Por: Columnista invitado

Abad contra la lógica

Por: Simón Ganitsky

En su más reciente columna publicada en El Espectador, Héctor Abad Faciolince afirma que negar que entre Gustavo Petro y Hugo Chávez hay “simpatías” y “nexos directos” es equivalente a negar que la tierra es redonda. Dejando de lado las dificultades que supone pensar que alguien sostenga —así, en presente—  tales contactos con un muerto, vale la pena atender a los pasos argumentativos que sigue Abad para demostrar la equivalencia que propone, pues tales pasos resultan, por decir lo menos, desconcertantes.

Para llevar la discusión del terreno científico al político, Abad dice que la negación de la redondez de la tierra —que defienden los miembros de un movimiento que organizaron un congreso “que tuvo tanto éxito que se va a replicar en Canadá y en Estados Unidos” (deben de interesarle mucho este tipo de grupos)— es análoga a la oposición de otros grupos sociales —que él llama “contestatarios”— a “las libertades económicas (de iniciativa, emprendimiento, comercio), la evolución, las vacunas, y el sistema democrático liberal”. Quizá podría aceptarse que afirmar que la tierra es plana sería como defender el carácter histórico del mito de la creación judeocristiano, aunque en el primer caso falte el aspecto religioso del segundo. Algo parecido sucede con la negación de las evidentes ventajas de las vacunas para la conservación de la vida humana. Sin embargo, está lejos de ser “notorio” que la negación de un hecho comprobable, como la redondez de la tierra, sea lo mismo que la oposición a un sistema sociopolítico, como la democracia liberal.

Mientras que la ciencia y la simple observación perspicaz pueden demostrar que la tierra es redonda —como ha sabido la humanidad desde hace más de dos mil años—, no hay comprobación empírica irrefutable de que el sistema sociopolítico que actualmente predomina en el mundo sea el mejor posible, o el único aceptable, como parece creer Abad, que es quien actúa como el fiel de alguna religión. Además de hacer una mala analogía y componer un argumento falaz, Abad está sugiriendo que hay un carácter natural en la democracia liberal y en las libertades económicas —históricas y relativas a intereses sociales, como todas las libertades— que en ella se protegen, y con esto está proscribiendo, por antinaturales y falsas, todas las posiciones políticas que se opongan, en mayor o menor grado, a este sistema. No es difícil apreciar el carácter antidemocrático y totalitario del argumento de Abad.

Además, en esta misma dirección, el columnista mete en el mismo costal a “los antivacunas, los creacionistas, los antisistema” y los ridiculiza diciendo que “proponen derribar, con poemas y alegría, los dogmas anquilosados de la vieja academia”. Todos ellos, dice, se oponen a los dictámenes de los “expertos” (término que Abad emplea a la usanza de quien no está familiarizado con las distintas disciplinas del saber). Para Abad, entonces, oponerse al uso de las vacunas que previenen epidemias y salvan vidas es lo mismo que denunciar y combatir las injusticias de un sistema que genera, a la par que riqueza, creciente desigualdad. Llama la atención que un literato considere que el uso de la poesía para expresar una posición política sea risible o desdeñable. Y es desconcertante que un autodenominado demócrata se oponga a unas de las condiciones fundamentales de la democracia: el libre ejercicio de la crítica y la posibilidad de cambio. Hasta aquí, la posición de Abad es explícitamente la de un reaccionario.

Más adelante, ya en el punto central de su argumentación, Abad intenta demostrar que la redondez de la tierra es un hecho tan evidente como “las simpatías y los nexos directos” entre Petro y Chávez de la siguiente manera: “Tan claros son esos vínculos que por los mismos, al principio de la campaña electoral, una alianza con Petro era considerada “tóxica” por parte de los demás candidatos y por parte de los más agudos analistas políticos”. Es decir, el argumento de Abad toma la siguiente forma: es un hecho que entre Petro y Chávez hay “nexos directos” porque los demás candidatos y los analistas políticos (ojo, los más agudos) consideran que entre Petro y Chávez hay “nexos directos”. Esta negación de la posibilidad de error en las opiniones humanas sí que se parece a la negación de la redondez de la tierra. Siguiendo su forma de argumentar, Abad diría que tan claro es que la tierra es plana que, durante gran parte de la historia, amplios sectores de la población consideraron absurdo que la tierra, que ellos ven plana, fuera redonda.

De la argumentación débil, engañosa, antidemocrática y falaz de Abad —que incluye, además de los errores conceptuales mentados, el grave error de puntuación de poner coma entre el sujeto y el predicado, que rompe la estructura básica de la oración y que uno no esperaría encontrar en las líneas de tan reconocida pluma (“Los más connotados tuiteros petristas que me atacan en manada cuando he dicho que Petro es criptochavista, son los mismos que me atacaban”)—, entonces lo único que queda es lo siguiente: Abad dice que Petro tiene nexos con Chávez porque alguna vez afirmó que admiraba a Chávez. Abad nuevamente niega lo evidente: haber señalado un aspecto de Chávez que uno admira no implica que uno esté de acuerdo con todas sus políticas, o con la particular continuación de ellas que ha hecho Maduro. Así, como señaló la filósofa Luciana Cadahia, lo que está afirmando Abad es, en últimas, la consigna demagoga de que Petro es castrochavista, que el riesgo de que Petro llegue a la presidencia es que convertirá a Colombia en otra Venezuela. Podemos preguntarnos, por tanto, en qué momento Héctor Abad Faciolince se convirtió en repetidor de la doctrina uribista.

 

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