Julio César Turbay, una vida dedicada a la política

Hoy se cumplen cien años del natalicio de Julio César Turbay, un hábil político que por siete décadas marcó muchos acontecimientos de Colombia.

El 7 de agosto de 1978, Julio César Turbay tomó posesión como presidente de la República. / Archivo - El Espectador
El 7 de agosto de 1978, Julio César Turbay tomó posesión como presidente de la República. / Archivo - El Espectador

Entre múltiples líderes, la historia política del siglo XX en Colombia tiene un referente: Julio Cesar Turbay Ayala. Aunque con opiniones divididas, nadie puede negar su notoria influencia en el devenir de la Nación antes, durante y después de ejercer la Presidencia de la República entre 1978 y 1982. Vivió 89 años y 70 de ellos los dedicó a la política activa. Fueron siete décadas en las que, con su estilo paciente y conciliador, fue testigo o protagonista de cruciales decisiones en un país marcado por los conflictos.

Con una particularidad adicional: fue un hombre autodidacta. Es decir, nunca pasó por las aulas universitarias, pero a sus 20 años ya ejercía la política, matriculado en las juventudes liberales que en 1936 apoyaban la Revolución en Marcha del presidente Alfonso López Pumarejo. Como concejal en Usme o Engativá, su norte fue defender la “República Liberal”, abriéndose paso después de cuatro décadas de hegemonía conservadora. Una senda que pronto lo llevó a una curul en la Asamblea de Cundinamarca.

Con apenas 22 años, sus defensas a la gestión de Eduardo Santos le dieron relevancia en el liberalismo, al punto de que en 1943 fue elegido a la Cámara de Representantes, donde se sostuvo hasta que el gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez cerró el Congreso en noviembre de 1949. Con tanta habilidad política que ejerció dos veces la presidencia de la Cámara baja. Luego se puso al frente del periódico Democracia y lideró la oposición al gobierno como integrante de la Dirección Liberal.

Cuando cayó la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla y gobernó una Junta Militar para la transición hacia el Frente Nacional, pasó brevemente por el Ejecutivo en calidad de ministro de Minas y Petróleos. Una misión en la que sacó a relucir sus condiciones de atinado consejero. Como además fue promotor y defensor del Frente Nacional, a nadie extrañó que el presidente Alberto Lleras Camargo lo designara canciller, en momentos en que la OEA y Estados Unidos forjaban su alianza contra el comunismo.

En 1961 retornó a la política y un año después fue elegido senador. Una condición que mantuvo vigente hasta 1974. En 1966, durante el segundo gobierno liberal del Frente Nacional, el presidente Carlos Lleras lo tuvo como un leal apoyo. La prueba es que en 1967 fue nombrado designado a la Presidencia y hasta regentó el Poder Ejecutivo por algunos días. Luego, entre 1967 y 1969 fue embajador en la ONU. Regresó al país para ponerse al frente de la campaña presidencial de Misael Pastrana Borrero.

Sin dejar su curul en el Congreso y empeñado en ejercer la oposición contra la Alianza Nacional Popular (Anapo), con su lema “Democracia o dictadura” ganó varias batallas políticas y electorales antes de ocupar la embajada en Londres. Una breve gestión porque la política lo puso a orientar la victoriosa campaña presidencial de Alfonso López en 1974. Él mismo le tomó el juramento como presidente del Senado y después repitió como designado a la Presidencia. También fue embajador en Estados Unidos.

Con sobrados antecedentes políticos, su candidatura a la Presidencia en 1978 era evidente. Pero el expresidente Carlos Lleras, con claro apoyo de la prensa bogotana, buscaba su reelección. Ese dilema, que se dirimió en el llamado Consenso de San Carlos, fue el origen de la futura división en el liberalismo. Lleras dio un paso al costado, pero su discípulo Luis Carlos Galán creó el Nuevo Liberalismo y se convirtió en uno de los principales opositores de Julio César Turbay, quien finalmente llegó a la Presidencia de Colombia.

A los hombres públicos que llegan al poder, la historia los evalúa por ese tránsito, y el de Turbay por la Casa de Nariño no fue fácil. Las dictaduras militares estaban de moda en América Latina, y en ese contexto impulsó un Estatuto de Seguridad que hizo historia. El M-19 se volvió protagonista y la réplica del Gobierno a esta y otras organizaciones fue la represión. El asunto terminó en una crisis de derechos humanos que replicó en el mundo porque muchos intelectuales y personalidades prefirieron marchar al exilio.

Lo paradójico es que muchas de sus posturas como gobernante se terminaron abriendo paso, incluyendo la búsqueda de una solución negociada al conflicto armado, para lo cual creó la primera comisión de paz en 1981. Cuando dejó la Presidencia, comenzó a cosechar el que fue su lema de vida: “no gradúe enemigos, porque después ejercen contra usted”. La evidencia es que, en adelante, cada vez que el liberalismo necesitó una voz que aplacara los ánimos, regresó a su jefatura con importantes ejecutorias.

Por ejemplo, el regreso de Luis Carlos Galán, de cara a las elecciones de 1990, o la misma misión en 1994. En los intervalos de su accionar político fue embajador ante la Santa Sede y ante el gobierno de Italia. Ya en el ocaso de su vida, pero sin retirarse nunca, porque hasta su muerte fue consultado, apoyó decididamente a quien durante su gobierno había impulsado: Álvaro Uribe Vélez. No solo lo respaldó en 2002, sino que creó el movimiento Patria Nueva para respaldar la continuidad de su obra de gobierno.

De alguna manera, aplicó otra de sus consignas personales: “mis adversarios tenían de su lado a la gran prensa, pero yo prefería tener a mi lado las masas”. En contravía, pero sin perder su serenidad. A sus 89 años, el 13 de septiembre de 2005, falleció en Bogotá, pero a pesar de la manida frase de que no hay muerto malo, en su caso la sorpresa es que hasta sus más connotados opositores, los mismos que lo tacharon de clientelista o represor, elogiaron su condición de negociador hasta en situaciones críticas.

“Sí, yo sí he perdido, pero muy poquitas veces”, contestó a El Espectador en su última entrevista, concedida un mes antes de su fallecimiento. Y eso fue en esencia Julio César Turbay en la Colombia del siglo XX: un ganador en las urnas, en los círculos palaciegos, en los directorios políticos, en el liberalismo. La historia lo asocia al Estatuto de Seguridad o a su repertorio de frases que algunos volvieron chistes. Pero 70 años en la primera fila de la política pesan y por eso su nombre tiene un lugar en los recuentos del país.