Por: Aura Lucía Mera

Abajo el celibato

Para nadie es un misterio que el famoso celibato de los curas católicos fue por motivos económicos y no de fe. Al comienzo de los comienzos todos los apóstoles y amigos que rodeaban a Jesús eran casados... no sé muy bien si también Juan; no soy docta en esas intimidades. Las mujeres jugaban un papel importantísimo. María de Magdala fue su compañera y confidente. Su mamá, Marta y María la otra, inseparables. Iban en patota a todas partes y en las bodas y agasajos bebían y brindaban como seres normales.

Al pasar de los siglos la Iglesia de Pedro, no la de Jesús, se fue enquistando en un machismo reconcentrado y a las descendientes de Eva las fueron sacando de patitas a la calle, culpándolas de todo lo malo que pasaba en ese mundo... hasta que la cereza del postre fue San Agustín, un converso fanático que llegó a afirmar, sin ruborizarse, que “no hay nada tan poderoso para envilecer a un hombre como las caricias de una mujer”. Me quedo pensando si fue víctima de maltrato infantil materno o si sus múltiples amantes, cuando estaba dedicado a la farra y a la vida licenciosa, lo humillaron o le hicieron maleficios... No sé, pero por allí debe ir el agua al molino, en fin...

Se inventaron las monjas y los conventos de monjas; mujeres convencidas de que se iban a enclaustrar para servir a la humanidad, librarse del yugo masculino o simplemente ser solteronas o viudas ricas que a la postre eran utilizadas para desfogar los ímpetus carnales de aquellos que eran obligados a jurar obediencia, pobreza y castidad. Cada vez se encuentran más túneles entre conventos llenos de fosas, con niños y fetos concebidos en secreto y entre túnicas, casullas, tocas y faldones oscuros.

Los altos prelados, y esa es la historia, podían hacer lo que se les daba la gana. Basta leer las biografías de muchos pontífices que en nombre de Dios procreaban, desaparecían y consentían concubinas a lo que da el tejo... Príncipes de la Iglesia... Nada que ver con la doctrina ni con la enseñanza de Jesús, aquel de Galilea...

Me pregunto si nunca, a los miles y miles y miles de jóvenes que optaron por seguir “el camino de Jesús” y jurar celibato para poder servirlo a Él, les hablaron de sexualidad... Y lo que este instinto humano significa... Y les alcahuetearon todo entre ellos... no me refiero a la homosexualidad, que a lo mejor era inherente y aceptada, pues no implicaba ensuciar su alma con mujer alguna, sino a lo que implicaba la perversión desaforada de la pederastia, esa abominación imperdonable.

Siglos de silencio y tapadera en el mundo entero; me refiero al católico.

Siglos de niños violados, forzados a satisfacer la lascivia de hombres enfaldados que abusaron de su poder porque actuaban en nombre de Dios.

Espero que este papa, el único normal después de Juan XXIII, Francisco, acabe con esta mascarada del celibato, que ha sido la gran mentira de la Iglesia católica. Cuántas monjitas habrán muerto de aborto provocado; cuántas habrán sido violadas y obligadas a guardar silencio. Cuántos niños y niñas con sus vidas truncadas y heridas de muerte.

Los curas tienen todo el derecho de casarse, tener familia o amantes, ser homosexuales en su adultez, si esa es su orientación sexual. La Iglesia tendría mucho menos patrimonio, menos fasto, menos riquezas y mármoles, pero sería una Iglesia más normal y no este tsunami de escándalos en que se ha convertido.

Francisco... Ojalá no lo envenenen antes. Ojalá no lo asesine un puñal furtivo. Todavía está a tiempo de devolverle a su Iglesia el verdadero mensaje de Jesús. Ya olvidado, bastardeado y violado. ¡Esta decisión cambiaría la historia sórdida en que se convirtió su propia Iglesia y la de todos los que fuimos bautizados en esas épocas de oscurantismo y mentiras piadosas que nos llevaban al terror!

Posdata. Yo me quedo con las enseñanzas de Jesús de Galilea. ¡Lo quiero y le creo!

 

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