Por: Arlene B. Tickner

50 años pensando en Colombia y el mundo

En 1991 comencé mi carrera profesional en el Centro de Estudios Internacionales y el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Mientras que la ciencia política en dicha institución había alcanzado la adultez, luego de más de 20 años de maduración, las relaciones internacionales (RI) se hallaban en adolescencia temprana, pero en crecimiento rápido, gracias a los trabajos pioneros de Fernando Cepeda Ulloa, Juan Gabriel Tokatlián, Rodrigo Pardo y Gerhard Drekonja sobre política exterior, que dieron origen a conceptos y modelos analíticos que todavía son punto obligado de referencia para entender las interacciones de Colombia con el mundo.

A diferencia de la especialización que hoy caracteriza la práctica académica, la creación de una disciplina nueva en condiciones de escasez de recursos humanos, financieros y de conocimiento exigía hacer de todo. La agenda de los investigadores-profesores —en su mayoría jóvenes en formación— abarcaba problemáticas múltiples, entre ellas relaciones bilaterales y multilaterales, narcotráfico, teoría de las relaciones internacionales y la política exterior, rol de la OEA o la ONU, cooperación internacional, integración regional, seguridad, derechos humanos, comercio y medio ambiente. Además de los análisis en medios con miras a formar opinión pública sobre asuntos mundiales poco ponderados en un país tan parroquial, se fundó la revista Colombia Internacional que se convirtió en una de las publicaciones indexadas de mayor reputación en América Latina.

En un contexto global cambiante de posguerra fría y uno nacional caracterizado por una nueva Constitución que pregonaba la apertura, y el auge del narcotráfico y el conflicto armado que impulsaban la internacionalización negativa, se estimó que Colombia debía perfeccionar sus habilidades negociadoras para ampliar los márgenes de maniobra y autonomía en el extranjero. Para esto se creó una especialización en Negociación y RI, por cuyas aulas pasaron cientos de altos funcionarios y representantes del sector público y privado antes de transformarse en una maestría en Estudios Internacionales.

No menos importante, entre la comunidad académica y el público más amplio, se cultivó una tradición de debate crítico sobre temas neurálgicos para los intereses nacionales. Entre estos, las advertencias reiteradas sobre los costos de la asociación activa y voluntaria de Colombia con Estados Unidos y los de la subvaloración de la relación con Venezuela; los análisis de los peligros de la “guerra contra las drogas” y las ventajas de la despenalización; y la insistencia temprana en la incorporación del DIH a las políticas de seguridad y defensa.

50 años después de fundado, el Departamento de Ciencia Política –del que me despedí en el 2016– brindo por mis mayores, en especial los que se han ido, y estudiantes, algunos de quienes ahora son profesores. Sin embargo, en el espíritu de la “parrhesia foucauldiana”, –consistente en hablar con franqueza y verdad al poder, sin importar las consecuencias– me pregunto si la neoliberalización de la educación superior no ha desviado la atención de la ciencia política y las RI a los grandes desafíos que enfrenta Colombia, el deber ser de la política y la teoría, hacia la obsesión por las micropreguntas y las técnicas de la investigación, con el riesgo que ello plantea de convertir la labor académica en un ejercicio instrumental poco útil para atender los problemas del mundo “real” y menos aún para construir mundos mejores.

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