Por: Nicolás Uribe Rueda

“94 horas”

Recuperamos sus lectores a Mauricio Rojas, escritor y político chileno, que con alguna frecuencia deleita con sus visitas a quienes participamos de conversatorios sobre la democracia liberal, la economía de mercado y sus virtudes, la amenaza que representa el populismo y demás materias que estudia, domina con habilidad y explica virtuosamente a sus contertulios.

Lo recuperamos para nuestro disfrute intelectual luego de que debiera renunciar al Ministerio de las Culturas y las Artes tan solo 94 horas después de haber llegado al cargo por invitación del presidente Piñera y tras una rápida y feroz embestida orquestada por la izquierda radical chilena que logró caricaturizarlo como un impresentable.

Su pecado fue haberse atrevido a mencionar en años anteriores que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, donde se presentan los abusos y crímenes de la dictadura y se hace un homenaje a sus víctimas, omitía lamentablemente explicar también las razones por las cuales se había llegado al golpe de Estado del 73 que finalmente habría de conducir a tantos abusos, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y demás violaciones inaceptables a los derechos humanos. En su último libro, que apenas ha visto la luz hace unos días, Rojas narra precisamente esos momentos de maltrato insoportable, con el cual buscaron cobrarle no tanto sus palabras, que sabían eran manipuladas abusivamente, sino el haberse deslindado y renunciado abierta, pública y elocuentemente de aquella ideología que en Chile, a través de Allende y empujada por desórdenes, apropiaciones de tierras y amenazas a la propiedad privada, pretendió dar el “salto cualitativo” para convertir a ese país en una segunda Cuba.

El texto, más allá de dar explicaciones y volver a presentar en su contexto las palabras que se utilizaron de manera desleal y mentirosa para mostrarlo como un negacionista de los crímenes de Pinochet, tiene además un conjunto interesantísimo de reflexiones sobre las responsabilidades colectivas que deben las sociedades asumir respecto de su propia suerte: “La muerte de nuestra democracia —dice Rojas— no fue un accidente inesperado, sino producto de una larga enfermedad que se había ramificado por todo el tejido social, destruyendo la convivencia cívica y convirtiendo a Chile en un país divido, lleno de odios profundos y confrontado de una manera extrema consigo mismo. Solo faltaban los tanques en la calle, hasta que un día allí los tuvimos”.

Su nuevo libro también debe servirnos a los colombianos para entender la relevancia de construir una memoria histórica —patrimonio común de todos los colombianos— que no se preste para ocultar unos hechos y magnificar otros con el único propósito de servir de manera oportunista en el debate político a determinada facción política. Dice Rojas, con razón, que “es vital que seamos capaces de entender cómo un día llegamos a odiarnos con tal frenesí que nos dimos el terrible derecho a destruirnos los unos a los otros”.

Recomiendo pues su lectura: 94 horas, crónica de una infamia, con un extraordinario prólogo de Mario Vargas Llosa.

@NicolasUribe

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Nicolás Uribe Rueda

Hacer negocios

Como niños

Indiferencia

Dosis de solidaridad

Votaré mañana