Por: Catalina Ruiz-Navarro

Agencia para las niñas

Esta semana en Ciudad de México, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, anunció que de ahora en adelante todos los uniformes escolares, en colegios públicos y privados, serán neutros; es decir, que cada niño, niña o niñe podrá escoger si va a la escuela con falda o pantalón, como se sientan más cómodos. Por supuesto que los sectores más conservadores saltaron con la absurda preocupación de que ahora “los niños van a usar falda”, pues pocas cosas le preocupan tanto al statu quo como preservar la idea hegemónica de masculinidad. Una masculinidad tan frágil y pesada como una lámpara de Baccarat, que se ve amenazada por una falda. La resistencia a la medida también nos dice algo: que las faldas de uniforme de colegio son una señal de vulnerabilidad.

Aunque quizá la medida estuvo motivada por el respeto a los derechos de la niñez trans, las niñas cisgénero también se verán beneficiadas. En respuesta a la medida, algunas feministas chilangas, entre ellas Cynthia Híjar, preguntaron por experiencias con el uniforme de falda obligatoria. Muchas se quejaron del frío injustificado en las madrugadas. Es decir, que las niñas deben estudiar muertas de frío solo para afirmar su feminidad. Otras se quejaron de que tuvieron que empezar a depilarse las piernas mucho antes de lo que habrían querido, pues estaban sometidas a diario al escrutinio público. Pero los testimonios más preocupantes tienen que ver con el acoso sexual por parte de adultos, que veían en la falda una justificación para morbosearlas, una señal de sexualización frente a la cual las niñas no tenían opción. La misma falda feminizante les ganaba las burlas de sus compañeros, por ese constructo social de que la humillación más grande que pueden hacerte es verte los calzones, y por eso la mayoría usaban shorts o licras debajo de la falda, una medida que, por experiencia con mi propio uniforme de colegio, es tan aparatosa y absurda como el Camp —pero menos divertida—.

La conversación sobre los uniformes neutros en CDMX puso sobre la mesa el gravísimo problema de violencia sexual que enfrentan las niñas, del acoso sexual a menores, naturalizado, del que casi nunca se habla. Hasta que matan a una niña y hay rastros de violencia sexual, entonces sí se vuelve un motivo de indignación colectiva. Mientras que en la prensa chilanga se discutía si era o no era “ideología de género” el uniforme neutro, con el argumento de la “protección de la niñez”, en Colombia se usaba el mismo argumento para exigir castigo para el feminicida John Eduardo Quintero, quien violó y asesinó a su sobrina de 11 años, Diana Tatiana Rodríguez. Y claro que toda la sociedad está de acuerdo en que los abusadores y asesinos de niñas deben ser castigados y las niñas, protegidas. Pero la pregunta es ¿cómo? En El País se publicó una lista de otros feminicidios: “Dolor en Fundación”, “Violencia en las montañas”, “Consternación en Santander de Quilichao”: todas niñas violadas y asesinadas. ¿Y qué hacemos con las niñas que están vivas? Porque detrás de cada agresor que va a la cárcel hay muchos más, las mujeres lo sabemos y basta con que nos pidan recordar experiencias vinculadas al uso de la falda del uniforme del colegio.

Hay una distancia inmensa entre el morboseador de esquina y el feminicida, pero el acoso sexual, la violencia sexual y la violencia física son un continuum de violencias que hacen parte estructural de la experiencia de ser niñas, sea porque te tocó vivirlas o porque te pasaste los días evitándolas. Y por eso es que no basta con castigar feminicidas. El problema es más grande, es permanente y cotidiano. Pero seguimos aproximándonos a esto como si los agresores fueran “monstruos” excepcionales y las niñas, víctimas sin agencia y sin voz, a la espera pasiva de nuestra protección. El problema de la violencia sexual, lo ha dicho muchas veces el feminismo, es un problema de desigualdad de poder. ¿Cuál es la desigualdad estructural que permite que el acoso sexual a niñas sea cotidiano y constante? El patriarcado. ¿Qué podemos hacer para cerrar un poco esa brecha de poder? Quizá darles a las niñas la opción de escoger vestirse como se sientan más cómodas para estudiar es un primer paso. Las violencias contra las niñas no se van a resolver si seguimos poniendo los discursos punitivistas y de pánico moral en el centro, en vez de las experiencias y necesidades de las niñas. La seguridad y el bienestar de las niñas pasan por reconocerlas como sujetos con agencia.

 

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