La edición XII está llegando al final

Un balance de cómo se le dio forma al estilo clásico en el Festival

El Cartagena XII Festival Internacional de Música, que estuvo dedicado a “El gusto por la forma. El estilo clásico”, mostró aciertos como establecer durante la programación horarios fijos para cada género.

Tico Angulo

Parece increíble que un período relativamente corto, de menos de medio siglo (de 1780 a 1815), se establecieron las bases y las formas de lo que hoy conocemos como música clásica. Uno se imagina que la disciplina adquirió un valor muy grande para las artes: la sonata pasó a tener una estructura inamovible de tres movimientos; la sinfonía, que en principio era una especie de preludio instrumental para las obras de teatro, se convirtió de repente en la forma magna del lenguaje orquestal, con cuatro movimientos unidos por una misma tonalidad. Salirse de esas normas era impensable. La libertad expresiva seguía existiendo, pero sólo dentro de las estructuras prestablecidas.

El Cartagena XII Festival Internacional de Música decidió, este año, profundizar en la obra de los tres pilares del estilo clásico. Dos austríacos y un alemán: Haydn, Mozart y Beethoven. Como un asomo, en algunas de las obras pudimos sentir rezagos del barroco (el período anterior) en Haydn y anticipos del romanticismo (el período posterior) en Beethoven. Todo sirvió para ubicar la música en un contexto histórico. Ayudaron también las charlas didácticas del musicólogo Giovanni Bietti, que se convirtieron en una de las sorpresas del festival: desafiando el prejuicio de que las conferencias no son atractivas, y menos a las 9:00 de la mañana, la gente llenó el recinto de la Casa 1537 para que todos los días le explicaran los secretos del lenguaje musical, los detalles de lo que iba a escucharse.

Un acierto de la programación fue establecer horarios fijos para cada género. Así nos acostumbramos a que la mañana estaba destinada a las sonatas para piano, la tarde a los cuartetos de cuerdas y la noche a las sinfonías y conciertos. No sé si desembocar aquí en el argumento de que las artes contemporáneas necesitarían más de esa disciplina, pero lo cierto es que durante diez días fue fácil entender cómo las normas bien aplicadas otorgan una claridad al pensamiento. Y esa claridad ha sido la base de expresiones tan trascendentales como la música clásica.

Los extremos expresivos son muy interesantes. En Joseph Haydn descubrimos el humor, en obras como Sonata No. 60 en Do mayor, que está llena de pausas estrafalarias y juega con las expectativas del oyente. En Ludwig van Beethoven la seriedad, expresada por ejemplo en su Cuarteto Opus 59 No. 1, en el que elaboraba a través de pasajes arduos la necesidad de convivir con su sordera. En la mitad de estos dos, tanto desde la perspectiva cronológica como musical, está Wolfgang Amadeus Mozart. No es una mitad, digamos, tibia, ni mucho menos. Es más bien la capacidad de expresar ambas emociones e incluso de expresarlas simultáneamente. La Sinfonía No. 40 de Mozart, que se interpretó en el concierto inaugural, puede ser el gran ejemplo.

Siempre me ha llamado la atención la Sinfonía No. 40. No sé si se deba a la tonalidad de sol menor en la que está escrita, pero me resulta una obra en la cual es difícil identificar la emoción. ¿Es alegre? ¿Es más bien solemne? ¿O es, directamente, nostálgica? Tal vez como en ningún otro caso en la música clásica, la obra va construyendo un enigma al mismo tiempo que avanza su fácil audición. Hace poco encontré una reflexión sobre el lenguaje de Mozart que va por esa misma senda. Está en el libro La música invisible, del musicólogo italiano Stefano Russomanno, que habla de “la seriedad escondida en la alegría, la comicidad envuelta en la tragedia, la mezcla de luz y tinieblas … la alegría y la tristeza como una unidad”. Impregnado de misticismo oriental, Russomanno llama a este fenómeno “el Tao de Mozart”.

Todas estas idas y vueltas de la emoción humana sucedieron dentro del marco rígido de la forma. Se llamaron sonatas, cuartetos, divertimentos, misas y sinfonías. Cuando algo en el orden se alteraba se llamaba “fantasía” (como la K 475 de Mozart que interpretó Martin Stadtfeld), pero no escapaba a la forma, simplemente ensayaba nuevos contornos. Luego apareció Beethoven con su Sonata No. 14. Claro de luna (que interpretó Rudolf Buchbinder) y anticipó la llegada del “nocturno” para piano, un estilo de pieza contemplativa y lánguida que se puso de moda durante el Romanticismo. Y así ha seguido avanzando la música, a base de modas, de tendencias que, bien entendidas, no son otra cosa que las formas que busca el ingenio. Por eso uno agradece la gran iniciativa de este festival que está llegando a su final: volver a poner el énfasis en el gusto por la forma.

 

 

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