La historia que Colombia desconoce una y otra vez

El Chocó protesta y Primo Guerrero resucita

En las calles de Quibdó recuerdan a este líder cívico, corresponsal de El Espectador y amigo de García Márquez.

Dilon Martínez (der.) coordinador del Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó. / Jeison Riascos C.

En las manifestaciones del pueblo chocoano contra el eterno abandono estatal, se oyó la voz indignada de una líder cívica: “Desde los años de Primo Guerrero andamos en las mismas”. Primo Guerrero Córdoba, nacido en Quibdó el 21 de agosto de 1911, fue quien armó, junto a Gabriel García Márquez, la famosa “Historia íntima de una manifestación de 400 horas”, con que el entonces periodista de El Espectador y luego nobel de literatura empezó en septiembre de 1954 la serie de denuncias “El Chocó que Colombia desconoce”.

García Márquez supo de Guerrero en la redacción del diario en Bogotá porque don Guillermo Cano, el director, y don José Salgar, jefe de redacción, lo pusieron a leer los reportes semanales que desde la capital chocoana daban cuenta de los reclamos de una población olvidada en medio de la biodiversidad de la selva; sin agua potable, hospitales, escuelas o vías de comunicación distintas al aeroplano y el río Atrato.

En mayo de 1954 se convencieron de la gravedad del caso cuando, por carta de puño y letra del corresponsal, se enteraron de que estaba preso. El secretario de Gobierno regional, Manuel Salge Mosquera
—conocido censor de prensa del gobierno conservador de Laureano Gómez y entonces al servicio del régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla— lo encarceló por denunciar la corrupción de funcionarios que se robaban parte del presupuesto enviado desde Bogotá para aliviar sus desventuras.

Lo hacía al menos desde 1940, cuando, siendo ya un reconocido líder social, fundó el periódico En Guardia. Había recibido amenazas de muerte y Salge le exigía: “Usted tiene que rectificar ya esas corresponsalías. ¡Son injuriosas! ¡calumniosas! ¡irrespetuosas! Aquí tenemos las pruebas, y el gobierno está dispuesto a no tolerar que esto siga”.

Tras un interrogatorio de dos horas, el periodista ratificó lo publicado, por ejemplo las irregularidades en la compra de vehículos para altos funcionarios por sumas exorbitantes o la imposición del impuesto de degüello a la carne enlatada. De inmediato fue condenado a 30 días de cárcel por “grave irrespeto” a Salge.

Cano y Salgar denunciaron el hecho en las páginas editoriales de El Espectador durante varios días: “En la mañana de hoy recibió este diario un sobre enviado desde la cárcel del circuito de Quibdó por nuestro corresponsal. En ese sobre se incluía un memorial al señor ministro de Gobierno, que fue entregado hoy mismo, y en el cual el señor Guerrero hace un completo relato de los atropellos de que ha sido víctima”. Y respaldaron a su reportero: “El peculado se está devorando el presupuesto departamental del Chocó lenta pero seguramente. El número de tales actos delictivos alcanza cifras increíbles”.

Mientras se definía su suerte, Guerrero contaba del “calabozo infectado donde estuve encerrado por tres días, soportando malolientes olores, sin luz, sin aire y las tácitas consecuencias que se derivan de su inundación”. Escribía una frase que se usaba como antetítulo de sus informes: “El Chocó ha pasado a ser el telón de hierro de la República de Colombia”.

De Guerrero oí hablar con admiración en junio de 2009, cuando el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo convocó en Quibdó a los 60 maestros más experimentados de la tradición educativa del Chocó y los exaltó como ciudadanos ejemplares. Consolación Murillo de Lozano, madre de Alexis Lozano, director de la Orquesta Guayacán, me dijo entonces: “Tengo 90 años, soy maestra por vocación desde que empecé a enseñar a cantar y rezar en 1938 impulsada por educadores como Primo. Gracias a eso fui feliz”.

Ahora un vocero de la protesta actual en Quibdó me mandó un “Recuento histórico de la trayectoria de la educación en el Chocó”, firmado por Miguel Antonio Caicedo. Da cuenta de las movilizaciones sociales de comienzos de los años 30: “en el pueblo reinaba la inquietud política, cuando llegó don Primo Guerrero C. con sus ideas comunistas y comenzó sus arengas desde el balcón de la plaza… aprovechaba los sábados en la mañana, horas en que la gente acudía de todas partes a realizar sus compras… en todas sus intervenciones empleaba dos o tres veces estas palabras: ‘oídlo bien, camarada. Eso es un chantaje a la masa obrera y campesina del Chocó’”. Según el relato, “consiguió bastantes adeptos, tanto que cuando resolvieron no prestarle sus balcones por la persecución de la política y la curia, sus amigos le proporcionaron una tribuna portátil que le llevaban de una esquina a otra”.

En medios como Chocó 7 Días encuentro testimonios sobre 1954 como el de D’Yamil Antonio Bedoya C., quien asegura que “el artífice principal fue Primo Guerrero Córdoba, gran movilizador de las masas. Los maestros, orientados por él, cerraron las escuelas y los alumnos con bandas de guerras de panas y tarros, las cornetas de la Valencia Lozano, se tomaron las calles”. En un artículo sobre “las luchas del Chocó”, publicado por las2orillas.co, José E. Mosquera lo llama “el hombre orquesta”.

