En el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, a las 5:30 p.m.

Una pluma en las ruinas del 9 de abril

Hoy, la editorial Planeta le rinde un homenaje a Miguel Torres, escritor que creó una trilogía sobre el Bogotazo con los libros “El crimen del siglo”, “El incendio de abril” y “La invención del pasado”.

Miguel Torres, autor de libros como “Amor ciego” y obras teatrales como “La Siempreviva”. Juan Felipe Vásquez

Una imprenta de las Fuerzas Militares y una sede del Archivo General se observan a través del ventanal que permite que la luz del cielo toque la madera que compone el apartamento de Miguel Torres. Sentado en un sillón que da la espalda a su librero, un mueble con fotografías suyas y de su familia, de sus amigos y otros escritores, escribe en su libreta, recuerda a los que se han ido, consiente a Humo, el gato de su hijo, y se fuma un cigarrillo. A veces, más de uno.

La entrada de su casa, ubicada en el último piso de un edificio de color blanco que da la cara a los cerros orientales, está acompañada por dos afiches enmarcados que promocionan el teatro, esa pasión paralela a la literatura que ha desbordado las horas y los pensamientos del escritor bogotano, autor de una trilogía sobre el Bogotazo y de la famosa obra de teatro La Siempreviva, inspirada en el temor de los vecinos del Palacio de Justicia aquel día opaco de noviembre en que el M-19 se tomó el lugar.

Puede leer: Miguel Torres: La memoria del Bogotazo hecha literatura

En la mesa de madera con centro de vidrio, ubicada en el medio de su sala, varios periódicos, una que otra revista y múltiples libros acompañan su día a día. Un ejemplar de Un mundo feliz de Aldous Huxley, La piel de Curzio Malaparte, El adversario de Emmanuel Carrère, Diez novelas y sus autores de Somerset Maugham, Pinceladas de fútbol de David Díaz, Juan Parra y Andrés Prieto, y más hacia el centro del mueble reposan El crimen del siglo, El incendio de abril y La invención del pasado, sus libros reeditados por MaxiTusquets y agrupados como la Trilogía del 9 de Abril.

El humo del cigarrillo serpentea entre las reminiscencias y las risas de Torres cuando se dispone a dialogar sobre sus odiseas y vericuetos en la invención de este día de 1948, de los personajes que construyen el suceso que dejó un universo y una historia patria en ruinas, del antihéroe que es Roa Sierra y de la figura insuperable de Jorge Eliécer Gaitán.

“Todavía mitificamos más a un muerto tan grande, lo rodeamos de leyendas, de historias, de ideas, de una grandeza, muy merecida, por cierto, y, a medida que eso crece, cae la sombra sobre el presunto asesino que nadie quiere mencionar. En primer lugar, porque no es bueno mencionarlo, no es bueno sacarlo, porque detrás de Roa Sierra hay verdades que están ocultas y que tienen intereses de ser así, pues al Estado no le conviene. Hay una especie de conspiración del olvido, hay que olvidar eso. El olvido no solamente es voluntario; el olvido, a veces, es impuesto. La memoria es apartada y el escritor tiene que recurrir a esa herramienta para reconstruir los hechos desde un punto de vista que, quizás, arroje algunas luces sobre el crimen, que es lo que más me interesaba a mí, y la exploración del crimen, que es lo que menos le interesa al Estado, a muchos medios de comunicación, etc., entonces creo que la labor del novelista tiene que ver más con su responsabilidad como escritor y testigo de su momento de explorar esas cosas que permanecen en la penumbra”.

En el año 2006, Miguel Torres publicaba la primera de sus novelas sobre el Bogotazo. Han pasado 13 años desde que el escritor bogotano se planteó esta tarea. La historia de El crimen del siglo gira en torno a la vida de Juan Roa Sierra. Lo describe como un sujeto de lo más insignificante, de contextura delgada, casi esquelética, siempre pálido y con cara de enfermo; solitario, aislado de su familia y de sus amigos; con la mala suerte guardada en el bolsillo, sin un centavo, viviendo a costa de los cuidados de su madre y la caridad de sus conocidos; fanático de creencias sin sentido, supersticioso; perezoso, terco y con una irrefutable habilidad para meterse en líos y estar siempre en el lugar equivocado. Tenía una fijación peculiar con las figuras de poder y creía que su misión en el mundo era llegar a reencarnar las grandes proezas de hombres como el general Francisco de Paula Santander, de ahí su atracción por Jorge Eliécer Gaitán, que empezó como idolatría y terminó convirtiéndose en repulsión.

