Por: Fernando Barbosa
A mano alzada

Abe: triunfo amargo y acre

Las noticias políticas de China han opacado las que llegan de Japón. Recordemos, entonces, que el primer ministro Abe acaba de someterse al veredicto de las urnas por quinta vez desde su triunfo en 2012. En una maniobra riesgosa, logró lo que no se creía probable: mantener los dos tercios de las curules en la Cámara Baja de la Dieta y destruir la oposición. Esta mayoría calificada, junto con la que ya tiene en la Cámara Alta, le asegura gobernabilidad y la posibilidad de adelantar reformas como la de la Constitución Pacífica de 1947. Por supuesto, habrá que ver su habilidad para reestructurar el apoyo popular a sus iniciativas.

Pero en un país de contradicciones, semejante triunfo no es ajeno a las paradojas. Ha quedado un sabor a nigai (amargo) y a egui (acre), propios del gusto japonés. La victoria no se la debe al respaldo de la opinión pública, sino al temor de los japoneses. En efecto, minimizó los escándalos que lo han rodeado, los malos resultados de su política económica, la ley de seguridad y sus convicciones enmarcadas en la extrema derecha. El éxito provino de la necesidad de confianza que exige el pueblo en materia internacional. Y en esto no tuvo contrincantes. La percepción de los votantes revela que nadie más demostró la capacidad necesaria para contrarrestar las amenazas nucleares de Corea del Norte y los retos que generan desde afuera Trump, Putin y Xi Jinping.

Sin embargo, no se pueden dejar por fuera otros dos factores. La torpeza de la oposición y la aversión al riesgo de los votantes jóvenes que confirmaron su sesgo conservador. Factores que se explican por la ausencia de una propuesta llamativa y por la improvisación organizacional. Las campañas son empresas serias.

En julio, Abe recibió uno de los mayores golpes políticos al perder las elecciones para la Asamblea de Tokio a manos de la señora Koike quien, no obstante ser conservadora, se presentó como independiente. Así apareció una contendora al primer ministro que podría no solo servir de contrapeso, sino, eventualmente, de competir para reemplazarlo. Pero para consolidarse necesitaba tiempo. Grieta que agudamente entendió Abe y que lo precipitó a llamar a elecciones anticipadas. El triunfo le concedió la razón: no eran ni la favorabilidad ni la economía. Era el tiempo.

Pero el desastre de la oposición no fue gratuito. Se requerían alianzas y lo que hubo fue la creación de dos nuevos partidos y se quedaron enfrascados en el cálculo de las lealtades y de las desconfianzas. No se consolidó un liderazgo ni se concretaron propuestas atractivas. Fue una campaña sin contenidos e insostenible y las frustraciones fueron insuficientes para mover los votos. ¿Nos estaremos pareciendo?

 

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