Trazos para describir el caos

Entre conversaciones públicas, intercambios personales y colectivos a la vera de los pasillos transcurrió este diálogo con uno de los más relevantes creadores del llamado periodismo en cómic.

Ilustración Joe Sacco

En los últimos años se ha visto por las calles de Colombia a un hombrecillo de gafas redondas y sombrero fedora negro cuyo andar lo mismo pasa desapercibido entre las multitudes que provoca un coro de miradas emocionadas. Como el cómic, Joe Sacco (Malta, 1960) es una

celebridad de nicho, un autor reverenciado por los amantes del periodismo en formato de caricaturas, y un bicho raro, cuando no un total desconocido para la mayoría del resto del mundo.

Visto de cerca, Joe tiene uno de los rostros más amigables del planeta. Cualquier

persona que se le acerque encontrará en él un animado interlocutor, siempre dispuesto a conversar de sus pasiones, las historietas y el periodismo. Pasiones que no tenía demasiada idea de cómo mezclar, pero un buen día se vio reporteando a través de imágenes dibujadas. A medio camino entre el cómic underground y periodismo en cómic, el trabajo de Joe Sacco ha

logrado convertirse en referente por su particular estilo de narración y por el marcado interés en contar las alegrías y tristezas de habitantes de regiones del mundo golpeadas por la violencia.

Lo mueve la curiosidad y el deseo de saber qué ocurre al interior de esos lugares que los medios hegemónicos casi siempre retratan de manera parcializada y superficial. Por eso pasa tanto tiempo en el terreno, mientras habla una y otra vez con los hombres y mujeres que viven el drama de la violencia.

Cuando ha estado en Colombia le han preguntado si el contexto de violencia del país le inspira desarrollar algún trabajo. A esto responde de manera invariable: “Sería interesante, pero habiendo tantos buenos caricaturistas en Colombia deberían ser ellos los que lo hagan; les compete a todos, tienen la experiencia de primera mano y hablan español”, dice mientras sonríe.

La de Joe es una vida que bien podría estar en un cómic (tal vez él crea lo mismo, porque se incluye en la mayoría de sus historias). Tras graduarse de periodista rodó por algunas redacciones norteamericanas con trabajos mediocres, y decidió trasladarse al Berlín de los años ochenta, donde diseñó camisetas y posters para bandas americanas que pasaban por Europa. “Fue frustrante, así que volví al dibujo. Quería alejarme de algo que yo amaba, pero que no me amaba a mí”. Se le ocurrió irse a Palestina, para hacer un cómic sobre lo que viera en Gaza, sin tener editorial, solo con sus escasos ahorros. “El asunto se volvió orgánicamente periodístico. Esa era mi formación”.

El resto es material de Wikipedia. Luego de publicar durante un par de años Palestina (una serie de cómics que recogen las memorias de su estancia por dos meses en Cisjordania y la Franja de Gaza), comenzó –por persistencia y amor a la verdad, no precisamente por éxito comercial– a rastrear y narrar varios de los conflictos más agudos de Europa y Medio Oriente.

Sus historias las escoge por instinto, se queda con aquellas que lo golpean fuertemente. “La vida es limitada”, dice, “solo podemos hacer unos pocos libros. Uno debe escoger aquellas cosas que verdaderamente importan”.

A diferencia de la mayoría de los otros dibujantes que conoce, en lugar de dibujar o bocetar mientras está investigando en el terreno -proceso que en su caso puede durar semanas y hasta meses-, se dedica a tomar notas de sus conversaciones e impresiones de los ambientes y las personas, además de fotografiar todo lo que puede. De vuelta a casa, después de un proceso de depuración y organización del material recopilado, desarrolla el guion completo. Solo entonces comienza el proceso de dibujo, a un ritmo de ocho a diez páginas por mes.

Para hacer su trabajo necesita hojas, una buena plumilla, algunos lápices y un poco más. No utiliza la computadora para crear sus caricaturas, ni siquiera sabe utilizar Photoshop. Le gusta el tacto de la hoja, la textura y el olor que deja la tinta sobre el papel. Considera que no tiene el talento para usar los colores, así que prefiere ese blanco y negro al que ha sabido exprimir y convertir en algo vibrante desde su monocromatismo.