Puede leer: Letras de un pasado incendiario: un recorrido literario por “El Bogotazo”

Cuatro partes subdivididas en capítulos, casi todos de la misma extensión, que a lo largo de un número aproximado de 400 páginas relatan los últimos días de quien fuera el asesino del caudillo liberal, son la antesala de esta trilogía de Miguel Torres que se fue dando con el tiempo. El autor no lo tenía planeado. “Yo solo quería escribir un libro. Pensé que al terminar El crimen del siglo mi obsesión por Gaitán quedaría sanada. Pero con el tiempo algo comenzó a reclamarme que no podía dejar las cosas así. Si ya había hablado de lo ocurrido el 9 de abril, también tenía que hablar sobre lo que ocurrió después. Mientras busco lo que quiero decir, lo voy escribiendo y la ficción se adueña de todo. En realidad, no sabía por dónde continuar, pero fueron las voces las que me dieron la excusa”.

En el segundo libro de la trilogía, El incendio de abril, dividido en tres partes en las que el autor acude a una serie de distintas voces para describir lo sucedido tras el asesinato de Gaitán, en pleno centro de Bogotá, se narra el agobio de quienes protagonizaron, en la realidad o a través de la ficción, aquella tarde terrible de abril. En la primera parte, El día y la noche, las voces del incendio se hacen presentes. Son relatos que bombardean al lector con diferentes escenas ubicadas en un mismo espacio, momentos en el interior de otro más grande que se desarrolla casi de forma paralela. De repente, el personaje del primer relato puede encontrarse con el del sexto o el octavo, y así sucesivamente. Asistimos, pues, a un coro de voces y sollozos, a un relato polifónico que contiene lamentos y querellas, que da cuenta del asombro de quienes protagonizan un evento apocalíptico. En la segunda parte, La noche, la atención del lector se centra en la historia de una mujer que nos describe la desaparición de su esposo y su débil intento por encontrarlo. Una narración conmovedora que revela la ilusión de esta mujer por ver de nuevo al hombre que acompaña sus días, un pintor que recientemente se había dedicado a retratar al caudillo liberal y que en cuanto culminó con la tarea salió a hacerle entrega del cuadro a Gaitán, pero no contaba con que ese día sería asesinado y él quedaría atrapado en medio del escándalo.

En la tercera y última parte, La noche y el día, un hombre de familia acomodada, bien relacionado con la oligarquía colombiana, se entera del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y se esconde en una casa en venta por temor a que la muchedumbre lo busque para asesinarlo. Junto a él, otros vecinos del sector deciden refugiarse allí y en medio de la incertidumbre debaten sobre política y los rumbos que tomará el país a partir de entonces.

El cierre de la trilogía se da con el libro La invención del pasado. Aquí, los Barbusse se empeñan en impedir que las ruinas que se han tomado la ciudad, años después del 9 de abril, se instalen también en sus vidas. A punta del amor poderoso que solo existe entre la familia, este grupo de afortunados traman las rutinas felices de todos los días, mientras las sombras de las violencias van y vienen y a veces parecen darle tregua a la tranquila intimidad de la casa familiar, aunque sus habitantes sepan que nunca dejarán de acecharlos.

La historia es narrada por Henry Barbusse, el niño al que Ana Barbusse encuentra desamparado en un callejón aquella noche del 9 de abril, y a través de él conocemos las vidas de su madre, de Martina y Juan Pablo, de la abuela de ellos y los amigos que con los años van apareciendo. En El incendio de abril, Ana sale en busca de su esposo, pero en lugar de él encuentra a este pequeño niño que decide tomar como suyo para criarlo y amarlo por el resto de sus días. Este hijo no nato de Ana se convierte en pintor, como Francisco, el esposo desaparecido, y pasa sus días retratando los rostros del dolor, de aquella violencia que pulula en el aire y les hace la vida imposible.

Todo ocurre en una casa grande del centro de Bogotá, que con el tiempo se convertirá en un resguardo al que acudirán los personajes para salvarse de sí mismos, una especie de bucle que los mantiene intactos, aparentemente protegidos ante el paso del tiempo y el azote de las injusticias en un país que parece no aprender de sus errores. El lector se internará en estas páginas con curiosidad absoluta y con el correr de las mismas será testigo de esta historia conmovedora que le permitirá entender que, a prueba de todo, la vida se impone y es siempre más fuerte que la muerte.

La obra de Miguel Torres, en palabras de Guido Tamayo, es la reivindicación de una memoria que se contrapone a la amañada de nuestra historia oficial. Una memoria que narra los entresijos amargos de nuestro fracaso como nación desde el asesinato impune de Jorge Eliécer Gaitán hasta la debacle del Palacio de Justicia. Una memoria que nos ayuda a entender por qué no hemos podido ser felices a pesar de haberlo deseado intensamente.

863314

2019-05-29T21:00:00-05:00

article

2019-05-29T21:00:01-05:00

[email protected]

none

Santiago Díaz Benavides y Andrés Osorio Guillott

Cultura

Una pluma en las ruinas del 9 de abril

38

9722

9760