Roberto Gerlein: "Tengo muchísimos amigos gais"

En diálogo con El Espectador, asegura que no está de acuerdo con que se les deba bajar el salario a los parlamentarios. Dice que la relación entre el Estado y la religión es inevitable y confiesa que le tiene miedo a la muerte.

El político dice que al Presidente, Juan Manuel Santos, le faltó tratar mejor a los integrantes de su partido. "Siempre que pidió respaldo, el Partido Conservador lo respaldó. Pero últimamente nos tiene muy olvidados". Pese a lo anterior, dice que se la juega por la paz. "Los que no la apoyan tienen razones personales para alejarse de esa política".Foto: Joseph Casañas - Ilustración: Anderson Rodríguez

La oficina de Roberto Gerlein se parece más al despacho de un sacerdote que a la del político que más años lleva en Congreso de la República. El pasado 20 de julio cumplió 50 años desde que fue elegido por primera vez para llegar a esa corporación. El lugar es iluminado. Sobrio. Tiene paredes blancas, una biblioteca de unos dos metros de alto color madera y un escritorio del mismo tono. Debajo del vidrio de esa mesa hay recortes de periódico, fotos familiares y un par de imágenes religiosas.

Es fácil perder la cuenta del número de imágenes de la virgen que hay en esa oficina. Entre cuadros y porcelanas puede haber entre 10 y 15. Hay advocaciones de la Virgen de Guadalupe, de María Auxiliadora y de la Inmaculada Concepción. El cuadro más grande del lugar es uno en el que se ve a Jesucristo. “Para mí es más importante mi religión que mi partido”, dice el político conservador que nació en Barranquilla en 1938. Lea también: José Galat excolumga a los que lo quieren excomulgar

Tiene el pelo engominado, las cejas bien peinadas, los zapatos relucientes. La corbata combina con el color del chaleco que tiene debajo del blazer negro. Sobre el cuello luce una bufanda azul oscura que no se quita pese al calor; la forma como la tiene puesta se asemeja a la forma como los sacerdotes usan la estola, esa tela larga con bordados religiosos que se ponen durante las misas.

En la constitución de 1991 quedó consagrado que Colombia es un país laico. El artículo 18 de la carta magna especifica que las decisiones del Estado deben estar separadas de las decisiones de la Iglesia. Sin embargo, para Gerlein, hay determinaciones políticas que es “imposible” que se puedan tomar sin un pensamiento condicionado por la religión.

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Foto: Joseph Casañas

“Mahatma Gandhi decía que quien no sepa que la política es parte de la religión; o no sabe de religión o no entiende de política. La religión está presente en todas partes. Uno no puede deshacerse de sus pensamientos religiosos para elaborar sus discursos y convicciones. Es muy infantil pensar eso”.

No niega la existencia del Estado laico. Sin embargo, habla de él como cuando se habla de un libro malo y aburrido que se deja olvidado en un rincón de la biblioteca. “El Estado laico está ahí. Los colombianos decimos que Colombia es un Estado laico, pero de ahí a que no me dé cuenta de que hay relación con las creencias religiosas, hay una eternidad. ‘Dios no juega a los dados con la humanidad’, dijo Einstein; eso significa que el físico más importante de todos los tiempos tenía conciencia de que hay un hacedor del universo”.

Cuando habla de religión retira su espalda del espaldar de la silla. Se acerca a su interlocutor, abre los ojos, mueve las manos, cita pasajes bíblicos. Hablar de religión lo emociona más, mucho más, que hablar de política.

Esta es la hora que no entiende porque su amigo, José Galat, dice que el papa Francisco le está pavimentando las puertas al anticristo.

“No puedo ocultar mi sorpresa ante esas declaraciones. Mi amigo Galat es demasiado radical. Aún si yo creyera que el papa es eso, no lo pronunciaría públicamente por respeto a los no sé cuántos millones de católicos que hay en Colombia. Esa polémica no le sirvió de nada a la iglesia, ni al Estado, ni a Galat”.

Pese a su radicalismo religioso, Gerlein dice tener amigos ateos. “Tengo amigos ateos, pero son amigos raros porque viven predicando su ateísmo. Ahora los escritores expresan como un activo intelectual considerarse ateos. ¡Que sean ateos! ¿Qué puede hacer uno? Por eso Dios no deja de existir ni la religión deja de ser una variable infinitamente poderosa en el accionar del ser humano.

