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Vestigios de una Habana envejecida

El escritor Leonardo Padura presentó su novela “La transparencia del tiempo” en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

“El hombre que amaba a los perros” es una de las novelas más reconocidas del autor cubano. / EFE

El cubano que fue policía apareció por primera vez en Pasado perfecto. Una intempestiva llamada lo levantó de su desagradable resaca: era su superior, encargándole un caso. Siguiendo año tras año, fiel a su olfato, las huellas de crímenes que quizá solo sucederían para que él tuviese cómo expresar su fascinación literaria, su consciencia libresca, Mario Conde anduvo de ficción en ficción, de escena del crimen en escena del crimen, rastreando, leyendo, descifrando, dudando, yendo, volviendo, haciendo de cada uno de sus días un complejo entramado que perseguía el revelamiento de un iceberg oculto detrás de cada palabra, de cada prueba. En 1960 le tocó enfrentarse a un caso singular: en la casa museo de Hemingway, a las afueras de La Habana, aparecieron los restos de un hombre junto a una placa del FBI; esto llevó a Conde a recordar unos años atrás, cuando pudo decirle a su admirado: Adiós, Hemingway.

Ahora Mario Conde está retirado. Cercano a los sesenta años, reflexiona sobre su vejez, sabiéndose distante de su abuelo, de Hemingway y de Trotski, los viejos que habían sido referentes para él. Imaginando su cifra redonda, el Conde cuenta con “razones de sobra para no pretender ser un Viejo, con derecho a la mayúscula, […] apenas se estaba convirtiendo en un viejo de mierda”, como dice en La tranparencia del tiempo.

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Por décadas, este hombre escéptico, de pensamiento profundo, ha observado su ciudad y con su mirada ha dibujado en el horizonte de su andar los ecos de un país cambiante: “Mario Conde ha vivido conmigo mi vida física y mi vida histórica. Es decir, ha vivido estos años en Cuba. […] Le he transferido mis preocupaciones sobre la vida, sobre qué es ser en el tiempo”, dice Leonardo Padura, como si las palabras que pronuncia nacieran de la profundidad de su garganta, antecediendo el acento y cruzando los canosos bigotes que salen de su piel morena, casi que calcando el espesor del humo de un tabaco cubano.

Padura nació en La Habana cuatro años antes de la Revolución. Se graduó de filología en esa misma ciudad en 1980 y obtuvo su primer puesto —para suerte suya, aclara— en el año mismo de su grado. Entró a la revista cultural El Caimán Barbudo. Tres años después arribó al periódico Juventud Rebelde, donde al comenzar fue señalado de problemático ideológico; luego de tres meses en el Juventud, pasó al equipo que se encargaba de la edición dominical y tuvo la libertad de escribir lo que quisiera, sin importar las maneras ni los tiempos que tardara en entregar.

En 1990 envió su primera novela a un concurso en el que obtuvo el primer puesto, pero no se lo dieron, no podía ganarlo, no en esa Cuba. Finalmente la Universidad de Guadalajara sacó la primera edición de Pasado perfecto y allí mismo, en Guadalajara, Padura presentó hace unos días La transparencia del tiempo, la novena entrega de la serie sobre Mario Conde. Lo que hasta entonces había publicado de reportajes, investigaciones e incluso esa primera novela, lo había hecho a máquina de escribir. Cuando llegó el computador a la isla los cubanos no tenían derecho a comprarlo. Pero Padura tenía un amigo gringo que les hizo el favor a él y a otros periodistas de comprar computadores por ellos: el gringo tenía casi treinta a nombre suyo.

El oficio de periodista fijó en él una conciencia mayor a la hora de componer un texto, lo llevó a comprender las necesidades que su propia obra le iba exigiendo y que lo llevó a poder reconocer sus capacidades e incapacidades de narrador. Por ejemplo, después de haber escrito sobre Moscú en El hombre que amaba a los perros, tuvo la ocasión de ir —señala su rareza al ser uno de los pocos cubanos que nunca había ido a Moscú— y cuando notó la desproporción de la ciudad en relación con su texto, replanteó la escritura: una suerte de hazaña de campo le hizo retornar al papel. “Cuando investigo descubro algo que me avienta mucho: el tamaño de mi ignorancia”. Habla sin soltar el humor. Tiene la jocosa anécdota de cuando vino a la UNAM a recibir su doctorado honoris causa; por la altura, le tocó subir de a poco, unos días en un pueblo, otros días en otro y así hasta que llegó a la Ciudad de México.

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Ha escrito, entre otros, sobre Paul Auster y Alejo Carpentier; del primero, para confesar que quisiera ser el autor de La trilogía de Nueva York y para reflexionar sobre las entrevistas que responde un escritor que decidió quedarse en Estados Unidos y uno que quiso quedarse en Cuba, entre uno que pudo pasar la añorada temporada en París y uno que debía superar los vericuetos estatales para siquiera soñar con París. Del segundo, ensayos que han aportado a la lectura de su obra y configuran una serie de pensamientos en torno a lo real maravilloso, a lo insólito. En palabras de Carpentier: “Lo asombroso, todo lo que sale de las normas establecidas”, como un umbral para entrar en los contextos de América Latina, reconociendo sus procesos, dando razón de que aquí la historia, como la naturaleza, ha sido indómita; de que aquí convergen todos los tiempos de forma normalizada, no como una infinita línea recta, sino como un caracol o un huracán.

Tomarse el tiempo de comentar obras como la de Carpentier y escribir historias con un pretexto policial que de fondo apela a la mirada crítica sobre un contexto, sus antecedentes y sus causas, es continuar la gesta de cuidar el faro con el que anteriores escritores voltearon el rostro sobre otras posibilidades para América Latina, que se alejaban del neoliberalismo arrasador de monedas y trabajadores. Para él lo histórico es un sostén con el que arma su obra. Frente al futuro cubano, opina que hay que pensarlo a partir de una nueva perspectiva, pues no hay modo de que la economía cubana siga sosteniendo el mismo sistema.

Hoy en día él ve “una Habana de seres invisibles, una Habana de migrantes nacionales que vienen de condiciones muy precarias”, una Habana que ha estado envejeciendo “en algunos casos de la peor manera” y, acariciando con las yemas de su mano derecha la manga izquierda de su camisa rosada, termina de hablar de su isla diciendo: “Las cosas que uno odia más entrañablemente son las que ama más entrañablemente”, su relación con su tiempo y su ciudad le permitió alejarse y v-e-r.

 

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