En el Museo Histórico del Instituto Femenino de Enseñanza Media y Profesional de Quibdó enseñan a las nuevas generaciones sobre los “chocoanos que son luz para los demás” y en la lista figura Primo Guerrero: “periodista, pedagogo, destacado funcionario público revolucionario, actor principal del 9 de abril de 1948, amante del Chocó, hombre de abundantes méritos cívicos”. Con igual respeto lo citan en las memorias de “los colegios para señoritas” de Quibdó e Istmina, en 1934, y en la reseña de creación de la Escuela Normal Superior de Quibdó, en 1936.

Había motivos de sobra para que la comunidad protestara por la detención de Guerrero en 1954. Eso, más la presión desde El Espectador, permitió que fuera liberado luego de diez días. Una vez salió, denunció al secretario de Gobierno por abuso de autoridad, detención arbitraria y prevaricato. La persecución contra Guerrero se intensificó por eso y porque siguió denunciando mientras el Ejército lo descalificaba basado en una detención registrada en 1951 bajo cargos de “elemento comunista”, “auxiliador de bandoleros” y “autor intelectual” de protestas estudiantiles como la del Colegio Carrasquilla. “Hace comentarios públicos que van contra la normalidad y el orden”, dice el reporte. En agosto fue detenido “preventivamente” y aun así sus publicaciones en El Espectador condujeron a la renuncia del secretario de Gobierno y del director de Educación del Chocó, Gabriel Gallegos.

La historia se reconstruye con base en las páginas del periódico, de mayo a septiembre de 1954. Gabo contó en Vivir para contarla (2002) que cuando sobrevolaron la plaza central de Quibdó ya no había protesta alguna y cuando encontró al corresponsal en su casa descansaba en la hamaca. En reportaje del periodista Germán Castro Caycedo, publicado por este diario en marzo de 1977, el novelista recordó el encuentro con ese “negro grandísimo”: “Le pregunto: ‘¿Dónde está la manifestación permanente?’. Dijo: ‘no, si aquí no hay manifestación permanente. Lo que pasa es que yo no entiendo cómo es posible que esta gente tenga tan poco espíritu cívico que van a desmembrar al Chocó, lo van a repartir, van a acabar el departamento y nadie se ha preocupado, y entonces yo decidí inventar por telegramas’. Le dije: ‘Mira, te advierto que yo no me he metido en un Catalina que se llueve, con un piloto que era pitcher en la Matuna y que no tiene ni la menor idea de esto, para salir ahora con que no hay manifestación. ¡De manera que me haces la manifestación!’. Nos fuimos donde el gobernador y le explicamos la situación. Entonces el tipo la convocó con un bando. Sacaron las escuelas, sacaron los colegios, sacaron la gente y llenaron la plaza. Y empezamos a decirle a una viejita, usted se desmaya, y entonces Guillermo Sánchez (el fotógrafo) tomaba la viejita desmayada. Sacaban a una estudiante cargada, Guillermo tomaba la fotografía... Se armó el gran escándalo y así fue como se salvó el Chocó…”.

La puesta en escena sirvió para crear el Comité Nacional de Acción Chocoana, la primera organización cívica del departamento, de la que hizo parte Guerrero y que logró que Rojas Pinilla desistiera de atomizar al Chocó y llegaran más “limosnas” del presupuesto nacional para la región.

En Vivir para contarla Gabo admite que hubo una situación de “flexibilidad ética” que “me enfrentó por primera vez a la condición moral del periodismo”. “Nuestro problema profesional era simple: no habíamos emprendido aquella expedición de Tarzán para informar que la noticia no existía. En cambio, teníamos a la mano los medios para que fuera cierta y cumpliera su propósito. Primo Guerrero propuso entonces armar una vez más la manifestación portátil, y a nadie se le ocurrió una idea mejor. Nuestro colaborador más entusiasta fue el capitán Luis A. Cano, el nuevo gobernador nombrado por la renuncia airada del anterior, y tuvo la entereza de demorar el avión para que el periódico recibiera a tiempo las fotos calientes de Guillermo Sánchez. Fue así como la noticia inventada por necesidad terminó por ser la única cierta, magnificada por la prensa y la radio de todo el país y atrapada al vuelo por el gobierno militar para salvar la cara”. Gracias a eso, se quedó diez días para recorrer el Chocó y “conocer a fondo la realidad de aquel mundo fantástico”.

Resultado: cuatro reportajes sobre “el descubrimiento de otro país inconcebible dentro de Colombia, del cual no teníamos conciencia. Una patria mágica de selvas floridas y diluvios eternos, donde todo parecía una versión inverosímil de la vida cotidiana… un país extranjero de propiedad privada, cuyas dragas saqueaban el oro y el platino de sus ríos prehistóricos y se los llevaban en un barco propio que salía al mundo entero sin control de nadie por las bocas del río San Juan. Ese era el Chocó que quisimos revelar a los colombianos sin resultado alguno, pues una vez pasada la noticia todo volvió a su lugar, y siguió siendo la región más olvidada del país”.

Hoy los voceros de la “manifestación permanente” de 2017 exigen que el Gobierno Nacional cumpla un pliego de peticiones que es casi el mismo que vociferaba Guerrero, y que se reivindique la memoria de este líder con base en los testimonios que lo califican como “paladín de nuestra emancipación cultural, a quien se debe rendir un constante tributo de admiración y gratitud”.

A los 72 años de edad, el 16 de agosto de 1984, mientras en el Chocó no prestaba servicio un verdadero hospital de primer nivel, murió en Bogotá tras una larga enfermedad Primo Guerrero Córdoba. Quedó sepultado en los Jardines del Recuerdo.