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Foto: Joseph Casañas

El político, que sin duda es uno de los caciques electorales en la Costa Atlántica, ya perdió la cuenta de los discursos que ha pronunciado en el Congreso. Sin embargo, tiene claro cuál es la intervención que más ha generado polémica. Sucedió en noviembre de 2012 durante la discusión del proyecto sobre el matrimonio gay en Colombia.

“Merece repulsión el catre compartido por dos varones, qué horror (…), sexo sucio, asqueroso, sexo que merece repudio. Es un sexo excremental y no puedo, me perdonan, convertirme en vocero de esa clase de uniones que llevan a esa clase de excesos”. Cuando dijo lo que dijo, Gerlein aún tenía el pelo negro. Seis años después las canas empiezan a aparecer y el pelo es cada vez más escaso.  No se arrepiente de lo que dijo, pero matiza.

“Yo no tengo absolutamente nada contra los gais. Tengo muchísimos amigos gais. Además, en mi personal enfoque, eso de ser gay no es opcional, eso es un problema de la naturaleza, eso viene con la genética de la persona. Pero no estoy de acuerdo con el matrimonio gay”.

Según dice, la polémica que se generó en su momento fue desbordada por una razón. “Cualquier cosa que toque ese tema genera polémica. Cualquier tema que guarde relación con ese comportamiento personal genera ruido.  En muchos países del mundo han aprobado el matrimonio gay. Pero eso no quiere decir que yo esté o vaya a estar de acuerdo con una situación que me parece contraria a los mandatos de la naturaleza”.

Insiste que no se equivocó con lo que dijo, sin embargo, dice que debió pensar en lo que vino después. “Lo que debí pensar es que me iba a ganar 1500 críticas por las redes sociales esas. No cabía un insulto más. Pero bueno. Eso también hace parte de la vida parlamentaria”.

Su permanencia prolongada en el Congreso despierta incomodidad en un sector de la opinión pública que considera que debe haber renovación y que ve en Gerlein la personificación de la forma tradicional de hacer política en Colombia.

Gerleín es consciente de esa inconformidad. Sin embargo, dice que sus diez reelecciones son un premio a su forma de expresar las ideas.  “Trato de expresar lo que pienso con claridad y de manera directa para quien tenga la paciencia de leerme o escucharme conozca cual es mi pensamiento”.

El pasado 29 de junio la Contraloría General de la República certificó que el aumento salarial para los altos servidores del Estado –congresistas, magistrados y altos dignatarios- será de 6,75 % con retroactividad al primero de enero de 2017. Eso quiere decir que en Colombia un congresista, entre ellos Gerlein, gana mensualmente $29’814.275.

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Foto: Joseph Casañas

El político con más antigüedad en el Congreso, no está de acuerdo con las iniciativas que piden bajar el salario de los 'padres de la patria'. “Son ideas populistas”, dice.

“El empleo del congresista tiene unas características muy peculiares. Primero, se consigue a través del voto popular; segundo, tiene una circunscripción nacional para conformarse; y tercero se ejerce en Bogotá.

No sé porqué la gente no entiende que el Estado tenga que contribuir con dinero para que el congresista pueda ser elegido o para que no tenga que gastar tanto dinero en el proceso eleccionario (…) el congresista tiene que mantener su casa en Bogotá y su casa en la provincia. Hay parlamentarios que viajan con sus esposas, esos gastos adicionales. No creo que nadie se haga rico como congresista. El salario es justificado”.

El político conservador considera que, aunque existe un desprestigio constante y creciente hacia el Congreso, los colombianos le tienen cariño a sus integrantes. “A Colombia no le gusta el Congreso pero quiere a sus congresistas”.

El día que cumplió 50 años en el Congreso no celebró. Tampoco va a celebrar el próximo 18 de noviembre cuando cumpla 70 años. No le gusta saber que cada vez más se acerca al final inevitable para todo ser humano. Le tiene miedo a la muerte. 

"El que no le tema a la muerte no está en su sano juicio. La muerte es la destrucción de todo. Del cuerpo, de la vida, de la historia. Una vez que una persona muere ya no es sino recuerdo, y a los pocos años ya no es ni eso. Los católicos creemos que hay que enfrentar el juicio de Dios. Hay que decirle a Dios qué hicimos con la vida que nos dio y le tengo mucho temor a esa rendición de cuentas".

Procura no hablar mucho del tema. Finaliza diciendo lo que le gustaría que se leyera en su lápida. "Aquí yace el cuerpo de un hombre que trató de cumplir con su deber".