De lunes a viernes, cuando no está en algún rincón del mundo recopilando información para sus historias, cuando no está presentando sus libros ni participando en eventos sobre cómic y periodismo, Joe se encarama en su siempre desordenado escritorio y escribe sus guiones en total concentración, o dibuja el trabajo de turno (ahora mismo un libro sobre las comunidades indígenas del noroeste de Canadá), arropado por música ambiente delicada (“interesante como el jazz y Brian Eno, no cosas aburridas, aclara”). Los sábados los dedica a ese libro maldito e interminable sobre los Rolling Stones (a la gente, que no cesa de preguntar por el estado de ese proyecto, como si fuera un convaleciente, le dice que tiene un trasfondo filosófico y goza de buena salud, y que saldrá pronto, o sea, no tiene la menor idea de cuándo lo terminará), y los domingos, descansa. O eso dice.

Cuando va al terreno la cosa es distinta, entonces activa lo que podríamos llamar “el dispositivo Sacco”. Cree que ser historietista tiene ventajas, porque no tiene que cargar con ninguna gran cámara que intimida a las personas, lo que le parece una forma tranquila y pacífica de hacer periodismo.

Cuando está en el terreno, las historias traumáticas lo acosan, como si fuera un jockey caído bajo los cascos de los caballos en una pista de carreras. Su blindaje, explica, le viene de su formación como periodista, que lo convierte en lo que él llama una especie de técnico: “Si tú conversas con cinco personas en un día acerca de una masacre, una tras otra, tienes que tener la historia, tienes que ser cuidadoso con esa persona, pero también debes saber cómo no involucrarte en el asunto. Es como ser un doctor: abres a una persona, la examinas, luego la coses y tienes que dejarlo ir y seguir adelante. Eso no quiere decir que esas situaciones no me emocionen, pero soy cuidadoso en reprimirlas”.

La parte difícil viene cuando dibuja, porque entonces es lo opuesto, debe conjurar todas esas emociones para dejarlas plasmadas en la hoja. “La paso peor cuando estoy en la mesa de dibujo que cuando estoy en Gaza, porque cuando estás dibujando tienes que habitar todo eso que dibujas, como un actor que vive un personaje, y eso cansa”.

Precisamente, para exorcizar un poco ese escrupuloso manejo de la realidad y las buenas formas fue que escribió BUMF, una sátira en la que critica la política norteamericana contemporánea. Es BUMF un libro raro, caótico, maravilloso, que no sigue la rigurosa línea de sus trabajos periodísticos, y que devuelve a Joe a sus orígenes en el cómic underground.

“Es uno de mis libros menos vendidos de todos los tiempos”, dice casi con orgullo; “durante seis meses mis regalías en Norteamérica fueron de 17 dólares”. Pero necesitaba hacer ese libro, aunque supiera que no iba a ser popular. Tenía que hacer un cómic que no fuera periodismo, que fuera surrealista y obsceno, para sacarse toda la furia que tenía adentro.

Luego de pasar décadas reseñando conflictos armados por todo el mundo, ahora Joe se encuentra haciendo un libro relativamente más calmado, sobre las comunidades indígenas en Canadá. En un principio pensó trabajar sobre la relación de estas con las industrias extractivas, pero en cierto punto mutó a una especie de ensayo sobre cómo desarrollan su espiritualidad dichas comunidades y cómo se conectan con el mundo de hoy.

A sus 56 años no parece que tenga demasiadas intenciones de tirar la toalla. Tal vez un día deje de corretear el mundo buscando historias de aquellos cuyas voces son silenciadas. Tal vez un día logre acorralar a Keith Richards y entrevistarlo, y pueda ponerle el punto final a esa historia de mil y una noches que hace sobre los Stones. Tal vez el mundo deje de funcionar básicamente a través de la injusticia y Joe se quede sin motivaciones para narrar. Pero no parece que nada de eso vaya a pasar demasiado pronto.

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