojado que salió a capturar una flor.

Hay fotos como los mineros diminutos que Salgado —creo— quiere mostrar: valen la pena por lo oculto en ellas.

Cuando me aburrí del tono heroico de los elogios que ya les conté, no me quedaba sino pensar de forma escueta para qué seguía tomando fotografías: para poner un pie de foto. Hago imágenes y lo que menos importa en el ejercicio es hacer imágenes. Tomo fotos para decir algo sobre ellas.